AlB: Y seguimos Buscando a Don Darki

Y sin saber bien por qué, ni para qué, la búsqueda del intérprete (de clarinete) Longinus Rex, Gobernador Vitalicio de El Oxtión por la gracia de nadie sabe quién, continúa, día sí día también, y una historia algo olvidada vuelve a tomar forma, el tema de Luxangel visto en la página doble 27 y 28, aparece otra vez en la página 37, de la mano de El Kaos, azote de todo lo que puede ser azotado (y con una buena página web sobre One Peace y pronto con “otra” de Usopp). Por otra parte, la página 38 retoma el tema del concurso de belleza (y no, no hay límite mínimo de peso o masa corporal -ni máximo-).

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Un cuento de Matete: “El Rey y la Aldeana”

Ya tenemos, en estos barrios, dos cuentos de Matete, uno de ellos titulado "El Perro y el Gato" y el otro "Ghimell", ahora mostramos un nuevo cuento de la misma, "El Rey y la Aldeana". En fin, sin más dilación, el cuento de esta pequeña autora:

El Rey y la Aldeana

Había una vez un Rey de un país que no se encontraba en el mapa.
El país se llamaba Silof y el Rey se llamaba Don.

Siempre recibía quejas de los aldeano, sobretodo de Ganaay,
Una aldeana que aunque reciba 900 000 millones de monedas de oro no sería suficiente y querría más.

Solo había una aldeana que no se quejaba,
La más bonita y la más trabajadora,
Se llamaba Jacinta.

El Rey Don estaba enamorado de Jacinta.

Pero los de la corte y los Reyes de otros países como el Rey Gonaso Renato Dolón, el Rey Renato Paveta Pavel Bellín, y muchos otros reyes más le decían que era malo casarse de nuevo y con una aldeana pobre.

Pero él se quería casar y podía porque su esposa se había muerto cuando los dos tenían 37 años ya que se casaron a los 29.

Un día a la aldeana la quería arrestar porque según la señora Mildiditay ella le había robado sus zapatillas de oro, su collar de perlas plateadas, su brazalete de perlas doradas y un vestido Rojo.

Jacinta lo tenía todo puesto y hasta tenían nombre las cosas.
Pero ella no lo había robado,
Esa señora se lo había dado.

El Rey Don sabía que no podía ser verdad,
Así que mandó a explicar.

Al final Jacinta salió inocente y mandaron a Mildiditay a la cárcel.

Jacinta se enamoró del Rey y se casaron,
Jacinta tenía más de 999 999 millones de hueros,
Tenía vestidos hermosos,
bellas perlas,
Y para el final un palacio.

FIN

Otro cuento de Matete: Ghimell

El Perro y el Gato, hace más o menos un año, fue publicado en esta bitácora, la autora de dicha obrita me ha hecho llegar un cuento de hadas, de los de toda la vida, que paso a reproducir, ya que realmente está bueno. En fin, sin más dilación, el cuento:

Ghimell

Había una vez un país llamado Ghimell.
Ahí pasaban cosas muy raras:
Una bruja loca se casó con un hada,
Y un príncipe bello se casó con un pez,
Y aún más cosas suceden en Ghimell.
Te contaré una historia de un hada y un rey,
Que sabrás que vivían en Ghimell.

Había una vez un hada llamada Ada,
Y una bruja llamada Maruja.
Las dos vivían en Ghimell.

La bruja Maruja estaba enamorada del Rey Árturi Poneca Jorono Ven Dragón segundo.
Mejor conocido como Ven Dragón.
Pero Ven Dragón estaba enamorado del hada Ada.

La bruja Maruja pensaba que al hada el Rey le gustaba,
Por eso era que la bruja Maruja la hechizaba.

Un día al hada Ada por fin le gustó el Rey Ven Dragón.
Eso fue bueno para ellos dos,
Pero no para la bruja Maruja.

La bruja Maruja de venganza al hada Ada le puso pico,
Y de contra Ada le puso pelo azul,
El color que la bruja Maruja odiaba con toda su fría y oscura alma.
Entonces el Rey Ven Dragón se fue a la montaña de Ghimell para ver lo que pasaba con la bruja y el hada.

Luego se asustó y enojó tanto que de la montaña de Ghimell bajó y se fue al monte de los reyes, parientes lejanos y peces volando de Ghimell.

Le pidió un consejo al Rey Josefón Jorshy Palomo Alcatrás Panamá Gonzáles tercero,
Mejor conocido como el rey Gonzáles tercero.

Él le aconsejó ir con la reina hada de las nubes y que le dé un consejo,
Porque él no sabía sobre brujas, hadas ni amor.

El Rey Ven Dragón fue ahí y por fin le dieron un consejo:
Diles a las dos lo que sucede y explícales las cosas,
Luego yo tiraré mi magia y a ver lo que pasará.
El Rey obedeció y fue a la montaña de Ghimell.
El pensaba que con ese consejo para que no se peleen lo arreglaría,
Lo arregló, pero no fue como él lo pensó:

Subió y vio a la bruja y al hada tiradas en el suelo,
Sus corazones no latían,
Según él habían muerto las dos.

Se acercó al hada Ada, la agarró y empezó a llorar.
Entonces una de las lágrimas de “Tristeza y Amor” cayó sobre el hada Ada y raramente despertó.

Entonces el Rey Ven Dragón siguió llorando,
Pero de alegría,
Bajó volando por las alas de el hada Ada, de la montaña de Ghimell.

Dejaron ahí a la bruja Maruja y vivieron felices por siempre.

Esa fue una historia que pasó en Ghimell,
Y aunque no lo creas sucedió ayer,
Porque yo soy el Rey Ven Dragón de Ghimell.

FIN

No te perdí, porque nunca te tuve.

Esta es una de esas historias que desearía no contar, cuyas letras se imprimen en la pantalla contra la voluntad del ser que razona pero impulsadas por la vehemencia del corazón, ese algo que nos obliga a reseñar las tristezas y felicidades, como si importaran a alguien más que a nosotros mismos, que nos lleva del sufrimiento al placer sin atender a razones más allá de la arrogancia de saber que controla nuestras vidas más de lo deseado.
Me enrollo, y no es el objetivo. Les contaré una historia triste, de esas que vale la pena contar… Ya no recuerdo quién fue el que dijo que las infancias felices no merecían ser contadas, y que las grandes historias salen de las vidas infelices. La desgracia, desdicha, el drama, a fin de cuentas, es lo que vende. Tampoco es que esta sea la historia de la humanidad, que se basa en los esfuerzos de unos por pisar al resto, y en el resto fracasando una y otra vez en impedir que le pateen en el trasero. No. Para nada. Ni siquiera se podría considerar una gran historia, desde fuera incluso negarían lo funesto del asunto para asegurar que fue toda una suerte, que ahora estoy mejor. Pero no es así, y por eso lo voy a contar.
Hace mucho tiempo llegó a mi vida Isabel, ella me absorbió por completo, cambió mi vida como nada lo había hecho hasta ese momento. Alguien sumido en el pasotismo social del día a día que veía cambiar por completo su vida. Entró por casualidad, por un error. Como casi todas las cosas buenas de la vida, llegó sin estar planeada, de improvisto. Ahora viendo el pasado, intentando recordar los detalles de esa nueva vida, me doy cuenta que nunca poseí a Isabel, ella siempre me tuvo a mí, pero era cuestión de tiempo que, tal como llegó, se fuera.

Sí, como leen, perdí a Isabel, esa máquina de escribir que dio un vuelco a toda mi existencia. Algunos periódicos locales de las ciudades que iba visitando para llenar espacio sacaban versiones algo raras de lo que ellos creían que me sucedió, así que espero nadie se guíe por ellas, siempre, eso sí, me tacharon como un loco. Esto cambió un poco tras la pérdida de Isabel, la diferencia es que pasé a ser portada de periódicos nacionales, una "estrella" más de pasado extraño para la galería de fenómenos que comprenden ese sub-arte nacional que tan bien vende. Aunque las falsedades jamás han cesado, ya hay toda una leyenda que es radicalmente distinta a los hechos que recuerdo haber vivido, y que a fin de cuentas, son los que forman el Yo de mi historia.

A lo que iba, andaba por una ciudad, pueblo o similar de los que solía visitar llevando la máquina de escribir a cuestas para sentarme en la plaza y escribir lo que la máquina deseara como servicio a los ciudadanos y permitir que viva de lo que más disfrutaba, de poder dar salida a todas sus ideas por medio de una hoja en blanco, llenando un vacío con relatos personales… ¿Alguien se imagina una vida mejor acaso?

En esa población, como iba contando, me senté en la Plaza Mayor, armé un pequeño banquito con su mesita, hacía un tiempo que fui remplazando mis mundanales cosas llevadas en la maleta con la que escapé de una vida ya no deseada por objetos útiles para la labor de escribir en una máquina de antaño, la comodidad es importante… En fin, que había montado el puestito, como siempre, a la espera de curiosos que desearan unas líneas propias y únicas. Se acercó un señor, que no viene a cuento describirlo con todo detalle, pero para que se hagan una idea, era el típico "respetable con traje claro", por decirlo de alguna forma.

Preguntó curioso sobre lo que hacía, durante cuanto tiempo llevaba haciéndolo y otras tantas preguntas mil veces respondidas en otros lugares, tiempos y personas, estoy seguro que los pintores callejeros no se ven atosigados por las preguntas de este tipo como lo somos los escritores errantes -permítanme el calificativo-, cuando hacemos exactamente lo mismo. En fin, no le tomé especial atención, simplemente le fui contestando mientras escribía.

El sujeto, que jamás se identificó, en un momento se quedó callado, miró la página que acababa de perpetrar Isabel y me miró durante un buen rato. Puso una cara realmente extrañada y preguntó que cómo rayos podía escribir mientras hablaba manteniendo coherencia en ambas cosas, sin cometer un sólo error tanto en la conversación como en la escritura y que si ya había pensado lo que estaba escribiendo o lo iba inventando al momento. Esta vez sí tuve que pensar en la respuesta, casi le digo que sus preguntas ya no tenía que planteármelas para responderlas, que me sabía de memoria tanto el contenido de las mismas como la respuesta, pero esa no era realmente la cuestión, la conversación se iba por los cerros de Úbeda constantemente, no se quedaba en pregunta y respuesta como era lo habitual. No, no era eso. La respuesta era simple. Yo hablaba con el tipo del traje e Isabel escribía por su cuenta algún relato que, bien pensado, no sabía qué era o de qué iba.

El personaje trajeado me miró raro, volvió a coger el papel y me pidió llevárselo, yo aún no lo había leído pero sabía que no estaba completo, Isabel seguía escribiendo en otra página que no tenía encabezado nuevo, le comenté que no estaba terminado, que se esperara un rato, no sabía cuanto, eso sí, pero la paciencia es la madre de la ciencia ¿o era la experiencia? Da igual, que esperara. Era la idea. El tipo dijo que nanay, que necesitaba llevarse esa página en concreto, que el resto no lo interesaba y que cuanto tenía que pagar. Se puso erre con erre, al final le dije que volviera luego por el resto del relato, que se llevara la hoja y dejara en el canastín el dinero que él creía que valía. Dejó un par de euros y se fue sin decir esta boca es mía.

Gente rara hay en todos lados, a fin de cuentas, yo estaba sentado en una plaza con una máquina de escribir dejando que la misma llenara cuantas hojas quisiera de lo que le apeteciera en ese momento, la tinta del carrete aguantaba aún y el resto de partes de la misma se acompañaban para formar un todo que me parecía perfecto.

Como a las dos horas del incidente con el sujeto del traje claro, vinieron unos maromos la mar de fornidos en una ambulancia. Y me llevaron. Camisa de fuerza y toda la historia, yo sólo gritaba «Isabel» y extendía mi brazo en un vano intento de alcanzar el objeto de adoración mientras veía cómo una de esas bestias de blanco recogía las cosas que siempre llevaba encima, perpetrando la armonía entre ellas por la brusquedad de quien recoge algo que ve como basura.

«¡Isabel!»

El resto está verdaderamente nublado, nunca supe si fue por algún tipo de droga que me inyectaran o dieran o por el dolor de la separación que nublaba mi mente, o ambas cosas, que siempre puede ser.

Mucho tiempo después -¿O fue poco? Sin el doblar de las campanas de los ayuntamientos o iglesias cercanas a las plazas mayores no controlo el tiempo que pasa- me hablaban de que estaba enfermo, pero que tenía talento, y no sé cuantas cosas más, que el problema de todo esto se originó en Isabel -aunque ellos no la llamaban por su nombre-, que había desatado a saber qué cosas en mi cabeza y que ello me había vuelto un vagabundo. No, no entendían nada, siguen sin entenderlo, el problema fue que intentaron separarme de Isabel, no era ella, sino el resto, quienes me obligaron a huir. Y no, no estaba mal, realmente era feliz. Ellos decían que no era feliz sin contacto humano real, sin pertenecer a la sociedad, sin tener una vida estable como la que siempre mantuve, que era un engaño que perpetraba contra mí mismo y no sé cuantas sandeces más… ¿Qué rayos sabían ellos? ¿Cómo se atreven a decirme si era o no feliz? Si estuviera haciendo daño a la gente hubiese entendido que me encierren, pero por querer mi vivir junto a Isabel en una aventura constante era tachado, ni más ni menos, que de loco.

Vuelve a la vida normal, tienes futuro. Era la conclusión de la mitad más una de las citas con distintos psiquiatras, psicólogos o lo que tocara ese día, incluso esos enfermeros tan poco amables que me inyectaban cosas cuando no paraba de gritar el nombre de Isabel. Lo peor es que sabía, a ciencia cierta, que ella no me extrañaba, para nada, cada vez lo tenía más claro, yo estaba completamente vinculado a ella, pero para ella no era más que otro, un medio para poder escribir en las hojas en blanco sus particulares historias, no eran mías, eran de ella.

No sé si fue el sujeto de traje claro, o cualquier otro de los trabajadores del centro de salud, quien hizo que publiquen algunos de los relatos largos que vivían en la maleta, bien impresos para que en la memoria no se pierdan, incluso uno de ellos ganó un premio de relatos cortos o algo así, no lo recuerdo bien. Me parece que es mencionado en esas breves biografías en el dobladillo de las carátulas de uno de los libros que llevan mi firma.

Sí, al final me convencieron, alguno tuvo la gran idea de devolverme la Laptop que tenía en la maleta, nunca me deshice de ella, llevaba largo tiempo sin encenderla pero siempre cargaba con ella, incluso en días de mucho hambre ni siquiera se me pasó por la mente venderla. Con la laptop volví a cierta "normalidad" -como ellos la llaman-, a escribir lo que yo quería y no lo que Isabel mandaba.

Un día me soltaron, sin medicación ninguna. Me ayudaron a encontrar un apartamento en el que ahora vivo, gozo de cierto éxito y según casi todos mis conocidos -que me llaman amigo y aún no sé por qué- ahora tengo una vida digna, feliz, llena de éxitos y placeres que antes, en esa historia que ellos no conocen bien, más aún, les importa un bledo la misma. Y yo me dedico, como buen paciente, a obedecer al doctor que me trató, a los doctores más bien, viviendo como no quiero, relacionándome con quien no quiero, escribiendo largas historias lacrimógenas que son un reflejo de una pena profunda de la que no consigo librarme, pero que vende la mar de bien.

Es lo que importa, que venda. No importa que seas feliz, debes parecer objetivamente feliz, tener todo lo que el resto considera que hace que tus días sean perfectos por sí mismos, aunque para ti tengan menos valor que un pedo de violinista -como diría McCourt-, la apariencia es lo que importa, después de poder vender. El que tenga una historia con psiquiátricos de por medio hace que la gente crea auténticas el sufrimiento de mis historias, y lo achacan al pasado vivido, lleno de penurias en las calles de innumerables ciudades, no quieren entender que la pesadumbre la da esta existencia banal tan objetivamente ideal, tan llena de regalos mundanales… Ni entienden ni quieren entender.

Pero eso no es lo que me fastidia, ni el vivir en este engaño es la causa de la pena, es la separación, como se pueden imaginar, de Isabel. Máxime a sabiendas de lo que ella no sintió, nunca la tuve, por eso no puedo asegurar que la perdiera, pero mi subconsciente me obliga a recordarla todos los días, ya sea soñando o ya cuando paso por cualquier plaza. Hace mucho que no piso una Plaza Mayor, no soportaría todos los recuerdos que pueden asaltar mi consciente, impulsados por esa sed de venganza de mi Yo interno por lo que me he convertido y por intentar olvidar a Isabel.

Eso sí, entre todos me han arrebatado la felicidad en la que preferiría seguir, aunque la relación fuera un engaño, resultaba útil para las dos partes… ¿Qué será de Isabel? ¿A qué manos habrá llegado? Creo que me pondré a investigar un poco… ¿O es demasiada tortura? A saber…

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Dicen que todas las segundas partes son malas, y esta no tiene por qué ser menos. La primera parte la pueden leer acá, les aconsejaría que la lean antes que esta segunda parte (aunque claro, decirlo a estas alturas es como que mala idea…). En fin, como siempre que se sube algo, espero que les haya gustado (los tomatazos los lanzan otro día). Ésta, como la anterior, quedan dedicadas para la misma persona.

Por cierto, descargue las dos juntas en un PDF y en ODT:

AlB: El niño aprista. Una historia de la vida real.

Todo aprista tiene un niño dentro (como casi todas las personas), pero algunos hasta tienen niños, o sea, hijos ¿Y cómo es la vida de un aprista? Más ahora, que han conseguido volver a la presidencia del Perú, con ello, al poder que tanto aprecian. Aquí les mostraremos un poco de la vida de El Niño Aprista. Fiel reproducción de la vida de un niño aprista común y corriente en una familia aprista aún más común y corriente.

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La historia de un 6 del 6 del 6.

Comenzó un día cualquiera, en mi vida, un cualquiera más entre todos los cualquiera que pululan por un mundo donde sólo viven cualquiera, salvo cuatro o cinco tontos, que se ganan verdaderas millonadas pegando patadas a un balón o manteniendo un monopolio, el resto somos sólo cifras. Así andaba, en mi no-existencia, cuando vi en el calendario esa gran curiosidad que es la fecha de hoy. 6 del 6 del 6. Cojonudo, fecha del diablo y tal. Nada nuevo, acaba de ganar Alan García, así que la destrucción, al menos del Perú, está medio asegurada.
Pero en las maternidades se dedicaban a decir que los temores sobre el nacimiento del anticristo no tenían sentido. Claro que no, ya nació, y se llama Guillermo Puertas. Eso es de sobra conocido. No esperó al 6 del 6 porque no le venía bien, oiga usted, que es el demonio y hace las cosas cuando le sale de los… Pues eso.

En fin, que el día comenzaba como cualquier otro, pero toqueteado por ese halo místico que la fecha, sumada a nuestra habitual superstición, daban un aspecto cómico a lo que podía ser el día y las conversaciones ante la máquina de café (bueno, esa suciedad aguada que pretendía ser café), que si el jefe tiene el 666, que si lo tiene la secretaria esa que nos acusa siempre que nos ve fumando, que si en realidad no existe nada de eso; y luego el típico ortodoxo, quejándose de la conversación y recitándonos algún pasaje de la biblia -de memoria, por supuesto-.

Por la calle, lo mismo, la caótica normalidad, la gente no tiene ningún respeto por todo lo que existe y existirá en esa calle, les da igual la vida de ese posible transeúnte, si tienen que superar a la combi adelantando por el lado contrario, saltándose el semáforo y pegando un susto de muerte al pobre pendejo que está cruzando la calle, descuiden, lo hará. Si lo atropellan, culpa suya por no fijarse. La calle es suya y así es como tiene que ser.

A lo que iba, intento contar mi vida y estos excursos me fastidian el relato. ¿En qué iba? Demonios, ahora sí que estoy perdido… Ah sí, sí. Dentro de tres días empieza el mundial, así que el fin del mundo sólo me fastidiaría por el hecho de perderme el mundial, bueno, no se celebraría.

Eso, estaba en la calle, ya a punto de llegar al trabajo, preparando ese discurso con el que invitaría a salir a la chiquilla a la que dedicaba todos los piropos que podía, pero que no tenía valor de decirle nada, lo repasaba mentalmente una y otra vez cuando, pasando al lado de una tienda de televisores, de esas que tienen muchos aparatos mostrando innumerables canales a la vez a la gente que pasea, se veían imágenes catastróficas, muchos noticieros dando videorreportajes de distintas partes del mundo.

La puta. Parece una oleada terroristas de esas. Destrucción y cataclismos. De repente, en una de las televisoras, se ve como una gran columna de fuego se acerca, desde las afueras de la ciudad hacia el rascacielo desde donde se tomaba las imágenes, a toda mecha, sin detenerse, rodeada cada vez más de humo, el cámara está acojonado, la toma no es nada estable, no escuchamos nada, no hay sonido tras el cristal. Cada vez más gente se queda parada viendo la vitrina, al igual que yo. Se apaga la señal. El presentador del telediario se intenta reponer pero no puede. No damos crédito a lo que vemos.

Distintas señales van desapareciendo. El ambiente comienza a sentirse cargado, está tenso, la gente comienza a detener su agitada vida para sentirse realmente acojonada, lo malo de la parcial información es que trae miedo, trae desesperanza. Alguien lanza una piedra al cristal, todo se derrumba. Ahora sí escucharemos, dice una persona por detrás mío, asiento con la cabeza, todos lo hacemos. Otro "salta" dentro de la tienda para subir el volumen de una de las televisiones, de las más grandes y con mejor imagen de los hechos. Berrea algo del fin del mundo. Que se vaya a la mierda él y su sensacionalismo. Esos son atentados, está clarísimo. La gente está muda, yo lo estoy.

Esto no puede estar pasando.

Comienza a oler a humo.

Una especie de aullido reprimido.

Volteamos a ver. No. No podía creerlo. No puede estar pasando, pensé, pensábamos. No tiene lógica, en presente lo digo, no tiene ninguna lógica. Aún no me creo lo que vivimos, lo que pasó. Grandes rayos del suelo, al azar parecían, destruían todo, no quedaba nada, o eso parecía. Unos cuantos corrieron en distintas direcciones, otros tantos se tiraron al suelo a llorar, otros rezaban.

Me llamó mucho la atención un anciano, se sentó en el suelo tranquilo, sacó un cigarro, lo encendió y dijo "lo siento por mis nietos, nada más". El jodido se quedó sentado, fumando tan tranquilo, mientras que todo se desmoronaba a su alrededor. Algunos se le unieron. Ya fue. Ya fue todo. Hoy no trabajo. Algo bueno había que sacar de la situación, concluí.

En un momento dado morimos, bueno, la gente ya estaba muriendo. Así que mejor diré, en un momento dado morí. Vi mi cuerpo, ahí tirado, destrozado por completo, pero lo podía reconocer, entre tanta sangre, escombros y destrucción, ahí estaba yo, totalmente muerto sin siquiera un perro que ladre ese hecho, nunca sería enterrado, nunca sería recordado, nadie, nunca más.

Ahora, que estoy muerto, como todos, estoy rodeado de muerte, de escombros, y de almas como la mía que no sabemos qué hacer, simplemente nos han arrancado del mundo físico, pero acá estamos, jodidos entre una sobrepoblación de muertos, veo desde el primer homo de esos, pululando por aquí, por allá, todos esos muertos desde la eternidad de sus no-existencias, completamente deprimidos, aburridos, deseando el final de su existencia. Creo que nos vemos, pero no podemos comunicarnos. No sé por qué, así es. Así es todo. No tiene sentido. Nunca lo tuvo.

Hoy no fue un día normal… Por fin soy feliz.

Hoy es un buen día…

«Un buen día es aquel en que uno no se quita el pijama». Lo leí mientras abandonaba la computadora, me preparaba para salir y era la firma de un forero más que vago, así que achaqué la expresión a una muestra más, entre todas las usuales, de  flojera crónica con la que parecía vivir ese pasivo sujeto. No es para mí, pensé, un buen día es sólo aquel en que sales, haces cosas, y disfrutas de la vida, del exterior, aunque sea dentro de una mundanal ciudad. Sentenciado estaba. No cabía dudas.
Es horrible salir a ciertas horas, cuando la ciudad es tomada por las hordas colegiales en la hora del recreo, así que a pocos metros del edificio me crucé con toda esa panda de futuros desgraciados de la vida, pequeños gamberros cuya idea de chiste es decir alguna obscenidad sobre las chicas que caminan veinte metros más adelante -las cuales se empeñan en demostrar la actual escasez de tela en el mundo-, esos pequeños grupos que se creen dueños del universo y de parte del extranjero, soltando lo que consideran gracioso, cuando es la eterna repetición de un mal chiste forjado en la simpleza de las mentes que no quieren ir más allá de su propia existencia. Con su pan se lo coman. No es, ni será, mi roche. Cada quien con sus padres, tutores, o las madres que los parió. Los adelanté rápido, entre tanta gente es difícil moverse, pero muchas veces merece la pena el esfuerzo.

Una vez superado el pequeño percance de ver la juventud que es el presente del futuro como una patética caricatura de lo peor del pasado propio, cuando uno creía que nada podía degenerarse más y comprobar que lo de antes no le llega ni a la suela del zapato a lo de ahora. ¡Habrase visto! Por un momento me sentí un viejo chocho que se queja de las melenas que lleva la actual juventud, del poco respeto de la misma para con sus mayores e hice todo lo posible por quitarme la idea de la cabeza. Creo que lo logré. No. Da igual.

Al poco rato me encontré con un conocido que hacía la tira que no veía -no sé si por suerte o lamentablemente-. Cuanto tiempo Manolo. No has cambiado nada. Qué tal la familia. La tuya. En qué andas. Intrascendente conversación que mató unos minutos del tiempo de ambos, siembre vienen bien, para practicar las respuestas tipo a situaciones tipo, es genial cómo la práctica hace al maestro, lo bien que ya respondemos de la misma forma que preguntamos, sin enterarnos de nada ni maldita falta que hace. No se confundan, no estaba, ni mucho menos, mosqueado por la situación, ni apurado andaba, así que la pequeña pausa vino bien, pero es lo que tiene vivir en este tipo de sociedad, nos vuelve políticamente correctos y nos llena de situaciones inútiles. Adiós, hasta luego, un gusto oye, ya nos veremos, a ver si quedamos a tomar algo uno de estos días. Vaya, lo de siempre.

Ya en el bar, sentí esa extraña sensación de estar fuera de lugar, una humareda lo llenaba todo, en una mesa estaban sentados cuatro viejos jugando al mus, con el típico tapete verde y el corrillo de otros tantos ancianos, no queriendo perderse las grandes jugadas que harán los colegas jugones. Otros tantos miraban las corridas de toros, uno de los grandes problemas de San Isidro es que los bares se dedican a poner cómo un tipo vestido de superhéroe -sino las mayas doradas y plateadas no se explican- decide que para jugar con un estoque y una capa es necesario que un toro sufra. A lo que iba, que me pierdo. Los que miraban los toros -que a fin de cuentas, estaban en el bar cumpliendo la milenaria costumbre del chikiteo– hablaban casi de cualquier cosa menos de los toros, que si el PP, que si hoy consigue el pichichi Eto'o -que lo consiguió-, que si el Toni se casó con la pelandusca del cuarto. Por fin diviso al que me había citado, mueve la mano desde una esquina, con una caña al frente y una tapa ya acabada, saludos de rigor y un par de cañas para ir comenzando la conversación. Bien acompañada con las papas de rigor, necesario.

Toda esa parte no es trascendente, como no lo suele ser nada de lo que habitualmente hablamos, aunque haya cosa que luego puedan ser reseñables, o incluso que merezcan ser recordadas. Pero no esta ocasión, mucho contarnos nuestras vidas, hablar sobre el partido de hoy, sobre la pichanga de mañana… Exactamente igual que todos esos viejos. Da miedo.

Hasta aquí todo normal. Salida a comprar las cosas del almuerzo, ver un par de libros en igual número de librerías y concluir que hoy por hoy no sólo cualquiera puede publicar en Internet -que es lo que ahora hago- sino también en papel, y cualquier tema por más banal e idiota, es digno de un libro entero, con suerte, una saga, y si se tercia, una enciclopedia eterna. El mundo de los escritores cada vez se parece más al de los abogados. No hay uno bueno -comenzando por ahí-, y la definición de un mal escritor es aquel que no es capaz de contar todo en un libro largo, mientras que la del buen escritor pasa por aquel que no cuenta nada en muchísimos libros eternos, y si es posible, todos del mismo tema, personaje, vida. Patético. Da pena ver que tantos árboles se sacrifican para eso. Oiga, mucho mejor es el papel higiénico. Al menos cumple una función aséptica… O casi.

De regreso a casa un poco lo de siempre, obras por aquí, obras por allá, rodeos obligados culpa de las mismas. El típico subnormal que cree que el mundo es suyo por tener una máquina de cuatro ruedas y muchos caballos de fuerza, porque el soy bruto y soy feliz muchas veces es la bandera de la vida de las personas, olvidándose, por supuesto, que el resto también tiene vida, y derecho a la misma. Un frenazo y el pavo saca la cabeza por la ventanilla, en pumba pumba sonando a toda pastilla y me grita algo. Tu madre. Le respondo. No tengo ni idea de lo que me dice, pero rayos, suena a insulto. Estoy sobre el puñetero paso de Cebra, si a él le importa un carajo respetar las señales de tráfico porque se cree el único sobre el asfalto, yo no tengo ningún problema en recordarle que el Paso me da más poder a mí que a él, cosa que su madre bien lo sabe y por ello ejerce la Antigua profesión a pie de un paso de Cebra, y que, de paso, puede irse un poquito al diablo si no lo entiende.

La cosa deja de pintar bien, el mosqueo por el casi accidente es palpable en mi mente, aún pienso cosas que no me dieron tiempo a soltar, refunfuño un rato mientras sigo andando, estoy tan metido en mí mismo que no me doy cuenta la actitud del cielo, que ha decidido llorar alguna pérdida, y se va vistiendo con el hermoso manto negro de luto. Es temprano y ya parece tarde. Una gota cae sobre mi rostro, resbala con muchísimo cuidado, es demasiado pequeña para apresurarse contra el suelo, se desliza con la cautela de las gotas novatas en este mundo de agua. No llevo ni chubasquero ni paraguas. Me descubro mirando con resentimiento el cielo. Si tuviera madre se la mentaría. Apresuro el paso hacia casa, a ver si con un poco de suerte me salvo de la empapada. Era el único pensamiento que cruzaba por mi cabeza mientras aceleraba ostensiblemente el ritmo. Garúa muy poco. Pero garúa.

Un remedo de persona salió a mi paso, no llegó a chocarse pero me cogió el brazo, levanté la cabeza para decir un típico "lo siento", o algo así, cuando veo el resplandor de una navaja que apuntaba a mi estómago, no se asuste amigo, sólo debe todo lo que tenga. Sin rechistar uno obedece. Caballero no más. No, si al final me ha robado toda la sociedad, que ya sé que la culpa es de todos. Y todo por un poco de caballo, fijo.

Me empapo por completo. No hay vuelta que darle, quedan unas cuadras para llegar a los soportales del bloque donde vivo y estar a salvo de la lluvia, pero fue demasiado. Lo que faltaba, cuando tiento el bolsillo en busca de las llaves me doy con la desagradable sorpresa que no están donde debieran. Recuerdo fugazmente el incidente con el condenado -mejor dicho, condenable- que se llevó unas monedas y algunos billetes, me veo todo nervioso sacando el monedero para dárselo y la caída de unas llaves. ¿Se habrán caído o sólo me lo imagino? Rediós. Muévase usted ahora hacia atrás y póngase a buscarla. Me quedo de piedra, a media cuadra de mi portal, pensando si debo o no volver por las llaves o si tiento a la suerte buscando las llaves mientras rezo que la corriente no haya desplazado las llaves a la alcantarilla. Vuelvo. Busco con una rápida mirada, desesperanzado por completo. No hay nada. Vaya suerte.

Toco el timbre desesperadamente. Nadie abre. Sigo tocando. Espero que alguien salga del edificio, para al menos sentarme en la escalera y así esperar, algo cómodo, a cualquiera de mis compañeros de piso. Que para algo se tiene. Leñe. Nadie sale nadie entra. Parecían tontos los vecinos, pero no lo son. Mucho rato después llegó uno de mis compañeros. «Hey, ¿qué haces ahí fuera y no entras?». No tiene la culpa de nada, no tiene la culpa de ser tan soberanamente inoportuno, pero no puedo evitar fulminarlo con la mirada. Se da cuenta y cambia de tono. Tranquilo, ya te abro, y todo eso. No le digo ni mu. Un gracias corto una vez dentro del piso y me dirijo a mi cuarto. Ya ni hambre tengo. Quiero sentarme y descansar un buen rato. Una ducha no me vendría mal. «Oye, vino Juana» me dice el compañero desde el salón del piso, él todo despacharrado viendo la tele. ¿Qué? «Pues sí, vino al rato que te fueras, te dejaste el móvil ¿sabes? y ella quería verte, muy dispuesta. La acompañé a su casa, de ahí vengo». Me quedé un buen rato parado, frío. Con ganas de llamar mentiroso a mi compañero. Con ganas de correr y coger el celular para llamarle. Con ganas de ella. Pero no. Hoy ya no. No tengo el cuerpo como para fiestas. Y seguro que le soltaría alguna chorrada llena de la mayor estupidez de la que soy capaz. No quiero probar. Ah gracias. Termino por decir al compañero, que ya ni esperaba la respuesta, a su bola. Y hace bien.

Después de un duchazo como Dios manda, me siento otra vez en la computadora, dispuesto a relajarme un poco leyendo y escribiendo, y me encuentro con que no había cerrado la ventana del konqueror, seguía ahí el mismo mensaje con el que la dejé, y con, por supuesto, la misma firma del colega más que vago. Ahora releyéndola le doy toda la razón del mundo. No hay mejor día que aquel en el que no necesitas quitarte el pijama.

Isabel.

Veo la laptop sobre la cama, está ahí, quietecita, como cuando la dejé hace un buen rato. La buena laptop, con su kubuntu bien instalada, a la primera oiga, sin demasiados problemas. En la pantalla se ve el editor de textos prendido, muerto de asco ensuciado por muchas palabras sin más sentido que el existir en un relato.
Pero no, no quiero ver la cama, o mejor, la computadora. Estoy adorando un pesado cacharro, todo de metal, que ha llegado a mis manos hoy día. Es una máquina de escribir de las de toda la vida. Es lo que tienen las herencias, perdón, legados, uno recibe los recuerdos hechos objeto por parte de una persona a la que, se supone, querías. En este caso, una máquina de escribir aún funcional (con todas las teclas y partes) y con el carrete de cinta listo para perpetrar, en una hoja, todos los garabatos mentales que pintamos con nuestro alfabeto.

A veces no tenemos mejor forma para pasar el tiempo, o que el tiempo nos pase, destruyendo un árbol y construyendo un cuento. Todo tiene un precio, parece ser.

Maravillado veía la máquina, esperando ante ella como cuando nos ponemos frente a esos viejos juguetes de metal, a los que tras darles cuerda un rato, y esperando que nada cruja, comienzan a moverse. Pero la máquina no va a cuerda, va a golpes. Y sólo se mueve como tú le dices.

¿Qué habrá sido lo último escrito en ella? No tardo en montar mentalmente todo tipo de historias, todo tipo de confesiones que esa persona ya fallecida pudo contar en su último toqueteo con la máquina, cuando decidió a, qué se yo, contar el mayor de sus secretos sin que su puño y letra se vieran involucrados.

Cada máquina es una firma en sí misma, no todas escriben igual, y mientras más escribes en ella más personalidad adquiere, la E se torcerá un poco a la izquierda, y la O que tanto se pega con la P decidirá que su espacio es un par de milímetros más cerca a la U. Una máquina de escribir representa el puño y letra impersonal y necesario para muchas de las cosas que nuestra muñeca se negaría a dibujar sobre un papel. Una Máquina es una personalidad agregada a la nuestra. ¿Cómo se puede heredar algo así? ¿Comenzaré a escribir en el mismo tono y sobre lo mismo que habló la persona ya fallecida en ese último uso?

Lo primero que una vieja máquina nos dice, cuando posamos nuestras manos sobre ella, es su nombre. Puede gustar o no gustar, eso le es indiferente, como marca ya su personalidad, ella, la máquina, decide lo que imprime en el papel. Su nombre es Isabel. Nombre aristocrático donde los haya, reinas y emperatrices han mancillado un nombre que, a bote pronto, me hace recordar a una Católica, una derrocada por la Gloriosa, una que aún gobierna unas islas, y me suena, de paso, otra con acento inglés y una que hablaba ruso.

Regresemos al relato, que me voy por las ramas, y al final nunca termino de contar las historias que jamás debí comenzar. Es un problema, la hoja en blanco reclama ser llenada y no hago más que ensuciarla…

Cogí la Máquina (aún no sabía su nombre) y limpié un poco el escritorio (eufemismo para referirme al acto de pasar todo lo que está en un sitio a “encima de la cama”), totalmente lleno de periódicos, carpetas de apuntes varios, y libros que a saber desde cuando esperan su turno para ser ordenados en una estantería que hace tiempo se quedó chica y donde la doble fila no se castiga con multa sino que se concibe como un premio a la perseverancia.

Puse la máquina en el centro del escritorio que, ahora sin tanta cosa encima, parece grande, y del paquete de 500 hojas retiré una blanca, bien blanquita la condenada, muerta de miedo por cómo la mancillaría, puesto que temblaba a toda pastilla… ¿O sería el viento que corría por la habitación? Metí la hoja y me quedé frente a la máquina, con los dedos listos para pulsar las duras teclas (siempre son duras en una Máquina).

Un flash back de esos me golpeó en la cabeza. Años atrás aprendí mecanografía en una máquina como esa, era frustrante ver cómo tus dedos meñiques se empeñaban en hacer su parte del trabajo y no conseguían levantar ni un poco los dichosos fierritos que debían atacar la hoja para marcar una letra. Como el macho pequeño de la manada que intenta seguir al grupo mientras huye de una no tan imaginaria amenaza, uno sigue intentando casi infatigablemente estar a la altura de lo esperado, pero no, las letras pulsadas con los meñiques no aparecían por ningún lado. Esto me había marcado, lo sabía, lo sé, y lo sabré. No uso los meñiques siquiera en el ordenador de marras, que sólo con mirar una tecla ya ha quedado la hoja ficticia con un carácter sobre ella.

Así pues, por mi mente comienzan a pasar los primeros momentos con una máquina al frente, esos en que uno lucha contra la imaginación, para saber qué poner, contra la máquina, para dominar todos los truquitos y tiempos de pulsación (sin que se atasque) y contra la hoja en blanco, que antes con menos (a mano) la llenabas más rápido. Una lucha que da personalidad tanto al que escribe como a lo escrito, donde se mezclan las vidas del autor y de la máquina que ayuda a la existencia, como herramienta necesaria, del escrito impreso.

Recuerdo pues el rodillo, o como se llame, que tan sufridor es. Todas las partes de una Máquina tienden a sufrir lo suyo, las teclas son brutalmente golpeadas, cuya venganza poética es gritar órdenes inmediatamente cumplidas por los fierros con las letras (¿tendrán algún nombre específico? Seguro que sí) los cuales desatan su ira sobre el blanco papel, cubierto por una cinta que, recibiendo un golpe lo traslada a la hoja. Al final del proceso, al rodillo sólo le queda aguantar todos los golpes de las teclas, es un trozo pequeño de materia que tiene el total de lo escrito por todas las personas que han tocado la máquina ¡¡es la memoria caótica de la Máquina!! Me gustaría saber leer entre las líneas del golpeado rodillo, que tan bien soporta la hoja, para saber toda la historia de vida de todos los que han puesto su grano de arena en esa máquina.

Ensoñaciones que quito de mi cabeza, seguía sin escribir nada en el ya colocado papel. Nervios.

Tic tac tac tac tac tac.

Isabel.

¿Pero qué rayos…? Su nombre. Ya me ha contado su nombre (eso o estoy pensando en alguien que no conozco), ahora es cuando podré, pensé en ese momento, escribir lo que me dé la gana, como quiera y para lo que quiera. La hoja no avanzaba, por tanto, nada escribía.

Moví todo, puse la hoja a la mitad y reduje los márgenes, sólo entrarían un par de palabras, así, escribiría un pequeño párrafo en el centro de la página, que llenaría por completo el vacío en blanco. ¿Qué podía poner? Nada lógico, nada que no sonase a nostálgico, nada que no pareciera un grito desesperado por decir otro nombre, pero esta vez de alguien que sí conozco.

Al final, fui capaz de escribir esas líneas para romper el hielo con la hoja, qué mejor que recordar a la persona ex poseedora del aparato mágico que imprime páginas según se lo voy diciendo. Nada más importante o profundo de lo que pudo ser su propia esquela. Sólo era un acercamiento con Isabel, un “sé quien te poseía, soy quien te quiere poseer ¿me dejas?” y que ella aprobara esta nueva relación.

Comenzaron a pasar incontables hojas por la máquina, estaba poseso total, no podía controlar ni lo que escribía ni las razones por las que lo hacía, todo fluía para afuera, me desahogaba como si hablase con un amigo, pero no de cosas mundanas, ni existencialistas, realmente no eran nada, no, esperen, no sé lo que eran, no leía lo que escribía, todo terminaba regado por el escritorio, por el suelo, sobre la cama, en cada uno de los rincones de mi memoria…

Terminé exhausto del derroche de energía, con los dedos adoloridos. Pero valió la pena, pude volver a un tiempo distinto, a sensaciones olvidadas. No hay color. Tanto tiempo toqueteando los débiles teclados de distintos ordenadores, para volver a disfrutar de la experiencia de una máquina de escribir. Es como, después de mucho tiempo usando rotuladores, volver al pincel, después de mucho tiempo con los lapiceros, volver a la pluma, después de mucho tiempo con los lápices, retomar el carboncillo.

Me levanté del escritorio lentamente, la idea de “no he comido” rondaba mi cabeza y gritaba en mi estómago, ya necesitaba una experiencia carnal del engullir alimentos, tal vez luego escribiría sobre eso ¿por qué no? ¡¡Ya nada me pararía!! Tenía una máquina de escribir que cumplía totalmente su función, el suelo daba fe de ello.

Después de comer recibí una extraña llamada, un error decían, el legado no me correspondía a mí, el bien otorgado no era la máquina de escribir, me quitarían a Isabel y recibiría un insípido e inútil maletín lleno de algo que no me interesaba, muy bueno me dijeron, el muy jijuna no sabía lo que me quitaba. ¿Qué se habrá creído? ¿Por qué rayos quien se había ido no me había dejado la máquina a mí? ¿Quién podría apreciarla mejor que yo? No es lógico. Isabel me había aceptado, y yo disfrutaba de nuestra relación.

Decidí que era el momento de fugarse, de hacer borrón y cuenta nueva. Recogí apresuradamente los papeles del suelo, de todos lados, los ordené como pude. Vacié, casi corriendo y sin saber bien lo que hacía, y que me aspen si sé lo que hice, unas carpetas y las llené de las páginas que Isabel quiso escribir. Dudé frente a la laptop, “¿me la llevo?” pensé unos momentos. Pero no podía dejar la otra posesión más preciada que tenía (y tengo), y donde está toda una vida. Al final metí el aparato portátil en la maleta, junto con un par de mudas e, Isabel en mano, salí corriendo del apartamento, sin volver la vista, huyendo por completo de una realidad absurda que reclamaba tener una máquina que había decidido quedarse conmigo.

Ya en la calle, lejos del apartamento recientemente abandonado, me di cuenta que no saqué el fajo de hojas blancas ¿Qué podía hacer sin ellas? No era nadie. Sin caer en el pánico, que poco a poco entraba en mi ser, me apuré en entrar a la copistería más cercana y pedir un paquete de 500 hojas, no vamos a negar la extrañeza de la joven dependienta, al verme cogiendo una máquina de escribir entre los brazos, vestido con el buzo de la pijama y una maleta arrastrada. Obviamente, me dio el paquete.

Ya al día siguiente de mi nuevo comienzo, de esa vida que me labraría al lado de Isabel, decidí que eso de dormir en los parques no era tan cómodo como parecía cuando me moría de sueño y no tenía donde sentar la cabeza, en la rotura de la vida anterior, aquella que me despojaría de Isabel, las tarjetas terminaron partida y las monedas que me quedaban no pagarían ni un mal albergue.

Ahora estoy sentado en la plaza mayor en una ciudad cuyo nombre espero no recordar, en el centro mismo de la plaza, escribo lo que puedo, me gano la vida así, los transeúntes pagan por un escrito salido de Isabel sólo para ellos, en un mundo donde todo es masivo, donde las letras son repetidas sin cesar en millones de potenciales pantallas o escritorios, ellos quieren un retazo de escrito personal, sólo para sus ojos, sólo para sus queridos. Eso es algo que una pluma da, pero con un compromiso demasiado alto, eso es lo que una máquina de escribir, a día de hoy, nos puede brindar, una marca personal en un texto con cierta coherencia.

Isabel conmigo está. Por una vez, soy feliz.

Un día como otro cualquiera…

Llovía. No. No llovía. Deseaba que lloviese. Pero no llovía. Lamentable, el clima ni siquiera me quiere ayudar creando ambiente. Siempre vemos cómo llueve en una situación dramática o terrorífica. Esta es las dos cosas, pero el sol brilla. Jodido sol.
La vida no es un relato, puesto que no tiene orden. Ni acompañan los escenarios, como decía hace un momento. Estoy sangrando, mareado, en un puñetero callejón, y el sol brilla, se escucha la alegría de la gente en calles repletas, a no más de cien metros de donde estoy. Lo único que mantiene la realidad de la ficción que todos deseamos para un momento así, es que estoy al lado de unos cubos de basura. Nada más.

Tengo la vista nublada, pero el sol sigue molestando. Por favor, ya que me han apuñalado, que moriré mientras dos mocosos del demonio me graban con esos celulares que bien se los podrían meter por el culo, se ríen los muy joputas. Normal, con esto serán los cracks de su clase.

No se dan cuenta de lo que pasa. Han escogido mal el momento, no tienen ni idea de lo que es una escena dramática. Niñatos engreídos, buenas palizas os esperan. Uno me patea. ¡Qué soplapollas! Seguro que ni saben que uno puede morir desangrado.

Poca fuerza tenía cuando esos renacuajos mal nacidos decidieron que la gracia la harían conmigo, con lo entretenido que andaba rebuscando entre la basura el futuro de mi vida…

Mi vida…

Mi subvida.

Si al final ni lamento la puñalada rastrera que me propinaron. Por más que todos los días intentaba encontrar una razón para vivir, o una razón para morir, sólo conseguía pensar en el hambre que tenía, y que en esos contenedores cercanos a los supermercados suele haber productos recién caducados. Manjar de manjares.

Ahora puedo pensar tranquilo. Sí. Estoy tranquilo. ¿Por qué no habría de estarlo? ¿Porque moriré? No. Nunca he deseado la muerte, siempre he intentado sobrevivir, a fin de cuentas. Es que el hambre no deja pensar en otras cosas. Ahora sé que todo acabará, como comenzó. Sin que me termine de dar cuenta de lo que pasa, o de cuando pasa.

Maldición, eso sí, espero que oscurezca antes que la palme. Esto necesita un poco de ambiente, al menos, para tener algo digno en esta vida, que no será más que la muerte.

Celsius 232,7. Viéndote por la ventana.

El otro día, desde la ventana de mi habitación, conseguí verte, me parecía increíble que estuvieras en la calle, bajo la lluvia, permitiendo que el agua cayese por tu cara, tomando el conocido néctar que emana de las nubes. Debiera estar ahí, contigo, en esa sucísima pulcra blanquitud de la calle.
Pero no puedo, algo me lo impide, estoy acá, lamiéndome las heridas, deseando salir a pasear contigo, recoger los dientes de león, contemplar los nogales, observar a la gente, vivir esa locura que hace la verdadera felicidad, oír las historias de ese tío tuyo que tanto sabe ¡¡lo que da la lectura!!

Pero no puedo, no me atrevo. Es tan difícil dar el paso a la anormalidad, tan confortable resulta el conformismo de lo actual, de la felicidad forzada, de la falta de comunicación para no conocer, para no saber, para no entender, definitivamente, para no dudar, para no pensar. A eso le temen, a que pensemos. Y yo les temo.

No dejo de verte con ese “bombero”, no puedo creer que alguien como tú se pasee, hasta la esquina, hasta el “metro” con ese sujeto, no entiendo como alguien con la profesión de quemar libros, de perseguir a quien, mal que bien, quiera conocer algo más que lo que enseña las paredes-televisión, en esas horribles clases cinematográficas, en esas interminables horas haciendo nada mientras que nos convencemos de que estamos realizando un interesante deporte.

Pero no lo consigo.

¿Qué edad tendrás? El otro día vi como mis padres participaban en uno de esos “concursos” o como se llamen en el Circuito Moral, era una verdadera estupidez, se ponían en la sala, donde tenemos las cuatro paredes con esas teles (entrada y salida, qué martirio), y decían frases completamente insustanciales, mientras unas personas aún más insustanciales les veían decir las chorradas como un templo quedándose tan contentos todos, de lo insulsa que es su felicidad (sí, uso mucho la palabra “insulsa” y sus derivados, así es el juego de pelota). Es patético verles, es patético vernos.

Nunca te veo en el colegio, jamás vas ¿por qué? Seguro que crees que no te echamos en falta, de hecho, creo que sólo yo me he dado cuenta que no estás ocupando tu asiento. Pensando en ti me pongo a escuchar a la gente, es increíble como pueden hablar tanto sin decir nada, siquiera tienen coherencias esas seudo-conversaciones, está bien que todo el tiempo no se discuta sobre la existencia misma del ser, o sobre cómo va el país (¡¡cosa que ni sabemos!!), pero de ahí a no decir nada jamás de los jamases, hay un gran trecho que lamentablemente hemos recorrido.

Bob me contó un montón de cosas sobre la casa de una señora, al parecer, se prendió fuego cuando los bomberos llegaron a su casa y secuestraron sus libros (¿secuestrar?), los iban a quemar, como siempre hacen (¡cómo disfrutan cuando la temperatura en las páginas de los libros llega a los 232,77 grados centígrados!, o 451 Fahrenhait, número por todos conocido), es su trabajo… Pero esta vez la mujer no quiso salir de la casa, incluso, fue ella quien prendió fuego a la pila de libros. ¡Qué estúpido sacrificio! ¡Qué gran muestra de amor por el pensar! Aunque hechos como este hacen pensar que la máxima de que leer es malo porque induce a pensar, y el pensar te quita la felicidad, pueda ser cierto ¡Llegas a morir por un montón de papel empastado!

¿A qué viene todo esto? No lo sé, tengo ganas de contar las cosas, pero sé que nadie me escuchará… o mejor dicho, tengo miedo de quienes puedan escucharme, no es lo mismo pensar que decir que estás pensando, lo primero no es peligroso, queda en tu fuero interno, lo segundo, aunque no sea verdad, puede acabar con tus huesos en un manicomio de esos, y nadie sale de ellos a no ser que sea con los pies por delante.

Ayer salí a la calle, me preocupó no verte durante todo el día, ya sé que es peor que verte con ese sujeto, es, simplemente, no verte.

No, no, las historias realmente no tienen comienzo y final, por lo menos no todas. Por ahora, esta historia se queda acá… Esperemos que no se complique la cosa como para que la historia continúe, espero que mejore la cosa como para continuar la historia… Aunque bien pensado, a alguien una vez oí (leí realmente) que las historias (infancias) felices no merecen ser contadas…