El fin del pasado

La vi llorando en la cocina, no dejaba de moverse inquieta, repitiendo los movimientos que cada mañana hacía, pero esta vez con un extraño temblor en las manos, miedo en los ojos y una expresión desconsolada coronada por las lágrimas, el desayuno, una rutina simple, parecía por primera vez un arduo trabajo procedimental en que algo no encajaba. Me quedé en la puerta viéndole sin saber qué hacer, qué decirle.

—Cariño, ¿estás bien? —conseguí decir.

—Sí, sí —me miró de forma extraviada, buscando en un remoto pasado una referencia para reconocerme hasta que una pequeña luz brilló en sus ojos— sí Jorge, ¿qué haces acá tan pronto?

—¿Pronto? Son las 10…

Y rompió a llorar. Como María de Magdalena ante la cruz, una verdadera lluvia de tristeza sobre la comida inconclusa. La abracé, la abracé como nunca la había abrazado, sentía su pena, sentía que estaba realmente perdida, sentía que había llegado el momento en que su cabeza había hecho «crash», sentía que era un momento de lucidez lo que tenía entre mis brazos, una vida juntos y pronto todo habría desaparecido en su mente. Nunca habríamos vivido esos diez lustros uno al lado del otro, en las penurias más que las alegrías… Estuvimos un rato así. Se calmó un poco.

—Se han ido, se han… —terció antes de perder la voz en un tenue sollozo.

—¿Quién se ha ido? ¿Nuestros hijos? ¡Ya son mayores! —intenté consolarla.

—No Jorge, se han ido los recuerdos, todos, de golpe… algo ha pasado —y su voz volvió a quebrarse. Nunca la había visto así.

No entendía nada. A nuestra edad comenzamos a perder la memoria, demencia senil que le llaman, poco a poco nos posee el ángel del olvido, poco a poco dejamos de reconocer caras, de lo moderno a lo antiguo, hay momentos, me doy cuenta, en que puedo recordar el más lejano de los vivencias, pero no sé qué comí el día anterior, es una destrucción del «yo» de la forma más perversa, entre la consciencia y la inconsciencia de lo que ocurre.

Pero no es algo que pase de golpe, por ello a veces resulta tan doloroso, son esos momentos de lucidez extrema, que sabes que tu interior se va vaciando poco a poco, lo que más duele, saber que esa persona a la que quieres tanto en algún momento será un desconocido, saber que todos esos grandes recuerdos de hoy y de ayer solo existirán en las mentes de otras personas porque en la propia solo habrá vacío, saber que en algún momento comenzaremos a vivir en el presente hechos del pasado simplemente porque los últimos diez años habrán dejado de existir, saber, finalmente, que no tendremos más memoria que el ahora mezclado con el ayer remoto, que incluso no reconoceremos qué ficha del parchís es la nuestra ni seamos conscientes de qué estábamos hablando porque, mientras la conversación fluye, nuestra memoria a corto plazo se niega a funcionar y nos arranca de la misma, obligándonos a repetir una y otra vez lo mismo, eso poco que nos viene a la mente…

Pero toda esa conciencia que nos tiene compungidos todo el tiempo, intentando fingir que no pasa nada y que nos mantendremos fuertes por los ejercicios de memoria que secretamente intentamos hacer, desaparece como los recuerdos que ya no tenemos, simplemente el «yo» se va esfumando, deja de ser parte nuestro, lo bueno y lo malo deja de existir.

Somos conscientes de que pasará, pero no cuándo, lo peor es que cuando todos nuestros temores se hacen realidad, para sufrimiento de los familiares y amigos más cercanos, nosotros dejamos de sufrir, dejamos de existir, queda un cascarón vacío con cariños y recuerdos de un pasado lejano y poco más.

Por eso no entendía a la mujer de mi vida, no entendía que pudiera ser consciente de una forma tan viva, sus palabras no eran la certeza de lo que ambos viviremos, la pérdida de los recuerdos, sino eran la de una persona recientemente ultrajada, me reconocía y recordaba perfectamente, lo veía en sus ojos directos y claros, no había confusión en ellos, sino pérdidas por el «robo»… ¿de sus recuerdos?

—Ya sabes cariño, el alemán nos robará todo, pero poco a poco… —volví a bromear con una mueca que fingía ser una sonrisa, otro vano intento de consolarla, comencé a sentir miedo.

—No es eso, maldición, ¿no lo entiendes? —en sus ojos vi el reproche más profundo posible, el dolor de quien no es comprendida.

—¿Pero qué es? Necesito que me hables, necesito que te expliques para ver qué ha pasado y cómo te puedo ayudar —más miedo en mi voz, pretendía ser comprensiva y reconfortante pero no dejaba de sonar aterrada.

Me miró, me miró como nunca lo había hecho y un escalofrío se apoderó de mí en ese momento, y se quedó así, no sé cuánto tiempo, en mi memoria todo ese momento resulta interminablemente largo, pudo ser un microsegundo o varios minutos y tanto da, la imagen está congelada por su pura dureza, y solo el timbre del teléfono me despertó de ella.

Debía llevar un rato sonando, visto el reproche de nuestra primogénita Luz, que se mostraba especialmente excitada al otro lado del teléfono. Sus palabras se atropellaban y mi mente era incapaz de seguir correctamente el raudal volcado sobre ella, pueblo, casa, lluvia, inundación, noticias, techo, iban repitiéndose y aislándose, para dibujar el perfil de lo que parecía ser un verdadero desastre.

Se calmó, me calmé, y nos entendimos. Las lluvias torrenciales de los días pasados, por lo visto, pasaron factura con dureza en el pueblo, el río se desbordó y algunas casas se inundaron, eso había salido en las noticias locales —cómo no—, pero había más, los tejados, por más costumbre de paraguas que tengan, a veces exigen la jubilación y en medio de sus funciones cesan su tarea protectora.

Hoy se puso a llover nuevamente con furia y el techo de la casa del pueblo, la casa donde mi querida pareja creció y vivió su primera juventud, dijo basta y se desplomó, al menos parcialmente, y claro, nadie en la vacía casa estaba para darse cuenta, el agua, en estos momentos, sigue cayendo, suponen que ya debe haber hecho un buen estropicio en el ático y bajando, porque ese agua otra cosa no sabrá, pero en mojar y destruir tiene estudios. Un desastre en todo sentido, un vecino llamó a Luz hace un rato para decirle que desde su casa veían un boquete en el tejado. Luz imagina el desastre que puede haber ocurrido, el ahogo final de tantas cosas que descansaban en el pueblo.

Problemas sobre problemas. Pensé en las ropas del ático, en los libros repartidos en cajas mal almacenados en ese mismo espacio, o los bien colocados en las estanterías, ¿cuánto se habría perdido para siempre? Y recordé… pero no podía ser.

—Cariño —dije mirando a esa señora con la que había compartido mi vida y ahora miraba al vacío aterrada—: ¿Dónde tienes tu baúl?

—¿Mi baúl? —reaccionó saliendo del letargo, con voz viva.

—Aquél baúl marrón grande…

—¡Mi baúl! Oh, mi baúl de los recuerdos, ese baúl, está en la casa del pueblo… —antes de seguir torció nuevamente el rostro con horror, un grito hacia dentro que jamás saldrá— No sé lo que hay en ese baúl, no sé, Jorge, por qué siendo tan importante, como lo siento, no tengo ni idea de qué tiene ese viejo baúl dentro, te puedo decir todo lo que hice con ese baúl, de quién lo heredé, por qué me gusta… pero no lo que tiene… —sus ojos estaban clavados en mí, entre el vacío y el terror.

Lo comprendí. Lo comprendí todo. Pero no tenía sentido, no podía ser así, ni pies ni cabeza.

—¿No te acuerdas, cariño? Ahí tenías todos los billetes de tren, de bus, de barco, ¡de avión!, que te llevaron por todo ese mundo que exploraste, estaban las entradas y demás de los conciertos, festivales, eventos de todo tipo a los que fuiste por medio mundo, incluso algunas de cine, también tenías mapas marcados y remarcados, algunas guías turísticas, pocas y en idiomas incomprensibles, algunas fotos, y muchas postales jamás enviadas… —Se echó a llorar y ya no pude continuar.

—Esos son, esos son los recuerdos que ya no tengo, que se presentan ante mí como fantasmas, se quedan en la punta de la lengua para desaparecer, sé que viajé mucho, sé que disfruté de una gran vida, y sé que mis recuerdos los guardaba ahí… siempre.

Se había acabado todo, sus recuerdos se habían solidificado, por eso eran tan perfectos, pocas veces los repetía mal, no eran recuerdos presentistas como los que el resto tenemos, sino imágenes fieles de lo vivido en un momento. Vino el agua y se los llevó. Los destruyó y no hay forma de recuperarlos. No dejaba de sollozar, y yo ya nada podía hacer, solo abrazarla y comenzar a contarle una a una las aventuras que yo recordaba haber vivido con ella, las que ella alguna vez me contó.

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