Tarde de fútbol

Hay veces en que el árbol no te deja ver el bosque, normalmente es por la propia estulticia de quien observa, otras, como la que les voy a contar, es por lo singular del árbol, que distrae la atención totalmente del objetivo inicial. Todo comenzó como suele ser habitual, la típica visita al Helmántico con un invierno adelantado y un cielo que amenazaba con hacerse presente en el partido o con lluvia o con nieve, y de todas maneras congelando al personal.

Ocupé mi lugar, en el centro de la mitad, en oriente (preferente que le gustan llamar), contemplé una buen entrada para la gélida tarde noche que nos venía, casi la mitad completa, el fondo sur casi completo con los aficionados más forófobos unionistas, occidente siempre medio desierto, con un palco que brillaba por su semiausencia y una grada norte donde, en una esquina, se juntaban los hinchas visitantes, una veintena a duras penas que desplegaron antes del inicio del partido una inmensa pancarta reivindicando su pertenencia blanquiverde. Norte, como es costumbre, andaba medio vacía, entre la zona reservada a la visita como por los pocos charros que se suelen ubicar en la otra esquina. Oriente, por contra, tenía una buena entrada también, todos concentrados, como suele ser norma, en el centro, ni muy arriba ni muy abajo, y huyendo de los extremos. Los gritos se oían sobre todo del lado local, claro, las visitas no llegaban al ciento ni contando sus sombras, aunque sí se atrevieron a lanzar cánticos y aplausos para animar a sus algo perdidos jugadores.

Los equipos salieron al césped y el estadio rugió en aplausos, todo listo para el inicio. Y acá es donde las cosas dejan de ser comunes, al menos para mí, mi atención se iría dedicando cada vez más a un espectador que a lo que ocurría en el campo, y eso que el partido no era malo ni mucho menos, idas y venidas, ataques varios, faltas no pitadas y todos los ingredientes que un choque debe tener para mantener al respetable activo, tanto para animar a los suyos e intentar desmoralizar a los ajenos como para recordar a la santísima madre del árbitro y sus asistentes, pobres mujeres, qué poca culpa tienen de la miopía de sus lamentablemente ciertos hijos.

Regreso al inicio, que es parte y todo de este relato, un asiático, posiblemente chino -por pura probabilidad en una ciudad como Salamanca-, que desde el primer minuto se pegó al celular, se medio tapó la boca e iba hablando, pausado y constante, mostrándose completamente impasible ante el devenir del encuentro, no demostraba emoción alguna ante las jugadas del partido o los robos del árbitro. No llevaba signo externo alguno que lo catalogaran como seguidor de la Unión, ni del contrario, ni siquiera la bufanda o el gorro con el que se intentaba tapar del frío llevaban los colores de equipo alguno.

Al comienzo pensé que estaba simplemente hablando por teléfono, pero al poco me di cuenta que no era una conversación común, repetía constantemente mu xi, zhum bi, dui ga y Xibanya, además de, en un inglés macarrónico, free kick y corner kick, y solo de vez en cuando soltaba alguna que otra palabra. Me quedé intentando relacionar sus palabras con el encuentro, así pues, cuando alguno de los dos equipos atacaba se ponía a decir Xibanya zhum bi o dui ga zhum bi, seguido por la repetición de zhum bi… ¡Atacando! Seguramente significa atacando, pensé, no había otra explicación.

Mu xi me sonaba bastante más, incluso me era familiar. A mi cabeza vinieron múltiples escenas ocurridas en un lejano barrio chino, en Lima, en esos chifas donde lo cantonés sigue presente. ¿Nada? ¿Mu xi significa nada? ¡Estaba casi seguro que así era! ¿Cantonés? En España en general, y en Salamanca, en particular, no es que sobren los cantoneses, son otras naciones chinas las que pueblan las ciudades peninsulares, así que ello me despertó algo más la curiosidad. Cantonés…

Seguía intentando cuadrar la extraña narración del partido -sólo se podía calificar de esa forma- con los hechos sobre el verde terreno cuando se largó a nevar, el frío entraba cual muerto en ese estadio perdido de la mano de dios, desprotegido por completo por edificios colindantes al no existir tales, siendo pasto de resfríos futuros en un extraño atardecer. Primera vez que veía un partido mientras nevaba, y aun así mi atención seguía recayendo en el extraño chino cantonés que seguía pegado al teléfono. En un momento volteó la vista hacia mi posición, dos butacas nos separaban y encima estaban vacíos, terció lo que me pareció una sonrisa, me viste y qué, parecía decir de forma amable.

Xibanya zhum bi, zhum bi, mu xi. Un ataque rápido del equipo local acababa de estrellarse en el travesaño tras precioso centro por la derecha, y la narración del compañero de origen asiático lo había resumido en cuatro palabras, ni más ni menos, mientras todo el estadio gritaba por el gol no conseguido y pasaba a comentar la mala suerte de los blanquinegros, el locutor cantonés no hacía gesto alguno que demostrara interés real sobre el partido. Mi memoria me mandó un flash cinematográfico, Charles Chaplin en Tiempos Modernos, ajustando un tornillo de forma constante y repetitiva. Así era la tarea y actitud del cantonés. Miré a mi espalda, arriba, donde podía ver las cabinas de la SER, COPE y Onda Cero, donde los locutores de radio se pegaban al cristal con actitud de estar gritando la jugada que acababa de ocurrir, más metidos en el partido que los propios entrenadores. ¡Qué diferencia entre un locutor y los otros! Eso sí, ya tenía una nueva conclusión, XXX se refería a la Unión Deportiva Salamanca, y dui ga al Córdoba Club de Fútbol. Extraños apodos, pensé, seguramente significara local y visitante respectivamente, concluí para mis adentros.

Llegó el descanso y el chino colgó el teléfono, puso cara de relajarse, de descanso fabril, su particular ingenio paraba la producción por quince minutos y los obreros salían a tomar el sol, un decir, ya que la nieve continuaba. Me acerqué para hablarle, igual con un poco de suerte me contaba qué rayos estaba haciendo y así podría dejar de mirar el árbol para poder fijarme en el bosque de una puñetera vez.

Por fin vi sorpresa en su rostro, justo cuando le pregunté si era cantonés, o al menos lo que hablaba lo era, terció media sonrisa mientras se apuraba en encender unos cigarrillos chinos -con el filtro azul e inscripciones con ideogramas dorados-, ¿Cómo sabes?, me preguntó mientras me ofrecía educadamente un pitillo, que rechacé. No lo sé, pero mu xi me suena a cantonés respondí humildemente. Iniciamos así una circunstancial y superficial conversación, él no era cantonés, era de otra minoría nacional, cuyo nombre no recuerdo, pero en su provincia, además de su propio idioma y el mandarín, hablaban cantonés, de ahí su particular acento, me dijo, que yo ni atisbaba -por supuesto, pero eso no se lo iba a decir, claro-, incluso, comentó, en las ciudades grandes de su provincia ya casi no se hablaba su propio idioma, y primaba el cantonés, por mi parte le conté un poco de mi vida, le informé sobre los cantoneses en Perú y que yo era de ahí, y todo lo justo y necesario para entablar puentes de confianza en el conocimiento mutuo, ayudado por supuesto en esa extraña camaradería que surge entre los otros, los que no somos nacidos en estas tierras.

Antes del final del entretiempo me animé a preguntarle sobre su actividad telefónica, si estaba narrando el partido y por qué sólo decía atacando o nada, además de, únicamente, narrar los tiros libres y saques de esquina -ni saques de banda, ni amarillas, ni saques de puerta, ni fueras de juego ni nada más que las jugadas descritas eran traducidas al cantonés por el celular-. Lanzó una risotada sonora, solamente les digo lo que necesitan, fue su respuesta más que enigmática.

Justo cuando me disponía a insistir sonó su móvil, con un gesto se excusó dando por terminada la conversación y contestó, wei, y etcétera. Los jugadores salían al terreno de juego, el segundo tiempo ya iba a comenzar. Había un ellos, eso era más que presumible, y buscaban información concreta y en tiempo real del partido, además eran cantoneses.

Durante la segunda parte nos sentamos juntos, aprovechando justamente el hueco que quedaba entre los asientos indicados en nuestras entradas, él seguía con su particular mantra, repitiendo sin cesar las mismas frases sin poner el más mínimo de emoción a su voz o rostro, yo disfrutaba de un interesante partido, veía más que indignado cómo el árbitro se comía un penal claro como el aguan en el área del equipo andaluz, cómo las tarjetas venían e iban sin ton ni son real, faltas graves o la típica amarilla de reglamento no eran amonestados pero sí otras jugadas, igual de mal para los dos equipos, cómo los visitantes se iban quedando contra las cuerdas y solo tenía chispazos de genialidad que eran insuficientes para llevar peligro al otro área, así como jugadas patéticamente mal finalizadas por un combinado charro que mezclaba maravillas técnicas con pifias garrafales que nos devolvían a la realidad, están en segunda -al menos todavía-, no se puede esperar regates de antología con definiciones perfectas, al menos no en la misma jugada.

Los uf iban aumentando en intensidad y cantidad, el equipo charro llamaba a la puerta de un inspiradísimo guardameta andaluz que, curiosamente, llevaba la segunda equipación de Perú como camiseta de portero -bueno, no la peruana, claro, pero el mismo diseño y colores, quiero decir-. En una sola jugada sacó dos maravillosas manos que dejaron a la afición charra con el gol en la punta de la lengua. Imposible, es imposible, vaya manos que ha sacado, gritó desconsolado un aficionado mayor a mi espalda, yo solo asentía, más razón que un santo.

De repente una jugada confusa, el balón se encontró en el fondo de la portería visitante y toda la afición cantaba el gol, el chino gritaba yai bo repetidamente y el linier corría al centro del campo, pero el árbitro vio otra cosa -¿qué? ¿¡Qué!?- y sus brazos no hacían el ademán de dar por bueno el gol. El chinito me miró de pronto, ¿qué pasa?, me pregunta; no fue gol, el árbitro lo ha anulado, contesto, el rumor ya corría por las gradas y los pitos contra el juez del partido ganaron en decibelios mientras que el portero vestido de rojiblanco se apresuraba en sacar de puerta el no-gol. A partir de ahí en las jugadas confusas, que comenzaron a aparecer, en que no se veía bien a favor de quién se pitaba el tiro libre, o si era saque de esquina o de puerta, fuera de juego o qué rayos, el chinito me miraba, esperando que le dijera rápido si era para los blancos o los azules. Una y dos amarillas, un jugador del equipo andaluz a los vestuarios antes de tiempo, lo que faltaba. Roja. O mejor dicho, hag pai.

El partido seguía cero a cero y quedaban menos de cinco minutos del tiempo reglamentario, por un momento el asiático paró su particular narración para entablar una conversación más normal, y colgó al poco. Me quedé mirándole unos segundos, y el ya casi amigo no cantonés respondió a la pregunta no realizada con un ya no les interesa el partido, no creen que el Salamanca marque dos goles en lo que queda de encuentro.

Nos pusimos a hablar antes del final del partido, resulta que ni siquiera le gustaba el fútbol, pero curro es curro, me dijo. Trabajaba para la compañía cantonesa, al menos uno cada dos domingos lo hacía, con algún jefecillo, él no lo sabía. Recibía una llamada que le indicaba que fuera a tal o cual partido y él simplemente los narraba, y por ello le pagaban un buen pico. Obviamente era para apuestas, nada ilegal en España, ya que ni siquiera eran hechas en Europa, una casa de apuestas cantonesa llevaba el asunto, suponía. Tampoco era algo muy regular, tercié. Solo relato el partido, se defendió socarrón.

Me contó por qué sólo decía esas palabras, eran las cuestiones sobre las que se apostaba, el resto del partido no importaba, salvo, claro, el resultado final. Mu xi efectivamente es nada, que era su respuesta para no pasó nada y para no está pasando nada, según correspondiese; Zhum bi, en contra de mi apresurada conclusión no significa atacando o ataque, sino preparado, y se usaba como peligro o atacando; Dui ga efectivamente se refería al equipo visitante, y significa otro equipo; Xibanya es España, y con ello se hace referencia al equipo local. No importa quiénes jueguen, me explicó, se usa siempre, si el partido es en España, Xibanya para el local y dui ga para el que visita; Hag pai, como me imaginé -y esta vez no era nada difícil- hace referencia a la tarjeta roja, pero, en contra de lo que podía pensar, significa tarjeta negra, esto me recordó que la mafia está identificada con el color negro, pero preferí no compartir esa idea con el amable interlocutor; Yia bo es, claro, gol.

Le comenté que su trabajo esporádico me parecía rarísimo, medio sonrió y me dijo que en todos los estadios de Europa, en la primera y segunda división como poco, incluso en algunas ligas femeninas, había al menos un chino narrando el encuentro como él hacía, para distintas compañías o para la misma, que un chino fue, hace un par de años, medio leyenda por sacarse tres mil euros en un mes, yendo a partidos en media península a todas horas todos los días que podía, Liga, Segunda, Copa del Rey, UEFA y Champions y a portugal cuando pudo, fueron cubiertas por este sujeto. También señaló, de forma disimulada, a un chino a unos cincuenta metros de nuestra posición, ese está contando el partido para la compañía de Macao, me dijo. ¿Cómo? ¿Cómo se llega a trabajar en esto? ¿Viniste a España para hacer esto?, con esa última pregunta hice reír al chino, no no, fue de casualidad, como te dije, no me gusta el fútbol, pero un conocido se enteró que la compañía de Cantón buscaba un chino para narrar sus partidos, que lo hiciera en cantonés, claro, y en Salamanca estamos pocos que hablamos cantonés, y la familia que lo sabe no quería porque tienen una tienda, y terminé yo viniendo al estadio, me contó como si de un trabajo común y corriente se tratara.

Casi al finalizar el partido por fin llegó el gol charro, una jugada extraña, otra vez, dentro del área, con el portero ya vencido y un jugador de blanco que la empalmaba hasta el fondo de la portería, el estadio cambió sus furiosos gritos contra el árbitro para centrarse en alabanzas a su equipo, para animar en esos minutos finales. El partido llegó a su fin con un Salamanca aun atacando, queriendo más. Me despedí del chino y quedamos para tomar un café un día de estos, tuvo a bien apuntar mi número y apuntarme el suyo, un chico leído, culto y abierto resultó ser, y fue tan amable que me escribió, en una libreta, las palabras que ese día había usado, con la grafía acá representada, los ideogramas compartidos con el mandarín y el pinyin.

Hay trabajos de todo tipo sin lugar a dudas, pero el de ese chino se llevaba al menos un diploma de honor, y no tanto por ser una suerte de intermediario de la información para un apostador o una casa de apuestas -no me quedó del todo claro, cualquiera de las dos opciones valía para la descripción que me dio- sino porque lo era en un partido de segunda división de un país lejano para los intereses cantoneses. Una cosa es apostar en un Madrid-Barça y otra, sin dudas, en un perdido partido de segunda división, máxime cuando me comentó que incluso lo había hecho con partidos de Segunda B en alguna ocasión.

Llegué a casa aun pensando en el árbol, sin reparar en el bosque.

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