Censura a Alva Castro: División y fidelidad

Hemos pasado de analizar el por qué Alva Castro debe irse (y en este sentido recomiendo el seguimiento de los distintos casos del Ministro realizado en la bitácora Desde el Tercer Piso), a ver un paseo de amenazas dentro de los grupos opositores sobre posibles disoluciones de alianzas, acusaciones varias, pactos «por lo bajo» de algunos congresistas que juegan «a dos bandas», y, por supuesto, un alegato a favor de la disciplina de partido (en un país donde, salvo tal vez en el APRA, brilla por su ausencia). Y esto es bastante interesante la verdad, casi más que la censura (si no fuera por todo lo que nos jugamos con la censura y la necesidad de la misma).

En todos los partidos cuecen habas, desde la moción presentada y retirada y todo lo que ello trajo, hasta las profundas discrepancias dentro de Unidad Nacional, que se empeña en mostrar lo poco unida que está y lo poco nacional que puede llegar a ser. Desde el Partido Popular Cristiano, además, vemos un debate paralelo, en que se reclama un cambio interno importante, que afectaría al propio nombre de la formación derechista (se ha propuesto, por parte de un ilustre, reemplazar lo de «Cristiano» por «Centro» para quitarse de encima el lastre del conservadurismo de la jerarquía de la Iglesia Católica existente en el imaginario popular). Mientras tanto, la Alianza derechista tambalea (como ya lo hizo cuando Renovación Nacional pasó al oficialismo tras el fichaje de Rafael Rey como Ministro de Producción).

Fabiola Morales salta con todo defendiendo la independencia de Solidaridad Nacional para decidir si votan a favor o en contra de la censura (que parece que el mayor problema de la misma es que la ha presentado el Partido Nacionalista Peruano y no Unidad Nacional -porque una censura es una censura, no hay más que rascar, todos pueden tener motivos distintos para darle una patada en el trasero a un ministro, pero si lo que se busca es que se vaya, el motivo queda en segundo plano en el momento de votar dicha censura-), y que lo que diga el vocero de la bancada no les vincula, ya que ellos están de igual a igual con el Partido Popular Cristiano (que votará que sí a la censura), siendo el vocero de dicho partido…

Es interesante ver esto, ya que Fabiola Morales defiende a su partido (parte de una bancada/alianza mayor) bajo la manida «me debo a mis votantes» a la par que recuerda que se es obediente con su partido (SN), y se olvida que sus electores lo son de Unidad Nacional, y se espera que una alianza de este tipo (que ya tiene unos años, no es un apaño extraño como el formado entre UPP y PNP en el 2006, que duró medio suspiro) funcione como bloque en los temas importantes, y la censura de un ministro lo es. No digo que lo correcto es que SN haga seguidismo del PPC, ni mucho menos, sino que de cara al público UN debiera funcionar, en estos casos, de forma coordinada y conjunta, no puede ser que se peleen en público de esta forma y sigan manteniendo la alianza en pie (donde demuestra que lo importante es sumar votos para entrar en Política, y no tanto una alianza con un proyecto de futuro). Las alianzas deben demostrar por qué fueron juntas a las elecciones. Por otra parte, Fabiola Morales debe reconocer que sus votos no son los de SN, son los de UN, ella se debe, por supuesto, a los electores, antes que a su partido (SN), esto es, se debe a los electores de UN.

En otros partidos, que esta entrada pretendía ser general (aunque medio motivada por las movidas en UN), las declaraciones de los voceros han sido, como poco, altisonantes. Alguno ya anuncia sanciones disciplinarias a quien no diga sí wana al mandato de votar en favor a la censura, en otros han saltado, arrogantes, diciendo que no tienen por qué amenazar a la gente de su partido con la disciplina, ya que todos están convencidos en votar a favor de la censura (curioso que justo sea el partido que sí que no con la censura por parte de uno de sus congresistas). Todo esto vuelve a plantear el tema de la disciplina de voto y del mandato de los congresistas.

Disciplina de Partido
Acá hay dos problemas, por un lado, la democracia liberal actual se sustenta en los partidos políticos, a través de los mismos se instrumenta el cauce de participación más importante, que es la delegación del poder soberano sobre unas personas para llevar a cabo tanto el poder ejecutor como el constructor de las normas de todos, y por otro, la ficción de que dicha delegación se hace sobre personas concretas que no están sometidas a ningún mandato. Sin ir más lejos, ambas y contradictorias posturas las encontramos en la Constitución Peruana, por un lado, en el artículo 93 párrafo primero de la carta magna se declara la no sujeción a mandato imperativo ni a interpelación del Congresista, por otro, los partidos, movimientos y alianzas son el canal colectivo de participación en la vida del Estado, y se da a dichas organizaciones (no en exclusiva, pero sí de forma directa y clara) la «formación y manifestación de la voluntad popular» (artículo 35).

Todos entendemos qué es un Partido Político, y que la gente, normalmente, vota (o debiera votar) según las ideas de cada partido político, en esto Perú presenta muchas particularidades, realmente en los noventa se dió una destrucción de los partidos y los proyectos grupales, siempre acompañado del caciquismo y clientelismo de nuestras tierras, y por ello, en esta reconstrucción de los partidos en la que todos los movimientos nacionales se ven inmersos (sin querer queriendo), la disciplina es una forma de acabar con la inseguridad dentro de los partidos, de luchar contra los favores personales (tan en boga) y de dar apariencia de grupo en la toma de decisiones (y de democracia interna, aunque no la tengan). Las divergencias internas son necesarias y saludables, sobre todo porque ayudan a la evolución de los partidos, pero el que los miembros de un partido se tiren los trastos a la cabeza y no estén de acuerdo ni siquiera en lo básico, hace que el partido en general pierda credibilidad. Así que nos encontraríamos ante un difícil equilibrio entre la disciplina interna y la necesaria discrepancia.

¿Sin mandato? Imposible en nuestro sistema
Es difícil pensar en que el actual sistema garantiza a un congresista la independencia total, sobre todo por lo difícil que es para los «externos» (completamente) llegar a ocupar dichos cargos, el sistema tiende a canalizar toda participación política institucional a través de los partidos políticos (en Perú hay que superar una valla nacional para entrar en el Congreso, siendo la circunscripción la provincia, sólo en Lima un independiente podría llegar a ser Congresista), así que un cargo electo de estos deberá responder tanto a los ciudadanos que le votaron (delegaron en él la toma de decisiones) como al partido, la acusación de tránsfuga, traidor y demás, no se hará esperar si el Congresista vota en consciencia en vez de votar lo que diga su bancada, salvo casos excepcionales.

Lo normal es que los congresistas voten junto con sus compañeros, y cuando no lo hacen levantan todo tipo de suspicacias sobre la razón de su voto en contra (o su abstención), salvo en esas excepciones antes comentadas. No serán castigados por el partido si es que su voto no era necesario, pero cuando el partido se juega algo en una votación, intentará por todos los medios que todos los de su bancada vayan por la misma dirección.

En Perú el Congreso es altamente volátil, y fragmentado, así que a los líderes de los distintos partidos les interesa mantener a su grupo como bloque, permitir votos de consciencia puede acarrear la pérdida de fuerza del líder y del partido en la cámara, y esto lo entienden los distintos congresistas, por supuesto. En supuestos en que el partido no tiene nada que hacer en una votación, el voto en consciencia no importa tanto.

Hay países en los que la disciplina de voto es laxa, por ejemplo, Estados Unidos, la existencia de un fuerte poder territorial y de un sistema de funcionamiento de los partidos distinto a nuestra tradición permiten que ello no sea un problema, en gran medida porque los partidos mayoritarios son bastante similares, defienden relativamente lo mismo, están cortados con la misma tijera y ambos se reclaman de la misma tradición (final), uno es más conservador que el otro, o más intervencionista en la economía, pero si vemos la actuación o declaraciones de unos y otros, a veces es difícil reconocer cual es cual. Y allá existe un fuerte bipartidismo que no hace sino parodiar lo que es una democracia. En otros países la disciplina de voto es más fuerte, por ejemplo, España (no son raras las expulsiones de miembros de un partido por votar diferente), donde la discrepancia no se puede demostrar con votos en las cámaras (regionales o estatales), salvo en temas muy específicos y cuando nada se juega en la votación. Dos ejemplos: Guerra contra Iraq y voto contrario al matrimonio homosexual. El Partido Popular tiene una tradición de disciplina interna bastante reconocida, en una votación promovida por la oposición contra la guerra de Iraq todo el PP votó en contra -siendo el único partido en tomar dicha vía-, incluso los congresistas del PP contrarios a la guerra, acataron y votaron como les dijo el partido, en cambio, cuando se votó el matrimonio homosexual, las discrepancias del PP sí se vieron reflejadas en votos, un par de congresistas rompieron la disciplina, pero no se les sancionó ni mucho menos, la votación estaba perdida y su postura era claramente contraria a lo expresado por el partido.

Conclusiones
En otro momento. Ahora piensen qué es lo que prefieren, si un congresista íntegro o uno obediente, o las dos cosas. Hasta qué punto es posible el equilibrio y hasta cuál podemos seguir defendiendo la independencia del congresista, o siquiera si es sano mantener dicha ficción o aceptar de una vez por toda que los congresistas se deben a los partidos y exigir a los partidos que se deban a los ciudadanos y que no se mantengan, como suele ser, al margen de la sociedad que dicen defender.

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