AlB: Tira de «Qué más da quien» 002

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Tira 002

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El fin del pasado

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La vi llorando en la cocina, no dejaba de moverse inquieta, repitiendo los movimientos que cada mañana hacía, pero esta vez con un extraño temblor en las manos, miedo en los ojos y una expresión desconsolada coronada por las lágrimas, el desayuno, una rutina simple, parecía por primera vez un arduo trabajo procedimental en que algo no encajaba. Me quedé en la puerta viéndole sin saber qué hacer, qué decirle.

—Cariño, ¿estás bien? —conseguí decir.

—Sí, sí —me miró de forma extraviada, buscando en un remoto pasado una referencia para reconocerme hasta que una pequeña luz brilló en sus ojos— sí Jorge, ¿qué haces acá tan pronto?

—¿Pronto? Son las 10…

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¿Motivo de su viaje?

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El día comenzó para Raúl como lo hacen todos los días en que uno viaja de vuelta: Con ajetreo. Muchas idas y venidas, de arriba a abajo, de un lado a otro, mirando que todo esté como debe estar al momento de emprender el viaje, que nada se quede en tierra, que las botellas estén bien embaladas y los regalos protegidos de todo golpe, que las maletas tengan los candados debidos y que todo en la habitación quede más o menos ordenado, listo para que el anfitrión durante ese par de semanas pueda volver a usar ese cuarto con su fin usual y no con la visita de esos días. Las llamadas en la mañana para las despedidas apuradas son parte del quehacer. El nunca corto trayecto al aeropuerto ya casi con la hora encima solo sirve para recordar esas pequeñas cosas que faltaron por hacer, esas prendas de vestir que se quedaron sobre la cama dobladas esperando ser ordenadas en la maleta…

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Entre rejas, patios y fútbol

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Chica futboleraLa pichanga de barrio, el balón en movimiento, el pase corto, no había espacio para más. Todas esas tardes tiradas en el parque, con sueños incompletos y a medio hacer, apartando las pesadillas del día a día a puro golpe de esférico, de bromas blancas y negras, fiando nuestro bienestar a la pierna en alto del compañero enemigo, ese cuyo nombre jamás recordarás pero que su chapa está escrita en tu propia historia. Esas tardes, mañanas, días enteros de descubrimiento propio y ajeno, de nadedad de barrio, si me permiten el palabro, se fueron acompañando a horas de descubrimiento de «las otras», esa presencia femenina que de compañeras de peloteo pasaban a amigas de la botella, no la que se tomaba, sino la que se giraba contra un asfalto que resistía lo que le echaras.

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La última pelea

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- Mira, no lo entiendes – cortó en seco Joaquín mientras se daba media vuelta. Se dirigió hasta la puerta donde se detuvo unos instantes, parecía que iba a rectificar, que giraría aunque sea un poco la cabeza para decir algo más, Marta contuvo la respiración en lo que sintió como una eternidad, como una espera imposible, pero Joaquín solo atinó a bajar un poco la cabeza y marcharse dando un sonoro portazo.

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Fin

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Un fuerte sol asaba a todos los transeúntes, la acera recalentada no hacía más que aumentar el bochorno absoluto de quienes tenían el desparpajo de caminar por las calles de una ciudad cuyo nombre es mejor no recordar. Si Cervantes se puede permitir omitir la localización de sus historias, yo también.

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Nosotros, los Antidisturbios

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Fotomontaje de Antidisturbios

un Antidisturbio*

Somos la última defensa de la Paz y Seguridad, eso nos dice el capitán siempre, nosotros, los antidisturbios, cuidamos y protegemos a todos los ciudadanos de esas hordas de descontentos que quieren alzar su voz contra todos, contra la democracia y paz que nosotros, los antidisturbios, defendemos. No es fácil, nunca lo es, salir vestido como caballero moderno, con todo tipo de prendas para protegernos de esos salvajes que se manifiestan, nosotros, los antidisturbios, tenemos la misión de impedir que destrocen todo, aunque tengamos, nosotros, que destrozarlos, a ellos, culpables de sus propias palizas.

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Tarde de fútbol

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UD Salamanca vs Córdoba CF

Hay veces en que el árbol no te deja ver el bosque, normalmente es por la propia estulticia de quien observa, otras, como la que les voy a contar, es por lo singular del árbol, que distrae la atención totalmente del objetivo inicial. Todo comenzó como suele ser habitual, la típica visita al Helmántico con un invierno adelantado y un cielo que amenazaba con hacerse presente en el partido o con lluvia o con nieve, y de todas maneras congelando al personal.

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Ella (I)

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- ¡Qué suerte he tenido! pensé en ese momento. La miraba y escuchaba con una total atención, absorto en cada una de sus palabras, en la armonía que las mismas desprendían al conectarse unas con otras, formando hermosas figuras que el mejor literato ni ha soñado, y todo para explicar las cosas más sencillas de la creación. La miraba a la vez, era imposible apartar la vista de su persona, cuya sola presencia ya merece las más grandes loas, y encima sus palabras se entremezclaban con su aroma, con ese halo que poseen quienes brillan con luz propia. Llevaba, como les decía, horas con ella, feliz hasta la saciedad de haberla conocido, y parecía que, por alguna extraña razón, el sentimiento era mutuo. Nos encantaba estar conociéndonos, que es gerundio, ambos bromeábamos…

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AlB: Y seguimos Buscando a Don Darki

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Página 37 BADY sin saber bien por qué, ni para qué, la búsqueda del intérprete (de clarinete) Longinus Rex, Gobernador Vitalicio de El Oxtión por la gracia de nadie sabe quién, continúa, día sí día también, y una historia algo olvidada vuelve a tomar forma, el tema de Luxangel visto en la página doble 27 y 28, aparece otra vez en la página 37, de la mano de El Kaos, azote de todo lo que puede ser azotado (y con una buena página web sobre One Peace y pronto con “otra” de Usopp). Por otra parte, la página 38 retoma el tema del concurso de belleza (y no, no hay límite mínimo de peso o masa corporal -ni máximo-).

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Un cuento de Matete: “El Rey y la Aldeana”

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Ya tenemos, en estos barrios, dos cuentos de Matete, uno de ellos titulado "El Perro y el Gato" y el otro "Ghimell", ahora mostramos un nuevo cuento de la misma, "El Rey y la Aldeana". En fin, sin más dilación, el cuento de esta pequeña autora:


El Rey y la Aldeana

Había una vez un Rey de un país que no se encontraba en el mapa.
El país se llamaba Silof y el Rey se llamaba Don.

Siempre recibía quejas de los aldeano, sobretodo de Ganaay,
Una aldeana que aunque reciba 900 000 millones de monedas de oro no sería suficiente y querría más.

Solo había una aldeana que no se quejaba,
La más bonita y la más trabajadora,
Se llamaba Jacinta.

El Rey Don estaba enamorado de Jacinta.

Pero los de la corte y los Reyes de otros países como el Rey Gonaso Renato Dolón, el Rey Renato Paveta Pavel Bellín, y muchos otros reyes más le decían que era malo casarse de nuevo y con una aldeana pobre.

Pero él se quería casar y podía porque su esposa se había muerto cuando los dos tenían 37 años ya que se casaron a los 29.

Un día a la aldeana la quería arrestar porque según la señora Mildiditay ella le había robado sus zapatillas de oro, su collar de perlas plateadas, su brazalete de perlas doradas y un vestido Rojo.

Jacinta lo tenía todo puesto y hasta tenían nombre las cosas.
Pero ella no lo había robado,
Esa señora se lo había dado.

El Rey Don sabía que no podía ser verdad,
Así que mandó a explicar.

Al final Jacinta salió inocente y mandaron a Mildiditay a la cárcel.

Jacinta se enamoró del Rey y se casaron,
Jacinta tenía más de 999 999 millones de hueros,
Tenía vestidos hermosos,
bellas perlas,
Y para el final un palacio.

FIN

Otro cuento de Matete: Ghimell

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El Perro y el Gato, hace más o menos un año, fue publicado en esta bitácora, la autora de dicha obrita me ha hecho llegar un cuento de hadas, de los de toda la vida, que paso a reproducir, ya que realmente está bueno. En fin, sin más dilación, el cuento:


Ghimell

Había una vez un país llamado Ghimell.
Ahí pasaban cosas muy raras:
Una bruja loca se casó con un hada,
Y un príncipe bello se casó con un pez,
Y aún más cosas suceden en Ghimell.
Te contaré una historia de un hada y un rey,
Que sabrás que vivían en Ghimell.

Había una vez un hada llamada Ada,
Y una bruja llamada Maruja.
Las dos vivían en Ghimell.

La bruja Maruja estaba enamorada del Rey Árturi Poneca Jorono Ven Dragón segundo.
Mejor conocido como Ven Dragón.
Pero Ven Dragón estaba enamorado del hada Ada.

La bruja Maruja pensaba que al hada el Rey le gustaba,
Por eso era que la bruja Maruja la hechizaba.

Un día al hada Ada por fin le gustó el Rey Ven Dragón.
Eso fue bueno para ellos dos,
Pero no para la bruja Maruja.

La bruja Maruja de venganza al hada Ada le puso pico,
Y de contra Ada le puso pelo azul,
El color que la bruja Maruja odiaba con toda su fría y oscura alma.
Entonces el Rey Ven Dragón se fue a la montaña de Ghimell para ver lo que pasaba con la bruja y el hada.

Luego se asustó y enojó tanto que de la montaña de Ghimell bajó y se fue al monte de los reyes, parientes lejanos y peces volando de Ghimell.

Le pidió un consejo al Rey Josefón Jorshy Palomo Alcatrás Panamá Gonzáles tercero,
Mejor conocido como el rey Gonzáles tercero.

Él le aconsejó ir con la reina hada de las nubes y que le dé un consejo,
Porque él no sabía sobre brujas, hadas ni amor.

El Rey Ven Dragón fue ahí y por fin le dieron un consejo:
Diles a las dos lo que sucede y explícales las cosas,
Luego yo tiraré mi magia y a ver lo que pasará.
El Rey obedeció y fue a la montaña de Ghimell.
El pensaba que con ese consejo para que no se peleen lo arreglaría,
Lo arregló, pero no fue como él lo pensó:

Subió y vio a la bruja y al hada tiradas en el suelo,
Sus corazones no latían,
Según él habían muerto las dos.

Se acercó al hada Ada, la agarró y empezó a llorar.
Entonces una de las lágrimas de “Tristeza y Amor” cayó sobre el hada Ada y raramente despertó.

Entonces el Rey Ven Dragón siguió llorando,
Pero de alegría,
Bajó volando por las alas de el hada Ada, de la montaña de Ghimell.

Dejaron ahí a la bruja Maruja y vivieron felices por siempre.

Esa fue una historia que pasó en Ghimell,
Y aunque no lo creas sucedió ayer,
Porque yo soy el Rey Ven Dragón de Ghimell.

FIN

No te perdí, porque nunca te tuve.

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Esta es una de esas historias que desearía no contar, cuyas letras se imprimen en la pantalla contra la voluntad del ser que razona pero impulsadas por la vehemencia del corazón, ese algo que nos obliga a reseñar las tristezas y felicidades, como si importaran a alguien más que a nosotros mismos, que nos lleva del sufrimiento al placer sin atender a razones más allá de la arrogancia de saber que controla nuestras vidas más de lo deseado.
Me enrollo, y no es el objetivo. Les contaré una historia triste, de esas que vale la pena contar… Ya no recuerdo quién fue el que dijo que las infancias felices no merecían ser contadas, y que las grandes historias salen de las vidas infelices. La desgracia, desdicha, el drama, a fin de cuentas, es lo que vende. Tampoco es que esta sea la historia de la humanidad, que se basa en los esfuerzos de unos por pisar al resto, y en el resto fracasando una y otra vez en impedir que le pateen en el trasero. No. Para nada. Ni siquiera se podría considerar una gran historia, desde fuera incluso negarían lo funesto del asunto para asegurar que fue toda una suerte, que ahora estoy mejor. Pero no es así, y por eso lo voy a contar.
Hace mucho tiempo llegó a mi vida Isabel, ella me absorbió por completo, cambió mi vida como nada lo había hecho hasta ese momento. Alguien sumido en el pasotismo social del día a día que veía cambiar por completo su vida. Entró por casualidad, por un error. Como casi todas las cosas buenas de la vida, llegó sin estar planeada, de improvisto. Ahora viendo el pasado, intentando recordar los detalles de esa nueva vida, me doy cuenta que nunca poseí a Isabel, ella siempre me tuvo a mí, pero era cuestión de tiempo que, tal como llegó, se fuera.

Sí, como leen, perdí a Isabel, esa máquina de escribir que dio un vuelco a toda mi existencia. Algunos periódicos locales de las ciudades que iba visitando para llenar espacio sacaban versiones algo raras de lo que ellos creían que me sucedió, así que espero nadie se guíe por ellas, siempre, eso sí, me tacharon como un loco. Esto cambió un poco tras la pérdida de Isabel, la diferencia es que pasé a ser portada de periódicos nacionales, una "estrella" más de pasado extraño para la galería de fenómenos que comprenden ese sub-arte nacional que tan bien vende. Aunque las falsedades jamás han cesado, ya hay toda una leyenda que es radicalmente distinta a los hechos que recuerdo haber vivido, y que a fin de cuentas, son los que forman el Yo de mi historia.

A lo que iba, andaba por una ciudad, pueblo o similar de los que solía visitar llevando la máquina de escribir a cuestas para sentarme en la plaza y escribir lo que la máquina deseara como servicio a los ciudadanos y permitir que viva de lo que más disfrutaba, de poder dar salida a todas sus ideas por medio de una hoja en blanco, llenando un vacío con relatos personales… ¿Alguien se imagina una vida mejor acaso?

En esa población, como iba contando, me senté en la Plaza Mayor, armé un pequeño banquito con su mesita, hacía un tiempo que fui remplazando mis mundanales cosas llevadas en la maleta con la que escapé de una vida ya no deseada por objetos útiles para la labor de escribir en una máquina de antaño, la comodidad es importante… En fin, que había montado el puestito, como siempre, a la espera de curiosos que desearan unas líneas propias y únicas. Se acercó un señor, que no viene a cuento describirlo con todo detalle, pero para que se hagan una idea, era el típico "respetable con traje claro", por decirlo de alguna forma.

Preguntó curioso sobre lo que hacía, durante cuanto tiempo llevaba haciéndolo y otras tantas preguntas mil veces respondidas en otros lugares, tiempos y personas, estoy seguro que los pintores callejeros no se ven atosigados por las preguntas de este tipo como lo somos los escritores errantes -permítanme el calificativo-, cuando hacemos exactamente lo mismo. En fin, no le tomé especial atención, simplemente le fui contestando mientras escribía.

El sujeto, que jamás se identificó, en un momento se quedó callado, miró la página que acababa de perpetrar Isabel y me miró durante un buen rato. Puso una cara realmente extrañada y preguntó que cómo rayos podía escribir mientras hablaba manteniendo coherencia en ambas cosas, sin cometer un sólo error tanto en la conversación como en la escritura y que si ya había pensado lo que estaba escribiendo o lo iba inventando al momento. Esta vez sí tuve que pensar en la respuesta, casi le digo que sus preguntas ya no tenía que planteármelas para responderlas, que me sabía de memoria tanto el contenido de las mismas como la respuesta, pero esa no era realmente la cuestión, la conversación se iba por los cerros de Úbeda constantemente, no se quedaba en pregunta y respuesta como era lo habitual. No, no era eso. La respuesta era simple. Yo hablaba con el tipo del traje e Isabel escribía por su cuenta algún relato que, bien pensado, no sabía qué era o de qué iba.

El personaje trajeado me miró raro, volvió a coger el papel y me pidió llevárselo, yo aún no lo había leído pero sabía que no estaba completo, Isabel seguía escribiendo en otra página que no tenía encabezado nuevo, le comenté que no estaba terminado, que se esperara un rato, no sabía cuanto, eso sí, pero la paciencia es la madre de la ciencia ¿o era la experiencia? Da igual, que esperara. Era la idea. El tipo dijo que nanay, que necesitaba llevarse esa página en concreto, que el resto no lo interesaba y que cuanto tenía que pagar. Se puso erre con erre, al final le dije que volviera luego por el resto del relato, que se llevara la hoja y dejara en el canastín el dinero que él creía que valía. Dejó un par de euros y se fue sin decir esta boca es mía.

Gente rara hay en todos lados, a fin de cuentas, yo estaba sentado en una plaza con una máquina de escribir dejando que la misma llenara cuantas hojas quisiera de lo que le apeteciera en ese momento, la tinta del carrete aguantaba aún y el resto de partes de la misma se acompañaban para formar un todo que me parecía perfecto.

Como a las dos horas del incidente con el sujeto del traje claro, vinieron unos maromos la mar de fornidos en una ambulancia. Y me llevaron. Camisa de fuerza y toda la historia, yo sólo gritaba «Isabel» y extendía mi brazo en un vano intento de alcanzar el objeto de adoración mientras veía cómo una de esas bestias de blanco recogía las cosas que siempre llevaba encima, perpetrando la armonía entre ellas por la brusquedad de quien recoge algo que ve como basura.

«¡Isabel!»

El resto está verdaderamente nublado, nunca supe si fue por algún tipo de droga que me inyectaran o dieran o por el dolor de la separación que nublaba mi mente, o ambas cosas, que siempre puede ser.

Mucho tiempo después -¿O fue poco? Sin el doblar de las campanas de los ayuntamientos o iglesias cercanas a las plazas mayores no controlo el tiempo que pasa- me hablaban de que estaba enfermo, pero que tenía talento, y no sé cuantas cosas más, que el problema de todo esto se originó en Isabel -aunque ellos no la llamaban por su nombre-, que había desatado a saber qué cosas en mi cabeza y que ello me había vuelto un vagabundo. No, no entendían nada, siguen sin entenderlo, el problema fue que intentaron separarme de Isabel, no era ella, sino el resto, quienes me obligaron a huir. Y no, no estaba mal, realmente era feliz. Ellos decían que no era feliz sin contacto humano real, sin pertenecer a la sociedad, sin tener una vida estable como la que siempre mantuve, que era un engaño que perpetraba contra mí mismo y no sé cuantas sandeces más… ¿Qué rayos sabían ellos? ¿Cómo se atreven a decirme si era o no feliz? Si estuviera haciendo daño a la gente hubiese entendido que me encierren, pero por querer mi vivir junto a Isabel en una aventura constante era tachado, ni más ni menos, que de loco.

Vuelve a la vida normal, tienes futuro. Era la conclusión de la mitad más una de las citas con distintos psiquiatras, psicólogos o lo que tocara ese día, incluso esos enfermeros tan poco amables que me inyectaban cosas cuando no paraba de gritar el nombre de Isabel. Lo peor es que sabía, a ciencia cierta, que ella no me extrañaba, para nada, cada vez lo tenía más claro, yo estaba completamente vinculado a ella, pero para ella no era más que otro, un medio para poder escribir en las hojas en blanco sus particulares historias, no eran mías, eran de ella.

No sé si fue el sujeto de traje claro, o cualquier otro de los trabajadores del centro de salud, quien hizo que publiquen algunos de los relatos largos que vivían en la maleta, bien impresos para que en la memoria no se pierdan, incluso uno de ellos ganó un premio de relatos cortos o algo así, no lo recuerdo bien. Me parece que es mencionado en esas breves biografías en el dobladillo de las carátulas de uno de los libros que llevan mi firma.

Sí, al final me convencieron, alguno tuvo la gran idea de devolverme la Laptop que tenía en la maleta, nunca me deshice de ella, llevaba largo tiempo sin encenderla pero siempre cargaba con ella, incluso en días de mucho hambre ni siquiera se me pasó por la mente venderla. Con la laptop volví a cierta "normalidad" -como ellos la llaman-, a escribir lo que yo quería y no lo que Isabel mandaba.

Un día me soltaron, sin medicación ninguna. Me ayudaron a encontrar un apartamento en el que ahora vivo, gozo de cierto éxito y según casi todos mis conocidos -que me llaman amigo y aún no sé por qué- ahora tengo una vida digna, feliz, llena de éxitos y placeres que antes, en esa historia que ellos no conocen bien, más aún, les importa un bledo la misma. Y yo me dedico, como buen paciente, a obedecer al doctor que me trató, a los doctores más bien, viviendo como no quiero, relacionándome con quien no quiero, escribiendo largas historias lacrimógenas que son un reflejo de una pena profunda de la que no consigo librarme, pero que vende la mar de bien.

Es lo que importa, que venda. No importa que seas feliz, debes parecer objetivamente feliz, tener todo lo que el resto considera que hace que tus días sean perfectos por sí mismos, aunque para ti tengan menos valor que un pedo de violinista -como diría McCourt-, la apariencia es lo que importa, después de poder vender. El que tenga una historia con psiquiátricos de por medio hace que la gente crea auténticas el sufrimiento de mis historias, y lo achacan al pasado vivido, lleno de penurias en las calles de innumerables ciudades, no quieren entender que la pesadumbre la da esta existencia banal tan objetivamente ideal, tan llena de regalos mundanales… Ni entienden ni quieren entender.

Pero eso no es lo que me fastidia, ni el vivir en este engaño es la causa de la pena, es la separación, como se pueden imaginar, de Isabel. Máxime a sabiendas de lo que ella no sintió, nunca la tuve, por eso no puedo asegurar que la perdiera, pero mi subconsciente me obliga a recordarla todos los días, ya sea soñando o ya cuando paso por cualquier plaza. Hace mucho que no piso una Plaza Mayor, no soportaría todos los recuerdos que pueden asaltar mi consciente, impulsados por esa sed de venganza de mi Yo interno por lo que me he convertido y por intentar olvidar a Isabel.

Eso sí, entre todos me han arrebatado la felicidad en la que preferiría seguir, aunque la relación fuera un engaño, resultaba útil para las dos partes… ¿Qué será de Isabel? ¿A qué manos habrá llegado? Creo que me pondré a investigar un poco… ¿O es demasiada tortura? A saber…

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Dicen que todas las segundas partes son malas, y esta no tiene por qué ser menos. La primera parte la pueden leer acá, les aconsejaría que la lean antes que esta segunda parte (aunque claro, decirlo a estas alturas es como que mala idea…). En fin, como siempre que se sube algo, espero que les haya gustado (los tomatazos los lanzan otro día). Ésta, como la anterior, quedan dedicadas para la misma persona.

Por cierto, descargue las dos juntas en un PDF y en ODT:

AlB: El niño aprista. Una historia de la vida real.

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Todo aprista tiene un niño dentro (como casi todas las personas), pero algunos hasta tienen niños, o sea, hijos ¿Y cómo es la vida de un aprista? Más ahora, que han conseguido volver a la presidencia del Perú, con ello, al poder que tanto aprecian. Aquí les mostraremos un poco de la vida de El Niño Aprista. Fiel reproducción de la vida de un niño aprista común y corriente en una familia aprista aún más común y corriente.

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La historia de un 6 del 6 del 6.

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Comenzó un día cualquiera, en mi vida, un cualquiera más entre todos los cualquiera que pululan por un mundo donde sólo viven cualquiera, salvo cuatro o cinco tontos, que se ganan verdaderas millonadas pegando patadas a un balón o manteniendo un monopolio, el resto somos sólo cifras. Así andaba, en mi no-existencia, cuando vi en el calendario esa gran curiosidad que es la fecha de hoy. 6 del 6 del 6. Cojonudo, fecha del diablo y tal. Nada nuevo, acaba de ganar Alan García, así que la destrucción, al menos del Perú, está medio asegurada.
Pero en las maternidades se dedicaban a decir que los temores sobre el nacimiento del anticristo no tenían sentido. Claro que no, ya nació, y se llama Guillermo Puertas. Eso es de sobra conocido. No esperó al 6 del 6 porque no le venía bien, oiga usted, que es el demonio y hace las cosas cuando le sale de los… Pues eso.

En fin, que el día comenzaba como cualquier otro, pero toqueteado por ese halo místico que la fecha, sumada a nuestra habitual superstición, daban un aspecto cómico a lo que podía ser el día y las conversaciones ante la máquina de café (bueno, esa suciedad aguada que pretendía ser café), que si el jefe tiene el 666, que si lo tiene la secretaria esa que nos acusa siempre que nos ve fumando, que si en realidad no existe nada de eso; y luego el típico ortodoxo, quejándose de la conversación y recitándonos algún pasaje de la biblia -de memoria, por supuesto-.

Por la calle, lo mismo, la caótica normalidad, la gente no tiene ningún respeto por todo lo que existe y existirá en esa calle, les da igual la vida de ese posible transeúnte, si tienen que superar a la combi adelantando por el lado contrario, saltándose el semáforo y pegando un susto de muerte al pobre pendejo que está cruzando la calle, descuiden, lo hará. Si lo atropellan, culpa suya por no fijarse. La calle es suya y así es como tiene que ser.

A lo que iba, intento contar mi vida y estos excursos me fastidian el relato. ¿En qué iba? Demonios, ahora sí que estoy perdido… Ah sí, sí. Dentro de tres días empieza el mundial, así que el fin del mundo sólo me fastidiaría por el hecho de perderme el mundial, bueno, no se celebraría.

Eso, estaba en la calle, ya a punto de llegar al trabajo, preparando ese discurso con el que invitaría a salir a la chiquilla a la que dedicaba todos los piropos que podía, pero que no tenía valor de decirle nada, lo repasaba mentalmente una y otra vez cuando, pasando al lado de una tienda de televisores, de esas que tienen muchos aparatos mostrando innumerables canales a la vez a la gente que pasea, se veían imágenes catastróficas, muchos noticieros dando videorreportajes de distintas partes del mundo.

La puta. Parece una oleada terroristas de esas. Destrucción y cataclismos. De repente, en una de las televisoras, se ve como una gran columna de fuego se acerca, desde las afueras de la ciudad hacia el rascacielo desde donde se tomaba las imágenes, a toda mecha, sin detenerse, rodeada cada vez más de humo, el cámara está acojonado, la toma no es nada estable, no escuchamos nada, no hay sonido tras el cristal. Cada vez más gente se queda parada viendo la vitrina, al igual que yo. Se apaga la señal. El presentador del telediario se intenta reponer pero no puede. No damos crédito a lo que vemos.

Distintas señales van desapareciendo. El ambiente comienza a sentirse cargado, está tenso, la gente comienza a detener su agitada vida para sentirse realmente acojonada, lo malo de la parcial información es que trae miedo, trae desesperanza. Alguien lanza una piedra al cristal, todo se derrumba. Ahora sí escucharemos, dice una persona por detrás mío, asiento con la cabeza, todos lo hacemos. Otro "salta" dentro de la tienda para subir el volumen de una de las televisiones, de las más grandes y con mejor imagen de los hechos. Berrea algo del fin del mundo. Que se vaya a la mierda él y su sensacionalismo. Esos son atentados, está clarísimo. La gente está muda, yo lo estoy.

Esto no puede estar pasando.

Comienza a oler a humo.

Una especie de aullido reprimido.

Volteamos a ver. No. No podía creerlo. No puede estar pasando, pensé, pensábamos. No tiene lógica, en presente lo digo, no tiene ninguna lógica. Aún no me creo lo que vivimos, lo que pasó. Grandes rayos del suelo, al azar parecían, destruían todo, no quedaba nada, o eso parecía. Unos cuantos corrieron en distintas direcciones, otros tantos se tiraron al suelo a llorar, otros rezaban.

Me llamó mucho la atención un anciano, se sentó en el suelo tranquilo, sacó un cigarro, lo encendió y dijo "lo siento por mis nietos, nada más". El jodido se quedó sentado, fumando tan tranquilo, mientras que todo se desmoronaba a su alrededor. Algunos se le unieron. Ya fue. Ya fue todo. Hoy no trabajo. Algo bueno había que sacar de la situación, concluí.

En un momento dado morimos, bueno, la gente ya estaba muriendo. Así que mejor diré, en un momento dado morí. Vi mi cuerpo, ahí tirado, destrozado por completo, pero lo podía reconocer, entre tanta sangre, escombros y destrucción, ahí estaba yo, totalmente muerto sin siquiera un perro que ladre ese hecho, nunca sería enterrado, nunca sería recordado, nadie, nunca más.

Ahora, que estoy muerto, como todos, estoy rodeado de muerte, de escombros, y de almas como la mía que no sabemos qué hacer, simplemente nos han arrancado del mundo físico, pero acá estamos, jodidos entre una sobrepoblación de muertos, veo desde el primer homo de esos, pululando por aquí, por allá, todos esos muertos desde la eternidad de sus no-existencias, completamente deprimidos, aburridos, deseando el final de su existencia. Creo que nos vemos, pero no podemos comunicarnos. No sé por qué, así es. Así es todo. No tiene sentido. Nunca lo tuvo.

Hoy no fue un día normal… Por fin soy feliz.

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