La «democracia» de quienes tienen el dinero

El otro día (y no encuentro la cita exacta) Rajoy, hablando de economía, Grecia y demás, y antes de su reunión con el presidente del gobierno, instó al ejecutivo a hacer las medidas exigidas desde las instituciones internacionales como el FMI y similares, vamos, que hiciera en España lo que se está haciendo en Grecia, porque (y ahí está la clave de sus declaraciones) «si no tomas las decisiones otros las toman por ti» (no es textual, pero casi), y claro, continuaba, es más doloroso que otros te la apliquen a hacerlo uno mismo.

Lo peor es que a Rajoy eso le parecía bien, en gran medida porque son las mismas medidas que él (y su derechista partido) desean que se apliquen, las mismas, no lo olvidamos, que ayudaron a que esta crisis económica se produjera de la manera que se ha producido (y con la gravedad que ha acontecido), y son las mismas medidas que ya proponían las mismas autoridades internacionales o las mismas agencias de calificación de deuda y otros expertos económicos que ni se olieron la gravedad y profundidad de la crisis que vivimos (pero ni de lejos), que fallaron de lleno en la comprensión de determinadas empresas, negocios, bancos y demás, y aun así se erigen como autoridad para opinar, determinar y decidir.

Pero eso no es lo negativo, a fin de cuentas cada quien es libre de opinar lo que le dé la gana, de dar recetas aunque sean más que fracasadas, o de creer que el fracaso vino de su mala aplicación previa (también), lo malo realmente es la idea que subyace a la advertencia del líder del Partido Popular: No importa quién gobierne, finalmente hay que hacer lo que el poder económico diga.

En los sistemas de mercado, sobre todo cuando todo está tan interconectado e interdependiente como pasa en la actualidad, determinados movimientos (incluso meros rumores) pueden arruinar la economía de un país. Pocas armas son más fuertes que esa. De esta manera, si un país se mantiene dentro del sistema capitalista y, además, no tiene un poder económico y/o militar propio fuerte (llámese petróleo, llámese cualquier recurso o posición específica e importante, incluso el ser tenedor de buena cantidad de los bonos del tesoro de otro país especialmente poderoso) está sometido a que «otros decidan por ti».

Da igual que el gobierno electo tanto en Portugal como en Grecia fueran socialdemócratas que prometían determinadas cosas (también el español, pero ese ya estaba desde hace unos años, y ya aplicando buena parte de las recetas «neocones», como las bajadas de impuestos y liberalizaciones varias), que los gobiernos anteriores fueran los «culpables» (de una forma u otra) del problema económico, es a esos actuales gobiernos a los que se les exige que apliquen paquetes de medidas propios de una ideología algo contraria a las de ellos (aceptemos que esos socialdemócratas defienden la economía de mercado también, el sistema capitalista pero con «correcciones», que, por supuesto, no les dejan hacer o plantear, o sea, su ideología pro-mercado les somete a esas reglas de las que ahora se quejan), contrarias a lo que han votado los ciudadanos.

¿De qué sirve, pues, votar a uno u otro partido en democracias burguesas en sistemas capitalistas si, finalmente, todos tienen que seguir la misma línea? En realidad esta es una de las razones de fondo por las que en las democracias más «maduras» no hay alternativas de gobierno, hay alternancia de partidos en el gobierno cuyas diferencias no son de fondo, son de matices, a veces simplemente de prioridades de gasto y poco más, donde tal vez haya diferencias en determinadas cuestiones sociales que no afecten al mercado, pero en lo fundamental, en lo que vertebra la economía del país, su cultura productiva, los acuerdos son más que las diferencias (y es lo que determina nuestra forma de vivir finalmente).

Eso se ve en que socialdemócratas europeos y los partidos liberales y conservadores del mismo ámbito votan más juntos que separados, aunque se suelan presentar en los medios de comunicación como fuerzas antagónicas, como digo, en lo fundamental, no lo son. Aun así, ya planteándonos donde pueden tener diferencias, dentro de la misma estructura general, nos encontramos con que solo una opción vale. Independientemente de si se eligió conservador, liberal o socialdemócrata, todos deben aceptar las tesis más liberales en lo económico. Si no las aplica el gobierno de turno motu propio vienen los amigos internacionales con poder económico y «te las aplican» (dándote una alternativa incluso peor a la de aceptar la imposición ajena), es finalmente lo que hemos visto en tantos y tantos países en todo el globo y la historia, y lo que ahora acontece en Grecia (pronto también Portugal y sin dudas España, como le pasó en su momento a Letonia y como ya las aplicó, por su cuenta y riesgo, Irlanda -estos dos últimos países ya aplicaban la receta «neoliberal» a pies juntillas y que tuvieron un golpe estrepitoso de todas formas-).

Entonces, vuelvo a preguntar, ¿para qué tenemos elecciones? Lo único que valdría sería recuperar el poder por parte de los ciudadanos, y esto solo se puede hacer con un sistema económico diferente (y no, el capitalismo de Estado no es un sistema económico distinto al capitalismo, eso ya se lo ven más claro los compañeros de Bolivia y de Venezuela), así que la única opción para no seguir esa línea internacionalmente marcada por personas que, además, no son elegidas democráticamente por nadie, sería votar realmente por un partido que plantee alternativas, no solo disfraces o «correcciones» al sistema de mercado, dentro del mismo siempre estaremos subyugados por fuerzas no democráticas.

Así que nos enfrentamos a un nuevo problema, en las llamadas democracias occidentales los sistemas políticos tienden al bipartidismo (así son sus sistemas electorales y la cultura que le sustentan, donde hay alternancia, no alternativas), y cuando hay un tercer partido (y se le deja llegar hasta instituciones decisorias) el mismo normalmente no se sale de la línea marcada por esas fuerzas internacionales, no tiene ningún interés real en cambiar el sistema económico, más aun, posiblemente lo apoyen con más fuerza y tesón que los partidos anteriores en la alternancia (el caso más claro de cómo se revientan cohetes ante hechos menores está en las actuales elecciones inglesas, el tercer partido, el del «cambio», no es otro que el partido liberal, que ya tuvo su época de alternancia con los conservadores). O al menos, el sistema está lo suficientemente atado para que «parezca» que las cosas, por el sistema legal y previsto, se pueden cambiar, pero en la práctica esos cambios son casi posibles de ejecutar o realizar (en el caso Español, aunque un partido republicano consiguiera gobernar, es casi imposible que consiga una reforma constitucional que acabara con la corona, lo mismo pasa con el sistema económico, el cual, además, está fuertemente «atado» no solo internamente, sino internacionalmente).

Además, el cambio en un solo país es como si no fuera en ninguno, o su duración será insignificante.

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