No hay dos sin tres

Publicado originalmente en De Igual a Igual.net

Fue un trece de abril en Eibar cuando, entre los ayuntamientos, sobre todo los grandes, el grito de República como sinónimo de Libertad fue un reguero de pólvora, y explotó todo el 14, oficialmente se proclamó la Segunda República en España. La República, claro, no fue ni perfecta ni la panacea, ninguna por sí misma lo es, pero está claro que en un país como España, sumida de forma constante en monarquías y dictaduras que se proclaman monárquicas (cosa curiosa) el aire fresco y reformista de la República fue positivo, por primera vez en mucho tiempo los españoles eran dueños de sus destinos, algo que no pasaba desde la primera república, la casi no nata pero con muchos presidentes y un avance brutal en derechos políticos, lo nunca visto.

Hace ya dos años hice una pequeña reseña de la historia de la segunda república, esa que nació un día como hoy y que fue aplastada por un golpe fallido seguido de una cruenta guerra y peor represión por parte del nacionalcatolicismo y fascismo español, donde toda idea de libertad estaba más que prohibida, un reino sin rey pero con príncipe, que rompía con la tradición y lo era de España en vez de Asturias, y que ahora gobierna como el Rey de todos, aunque todos no sepamos ni en qué gasta los cuartos ni lo podamos saber. No voy a volver a repasar la triste y contradictoria historia republicana, no otra vez, pueden leer el artículo: «76 años de la proclamación de la Segunda República». Rescato, de ese artículo, un par de párrafos de las conclusiones:

Para cualquiera que no sea accidentalista (y por tanto, que la forma de gobierno no le da igual, aunque en la práctica funcionen «igual»), la monarquía Española es símbolo no sólo de la sucesión franquista orquestada por el Caudillo, sino como muestra más clara de la desigualdad. ¿Cómo se puede proclamar la igualdad entre los Españoles cuando hay una familia que no es igual al resto? ¿Cómo se puede sostener una Monarquía en un sistema democrático?
(…)
Así pues, partidos de tradición republicana reivindican el derecho a que los españoles decidan si Monarquía o República, es hora de un cambio constitucional en este sentido, que deje de ser una de las zonas intocables e innegociables, como en su día fue.

El Partido Comunista de España, uno de esos partidos que sigue reclamándose republicanos, lleva un tiempo pidiendo que se abra la constituyente para una Tercera República, y que ahora la impulsa desde las municipalidades, atendiendo al poder que deberían tener las organizaciones más locales que hoy por hoy sirven básicamente para que aprovechados se lucren con obra pública y recalificaciones de suelo.

El PCE, como decía, hoy saca un franco manifiesto por la Tercera, en que deja patente lo poco que se ha cumplido la constitución actual, y que la monarquía, esa institución arcaica y anacrónica, no puede subsistir en un país que se diga democrático (por simple lógica, por más que haya países que se digan democráticos y sean socialmente avanzados, si tienen monarquías no lo son, un Rey es alguien que está exento de la responsabilidad y escrutinio público, no es elegido ni sustituible, su derecho es de sangre). No veo qué sentido tienen, eso sí, algunos de los argumentos (en estos casos, más bien soflamas) usados por el PCE como el de Bolonia (y no tiene sentido atendiendo a la cantidad de repúblicas que están en ese proceso). Pero bueno, que los detalles no empañen el fondo del asunto.

Los accidentalistas (muchos de ellos monárquicos disfrazados de demócratas, o juancarlistas, que es como decir bien agradecidos con el monarca sin ser necesariamente monárquico) insisten en que la forma de gobierno no importa mucho siempre y cuando se desarrollen correctamente los derechos y libertades de los ciudadanos. ¿Cómo se puede desarrollar la igualdad si hay una familia que no es igual a las demás?

Es cierto que una república, por sí misma, no soluciona nada real, salvo algo tan poco importante como el que los ciudadanos sean libres de elegir a su jefe de Estado dentro de estos sistemas que se dicen democráticos, también corrige eso de una familia que tiene más derechos y menos responsabilidades que el resto de ciudadanos del reino, digo, súbditos.

Una decisión de hace más de 30 años, que fue una condición innegociable de las fuerzas franquistas para permitir la reforma del régimen nacionalcatólico a un sistema parlamentarista, no puede permanecer en el tiempo con una inexistente legitimidad democrática.

La tercera república ni es la panacea ni es un fin en sí mismo, es, será mejor dicho, un paso adelante en la democracia formal, es, será, un marco adecuado para comenzar a debatir temas tabúes actualmente, es, será, un sistema en que por fin los ciudadanos españoles podrán verse como iguales ante la ley. Es un paso necesario que se debe dar, mejor temprano que tarde, al menos que se abra el debate.

Enlaces

Excurso: Un error en la bandera. La tricolor del a Segunda República fue adoptada en contraposición de la rojigualda por considerar esta última (la que hoy se usa) como bandera monárquica y para incluir en los colores nacionales a Castilla (el morado, en teoría del pendón de Castilla), ya que la bandera existente solo contenía los colores de la Corona de Aragón (y por ser vistoso, no por nada en especial). El morado (utilizado actualmente en muchas enseñas castellanas) no era el color de Castilla, al menos no el tradicional… Esto es, el color del Pendón de Castila es el carmesí (el de los Comuneros en Villalar, y luego del Reino de Castilla), la confusión viene del uso del morado por parte de distintas sociedades «secretas» que se autodenominaban comuneros en el Siglo XIX. Lo curioso es que la bandera rojigualda la decidió Carlos III en 1785 para evitar la confusión entre los buques de guerra españoles y las de otros reinos europeos, en tanto que el blanco predominaba en todas las banderas de grandes potencias (contando España) y se producían bastantes confusiones en las batallas, la rojigualda actual viene de la usada por la marina de Guerra, siendo la de la marina mercante hasta finales de los años 20 del S. XX de cinco franjas, tres amarillas y dos pequeñas rojas.

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