Cuando desde Lima no se entiende nada

Diferencia entre los votos a cada candidatura por regiones (segunda vuelta de Perú).

Excurso: cuando comencé a escribir esta entrada sucedió la renuncia de uno de los miembros del JNE, iba a incluir un comentario sobre eso pero, cosas de la vida, se destapó todo el tema de los «Vladiaudios»; dejé de lado la entrada y me puse con eso, que era más urgente (mucho más). Escribí sobre el tema en D=a= (les invito a leer dicha publicación). Ahora han ocurrido algunas cosas extras que incluyo en lo que era la arquitectura de esta entrada. Fin del excurso.

El título es innecesariamente sangrante, pues es una generalización algo absurda y, creo, la gente que más mueve el «fantasma» del fraude electoral desde un «análisis estadístico» (como Flores), entiende perfectamente lo que ha pasado, solo que no lo quiere reconocer. Pero ese titular me vino a la cabeza tras ver los últimos análisis de FJ sobre las elecciones, donde muestra la diferencia entre el voto urbano y el rural y el rural y urbano de Lima con respecto al resto del país. Es difícil, entiendo, comprender que una opción mayoritaria en tus entornos haya perdido. Aunque fuera por la mínima en el recuento final.

En 2016 tuvimos más o menos el mismo número de actas anuladas total o parcialmente que este año; en esos comicios, como en los actuales, las distintas instituciones que llegaron como observadoras del proceso electoral o Transparencia, nuestra observadora local de referencia, dijeron que todo bien. Ese año se les creyó, claro.

El combate durante la segunda vuelta era entre dos partidos que formaban parte de la misma derecha económica. Eran como aquella escena, vuelta «meme», en que un Spider-man se encuentra con otro Spider-man y se señalan en plan «soy yo». No, no estoy diciendo que PPK y su gente fueran lo mismo que el fujimorismo, pero sí que sus planes económicos y los intereses financieros a los que sirven eran coincidentes. De hecho, buena parte de la gente de PPK ahora apoya con fuerza a Fujimori.

Este año, la segunda vuelta se dio entre una fuerza que ofrece una alternativa económica a esa propuesta neoliberal (porque socialmente es bastante conservadora, sin llegar a tanto como el fujimorismo); y, no se equivoquen, tampoco propone un cambio tan grande (por más que el partido se dice socialista, no propone caminar -no ya llegar- a una economía socialista; sí propone más intervención y regulación del Estado, pero muchas de sus promesas y proyectos quedan por debajo de lo que tienen otras economías capitalistas de, por ejemplo, países europeos).

El fujimorismo, con Keiko Fujimori a la cabeza, perdía por tercera vez una segunda vuelta, solo que ahora tenía aliados poderosos, antaño detractores, que le permitieron llevar la narrativa del «fraude» a grandes cotas, sin probar nada, claro. Decidieron, entonces, cuestionar las elecciones tras análisis estadísticos.

Estadísticamente no se puede decir que hubo fraude. Cuando Flores (y otras personas) comenzaron a indicar que había mesas que se salían de la norma de su local de votación se olvidan de que las elecciones no tienen una distribución normal. Que los grupos de votación (locales-mesas) no responden a lógicas de selección de poblaciones representativas ni a intereses comunes, de hecho en un distrito puede haber una gran variación entre unas zonas y otras de la propia población existente, con intereses fuertemente contrapuestos.

Esos análisis partían de un error de base: no tienen en cuenta el porqué del dato que estaban procesando. Los datos no son «puros» en un sentido ideológico, no vienen de la nada y, además, los datos electorales tienen un proceso determinado detrás.

Por ejemplo, un pollitólogo conocido se preguntaba por qué en determinadas actas el fujimorismo tenía cero votos, eso le resultaba sospechoso; luego borró su mensaje cuando la ONPE le comentó que eran actas anuladas, que ambas formaciones tenían cero votos. Afirmó que no lo sabía, pues no tenía esa información… pero pudo saberlo, la página de la ONPE en eso está realmente bien, al lado de cada acta puedes ver la resolución que la acompaña. Al politólogo, en realidad, no le interesaba entender esas actas, le interesaba soltar la sospecha del fraude (y quedó en evidencia, borró el mensaje, pero siguió erre con erre lanzando «sospechas» basada en «estadísticas»).

¿Qué pasó? Pues que una persona cercana al politólogo había hecho un análisis comparando actas de la primera vuelta como de la segunda y destacaba aquellas donde en primera vuelta el fujimorismo obtuvo votos y en segunda, en cambio, no los tuvo. Pero ese acercamiento estadístico, además, se «olvidaba» de hacer lo propio con PL, con lo que ponía énfasis en que había actas raras en contra de FP y eso, en el fondo, reforzaba la idea de «fraude».

Los datos estaban vinculados a los análisis de otra persona, que insistía en que no estaba diciendo nada sobre un posible fraude, solo que con la estadística y un algoritmo se podían detectar actas «especialmente raras» («potencialmente irregulares») y que luego habría que analizarlas (de hecho, esta persona sí atendió a los dos partidos; como lo hizo en análisis posteriores al primero de ellos, el que levantó la liebre).

Además del sesgo de solo mostrar parte de los datos, ¿qué problemas tiene este acercamiento? Obvia que no necesariamente han votado las mismas personas (en una mesa pudo votar en primera vuelta una persona que en segunda ya no se acercó al local), obvia que hay una campaña entre una vuelta y otra (y no digo que te haya convencido el otro partido, pero saltar al nulo no es raro o preferir, por ver claro que en tu zona ganará una opción, el quedarte con dicha opción), obvia que una mesa puede ser increíblemente distinta a todas las demás en el mismo local (porque los locales no son homogéneos y, encima, las mesas se organizan por apellidos, donde el peso familiar o de zonas con el mismo apellido crece); en fin, mil cosas que no tienen en cuenta. Sobre las actas atípicas me remito a la publicación de FJ en Elecciones – D=a=.

Una acusación repetida bastante es que no se mostraba todo; en realidad, en la ONPE están escaneadas todas las actas, no hay truco ahí. Ahora lo han puesto en datos abiertos (para manejar mejor todos los datos, pues ya se podían descargar y procesar toda la información); aún así, la acusación se mantiene: hay fraude y la ONPE es opaca. ¿Cómo? ¿En qué? Puedes no estar de acuerdo con una resolución del JNE sobre una acta y, por supuesto, puede haber votos mal contados*, pero de ahí al fraude hay un lago camino.

Además, ¿con qué fuerza cuenta la izquierda de este país? ¿Cómo se puede organizar un fraude masivo sin fuerza? Normalmente, para producir un fraude así, hay que tener «poder»; las izquierdas en Perú no lo tienen. Las derechas han controlado el país con sobra durante mucho tiempo. De hecho, el único sitio donde ha gobernado PL (y cuya corrupción es palpable) fue el lugar con peores datos para PL en esa zona, ¡y aún así ganó allí!

Cuando se menciona lo escorado del voto de algunas zonas del Perú se olvidan que esto no es nuevo, no es «atípico», es el sentido del voto en las últimas elecciones, llevamos lustros así. Lo mismo para las pocas donde ganó Fujimori. Ese discurso se extrañaba de que en Puno hubiese mesas con cero votos para Fujimori (¡¡fraude!!, gritaban) pero consideraban lógico y normal que en San Isidro hubiese mesas con cero votos para Castillo (porque ellos sí deben saber votar, ¿no?); esta doble vara de medir ha acompañado todo el análisis de las elecciones. Ya el colmo era encontrar cómo les parecía «normal» una acta «rara» en el interior suroriental del país con cero votos para Castillo cuando al rededor todas las mesas eran muy favorables a dicha candidatura. Muchas veces para esos cero votos la explicación era sencilla: acta parcialmente anulada (error típico: se equivocan consignando el número de personas votantes, se anulan los votos de los partidos hasta alcanzar que los votos emitidos coincidan con los consignados, eso hace que normalmente la fuerza ganadora se lleve cero votos en el conteo final de esa acta).

Pero a lo que iba: existe un Perú en Lima y un Perú en el resto del país; esto ya lo traté cuando hablé de los dos «Perús» en D=a= para la primera vuelta, pero voy a volver a insistir ahora usando los datos de FJ de la segunda vuelta:

Votos en el área rural.

En el ámbito urbano está el fuerte de los votos del Perú, en lo urbano Fujimori vence, pero no con tanta diferencia como Castillo en el rural:

Resultados en el ámbito urbano.

Pero acá hay algo bastante interesante: la victoria de Fujimori se da gracias a Lima y Callao; su ámbito urbano (todo Callao y gran parte de Lima) aporta un neto superior a dos millones de votos en favor del partido naranja. Si se excluye el ámbito urbano de Lima y Callao, tenemos que Castillo gana:

Resultados urbanos sin Lima y Callao.

Está claro que desde Lima se entiende mal el resultado de las elecciones, la influencia y la claridad con la que el fujimorismo ha vencido impiden entender, en cierta medida, que el resto del país mayoritariamente ha opinado distinto. Esto sí que es distinto a 2016, donde ambos partidos en contienda tuvieron un apoyo similar en la capital del país.

Y acá es donde, junto con la narrativa del fraude, propiciada por una clase limeña dirigente que no entiende el resto del país (y no ve más allá del Regatas), se comienza una campaña de duda sobre los resultados. ¿Cómo pudieron votar así en Puno y Cusco? La pregunta podría ser la contraria: ¿Cómo pudieron en Lima o Tumbes votar tan distinto al resto del país?, pero esta no se suele plantear, porque el discurso es limeñocéntrico, lo «atípico», lo que hay que «explicar», es lo que no coincide con Lima.

Los principales medios de comunicación, como todos los pertenecientes al Grupo El Comercio, han dado un gran espacio a la narrativa del fraude, han puesto dudas donde nadie las tenía (de los observadores internacionales), se han saltado las propias leyes para generar teorías conspirativas y han alertado del peligro para la democracia que les parece Castillo, presentando como noticias ciertas lo que eran opiniones (de esto ya hablé); ahora saca El Comercio un editorial (que no enlazaré) con cero autocrítica aunque reconociendo que ya debe ser Castillo proclamado y que basta de tonterías desestabilizadoras, acusando a ambas candidaturas de promoverlas, cuando desde ese medio se ha tenido la voz cantante en dichas tonterías. Incluso, los grandes medios han sufrido para hablar de los «vladiaudios» e incluso han sugerido, cuando no acusado directamente, que Montesinos se ha prestado para una farsa de las izquierdas. Debe ser su editorial más cínico en mucho tiempo.

Esos mismos medios siguen cuestionando a cualquiera que contravenga la narrativa del «posible fraude» (aunque ahora El Comercio reconozca que no hay pruebas que sustenten dicha acusación, siguen erre con erre con el tema de las actas atípicas, sin profundizar en lo más mínimo en las explicaciones a las mismas), por eso se encuentran incómodos denunciando el intento de compra del JNE por parte del fujimorismo-montesinismo; incluso nos sacan noticias sobre lo malo que es grabar conversaciones pero, a la vez, airean grabaciones a Arturo Cárdenas, quien indican como mano derecha de Cerrón, el corrupto y corruptor líder de Perú Libre.

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*Suelo revisar el acta donde sufragué y en algún caso mi voto no ha aparecido o ha sido mal contado (por ejemplo, no se recoge mi voto preferente pero «tal vez» sí mi voto a candidatura -esto, por ejemplo, ha pasado en la primera vuelta en cuanto al voto preferente para el Parlamento Andino, yo elegí dos números que no tienen votos… ningún voto preferente para el PA se ha consignado en el acta de mi mesa-; o directamente no se contó mi voto -esto pasó al menos una vez-). Pero esto no significa que haya fraude.

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