Cambiando intermediarios… a peor

La revolución. No más intermediarios, de las cuerdas de la guitarra a su oído, de la punta del lapicero del autor a su retina, de los bites salidos de la cabeza del programador a la pantalla de su computadora… Así vendían la red de redes, y la siguen vendiendo. Auto-todo. Autopublícate, autoedítate, autografíate, no, eso no, pero casi. Pero es tan cierto como falso, lo que es peor, puede que sí estemos viviendo el decaimiento de ciertos intermediarios (algunas productoras y editoras, vamos), pero también es cierto que vivimos en el crecimiento de otros, no solo más fuertes y poderosos (y con mayor control) sino que, encima, no aportan un verdadero valor añadido al trabajo del autor o autores, que encima se tienen que buscar las castañas en otros lados o aceptar condiciones aun peores que en la era discográfica-editorial pura.

Hace no mucho salió en varios medios (y no sé si llegué a escribir sobre eso, hay cosas que se quedan en borradores o en mi cabeza) que los autores literarios ponían en jaque a sus editoriales de toda la vida, esa que les ponen contratos que, en pocas palabras, producen dependencia. Una nueva revolución, otra más, los autores se saltarían a las editoriales para sacar los libros en edición digital… Lo curioso de toda esa nota es que quien proponía la idea era un intermediario (el agente literario de unas 700 personas que, además, cuenta con muchos superventas en su agenda), un intermediario que, además, quería fundar una editorial para canalizar todas las obras digitales de sus 700 autores. Aguanta el carro entonces, ahí no hay nada nuevo, lo único es que se está divorciando el contenido digital del papel, pero no más, no hay revolución alguna ni es un golpe a las editoriales (máxime cuando se fundará una por el agente, y no por los autores), que sí, que nos evitamos posiblemente un intermediario (el agente que deja de actuar como tal) pero nada más. Además, permítanme que dude en serio que nada de las obras de esas 700 personas es de las editoriales en papel (pienso en la maquetación y en la corrección de los libros, por ejemplo). De estos casos no estoy hablando (que tantas veces se presentan como revoluciones cuando no llegan ni a reformas).

Los intermediarios existen, cada vez son más y menos a la vez, esto es, estamos en una espiral de centralización (cuando por temas tecnológicos debería ser lo contrario), donde el intermediario no aporta nada, absolutamente nada, pero se vuelve juez y parte, es cierto que ahora son intermediarios que tal vez puedan trabajar a menor costo (ojo, vinculado en cierta medida a su no presencia física y a las economías de escala, no es lo mismo ser intermediario de mil obras físicas que tienes cientos de gastos fijos que de millones de obras digitales con gastos fijos sensiblemente menores), ando un producto a un costo mucho más bajo que su competencia, pero no es menos cierto que están usando tácticas de control superiores a las antiguamente existentes (o al menos, que no les tienen nada que envidiar), cuyo control sobre los productos del usuario es mayor que el preexistente.

Hablando en plata, estoy pensando en intermediarios-editores-productores como Amazon, en intermediarios del software como la App Store de Apple (y todo el control que esta compañía tiene sobre la distribución del software, el uso de su plataforma, el uso del software comprado y los límites puestos a los mismos, por no hablar de sus plataformas cerradas para la instalación de programas fuera de su intermediación), o servicios como Spotify, que incluso «externalizan» la labor de aceptar música en otros intermediarios (y dificulta o prohíbe la reventa de archivos digitales comprados en su servicio o escuchados en el mismo, en otras palabras, hace «no libre» todo contenido que pase por sus manos, basta leer las condiciones de uso del servicio para saber que todo binario que por él pasa es «no libre»), donde se preserva el viejo sistema (autor – discográfica – distribuidor – tienda, tal vez cargándonos a la discográfica, pero no a los otros intermediarios, uno de ellos que en la era digital aporta poco o nada, como es el distribuidor -que en algunos casos exigen la exclusividad con los derechos de la música digital que les «agregues»-) pero se agrega, más si cabe, el «control centralizado», ejercido finalmente por La Tienda (que del plural físico puede pasar al singular digital, un absurdo solo comprensible en la re-centralización que permitimos).

El tema de la AppStore de Apple (y sobre todo en esta, por el control sobre lo que se puede instalar en sus iPods, iPhones e iPads) es preocupante, porque encima es un «modelo de éxito» que muchos están intentando copiar o reproducir. Apple ejerce un control tiránico sobre las aplicaciones que acepta (sobre todo cuando económicamente no les viene bien, o no hacen lo que desde Apple quiere, o lo consideran contenido para adultos que no debe redistribuirse, como su cruzada anti pornografía -algo que Google comienza a querer hacer, por lo visto-), y sobre lo que con ellas se puede hacer también. Así el hipercerrado cacharro con la manzana, si no está crackeado (jailbreak), no puede ser receptor de software libre (épico el debate entre colaboradores y desarrolladores de Wesnoth, y recurrente cuando aparecen programas como el VCL en la App Store, por no hablar de que cuando se le dice a Apple que o cumple la GPL o retire el programa en cuestión, ellos prefieren retirarlo).

El sistema de Apple es centralizar totalmente la distribución, desde la misma imponer una serie de condiciones (hasta cómo el programa se relaciona con el cacharro, también qué programas puede usar), es un intermediario no solo obligatorio, sino que además no aporta realmente valor añadido al producto final, absolutamente ninguno. Eso sí, cobran por desarrollar para su plataforma (los SDK no son gratuitos) y si la aplicación es de pago se quedan con el 30% por la distribución (que, insisto, es obligatoria, y siempre según los términos de Apple, impidiendo, como digo, desarrollos libres o semilibres), que no es, ni mucho menos, poco, habida cuenta de que no hacen nada en el producto (no lo promocionan, no lo auditan, no lo mejoran, nada, solo distribuyen, y te prohíben distribuirlo de otra forma).

En el mundo ideal que nos vendían con la autoloquesea, lo de Apple, Spotify, Amazon y demás sería imposible. No solo su poder centralizador y control tanto sobre los binarios como en el hardware (en dos de los tres casos mencionados), sino porque son un claro ejemplo de intermediarios, que aportan poco o nada al producto en sí mismo, dan visibilidad (que en un mundo de comodidad y avalancha informativa, vale mucho, tal vez demasiado), pero la dan en gran medida porque la centralizan y excluyen a quien no está (o prohíben directamente, como hace Apple). Lo de Amazon con los periódicos no deja de ser curioso, puedes comprar suscripciones a los mismos para poder leerlos en un dispositivo portátil… ¿Por qué eso no se puede hacer directamente con el periódico o revista y se tiene que pasar por el Gran Quiosco? ¿Por qué representa un triunfo que cuando NO se debería necesitar un intermediario me obliguen a pasar por el mismo?

En el mundo editorial (medio, medio alto, alto, esclavizante, etc., siempre que no hablemos de autopublicación), la empresa aporta un valor (aunque ejerce también un poder), normalmente son los que se encargan de temas como la maquetación, la edición, la corrección (contratan a los correctores), la publicidad y demás, en el mundo de estos nuevos intermediarios, el autor se busca sus habichuelas donde puede, si sabe maquetar, pues bien, sino tira con lo que tiene, y encima debe someterse a reglas de meros «distribuidores» mucho más estrictas en algunos casos que las rígidas editoriales (que no desaparecen, solo pasan a un segundo plano, lo que las hace aun más peligrosas). Con las discográficas tres cuartos de lo mismo, es saltar de la sartén al fuego.

Ojo, que la culpa de que el modelo Apple, Youtube, Amazon, Spotify, etc., triunfe es nuestra culpa, porque los consumimos y buscamos, parece como si quisiéramos la centralización.

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