Claro que hacía –y hace– falta

Esta entrada es un poco cajón de sastre de varios temas con distinta gradación de importancia, pero muy mezclados… vaya por delante. –A todo esto, mientras escribía esta entrada, Barbijaputa sacó una nota titulada «Salir a la calle por nosotras y por todas» que más o menos aborda lo mismo que este artículo, pero bastante mejor expuesto que lo que haré a continuación–.

Cada poco vemos noticias en que se consigue un pequeño triunfo o se visibiliza, de forma positiva, lo que está aún tachado por la sociedad de forma negativa. Estoy hablando de esos hechos que significan victorias del movimiento del feminista o del LGBTQI. Cada vez que alguien hace algo para significar o normalizar uno de estos temas, alguien en alguna parte salta que «no hacía falta», casi siempre desde la mentira de «yo no soy machista/homófobo», pero ven mal el triunfo del feminismo o de la igualdad de trato. Es simple, sí son machistas u homófobos y ese hecho lo sienten como un ataque –y lo es a sus privilegios, en el caso de los varones machistas heterosexuales–. Pero vayamos a la mentada frase: «no hacía falta» o «no era necesario».

En la historieta que desarrollaba la historia de un videojuego muy conocido, descubrimos que una de las protagonistas más queridas era lesbiana; no era una historia de «salida del armario», simplemente se veía a la chica celebrando con su pareja, nada más. La homofobia de los comentarios ante tal revelación, que en nada cambian un ápice ni la historia ni al personaje –como el resto de datos triviales expuestos, como gustos sobre tal o cual, relaciones de parentesco, y de los que nadie se quejó con el «no hacía falta saber…»–, dan para muchos pero muchos artículos. Los más groseros acusaban a la compañía de videojuegos de haberles engañado, haciendo que se encariñaran de un personaje para luego descubrirlo como homosexual, pues perseguían una «agenda gay oculta» –en ningún lado se decía que dicho personaje era heterosexual o asexual o… lo que sea–; estos mismos llamaban al boicot al videojuego y a la compañía, siempre, eso sí, manteniendo que no eran homófobos. Estas reacciones las podemos encontrar a lo largo y ancho de todo el globo, no solo en los países usualmente señalados como retrógrados, conservadores, machistas u homófobos.

Teniendo en cuenta los comentarios, a mí me queda claro que un gesto tan simple como mostrar una situación normal en una pareja homosexual hacía falta. Porque aún esas escenas no son normales; porque aún hay gente que se queja cuando un personaje es homosexual, como si fuera un ataque para sí mismo. Porque aún es una situación no normalizada. –Hace no mucho leí un genial artículo cuyo planteamiento era algo así como «si tienes problemas con los personajes homosexuales, el problema eres tú, no los personajes», pero no lo encuentro… cuando pueda lo enlazo–.

En Estados Unidos ha entrado un presidente absolutamente homófobo y machista; en la mayoría de países, los presidentes responden a estas dos características sin ningún problema, aunque el mandatario pertenezca a movimientos más igualitarios –digamos «de izquierdas»– o incluso se considere feminista o hable de feminismo o de protección de los derechos de las minorías LGBTQI –qué lejos están las palabras de los hechos–. Así que, ante esa realidad, claro que hace falta cualquier elemento que nos permita visibilizar la problemática del machismo y la homofobia, o, por otro lado, cuando se muestran situaciones feministas y de tolerancia desde la absoluta normalidad –como hace la historieta del videojuego; como lo hacen muchos cuentos feministas–.

Últimamente se leen muchos artículos que intentan discriminar la paja del trigo en cuanto a los feminismos, así pues, habría un feminismo «bueno» –el de «antes», el de los «votos»– que cumplió su función y aún tiene un par de reductos donde trabajar y un feminismo «radical», «revanchista», que es «malo», como decía un ilustre escritor, un feminismo que no le sirve a sus hijas –¿y eso?–; quienes hacen esta distinción o no saben de historia o no entienden un pimiento o, en realidad, lo que hacen es proteger los privilegios propios del machismo tal vez en una situación de «machismo con rostro humano» –haciendo una analogía con ese «capitalismo de rostro humano» que nos quieren vender como positivo, que simplemente es atar en corto algunos de los peores efectos del capitalismo–, así habría «mujeres como las de antes» exigiendo una «igualdad razonable» o algo así… Les recomiendo leer a Barbijaputa, artículos como «¿Eres feminista o revanchista?» son muy ilustrativos; de los comentarios también se deduce que «hace falta» toda la pedagogía en ese tipo de artículos, la denuncia descarnada también.

En un suceso reciente, un hombre mató a su hijo para hacerle daño a su mujer –o expareja, ya no estoy seguro– a la par que se suicidaba –se lanzó por la ventana del hospital con el bebé en brazos–, unos cuantos medios hablaron de «violencia machista»; esos medios se llenaron de comentarios pidiendo una rectificación en tanto que la muerte era el bebé y el padre y no la mujer, sin darse cuenta de que la causa era «hacer daño a la mujer» –declarada por él, por lo visto–; en esos comentarios también podía leerse reproches del tipo «cuando una mujer mata a sus hijos, lo más habitual, nunca ponen «violencia feminista»» como parte de la queja de llamar «violencia machista» a ese hecho. Descontando la muerte del bebé, lo peor, tal vez, vino de otros medios, que prefirieron tildar de «tragedia» el suceso, hacer perfiles de la pareja, de lo que pasaban los dos y tal, no era posible encontrar en ese medio una denuncia expresa de la muerte –no, por favor, no se excusen en la «objetividad del periodismo», que sabemos como esos medios titulan cuando un terrorista se inmola y mata a una o varias personas–, incluso en alguno se podía leer entre líneas que la culpa la tenía ella, que le provocó el enfado. Nos ha fastidiado mayo con las flores.

En otro suceso terrible, donde un hombre mata a golpes a un niño en Estados Unidos, los medios pusieron fotografías de la madre y titularon cosas como «Permite que su pareja agreda a su hijo hasta la muerte por robar un trozo de tarta», porque la mala siempre es ella, por permitir que le golpeen o que peguen a otro. Un titular imposible si fuera al revés, porque ahí tendríamos clarísimo que quien tiene la culpa es quien agrede, quien mata. No es una anécdota, es la tónica habitual; así pues, cuando hablamos de violencia sexual contra los hijos –propios o de la pareja–, no pocas veces se mira hacia la mujer –normalmente también víctima de ese abusador, algo que se obvia–, se la tacha lo menos que de cómplice y se cargan todas las culpas a ella, por no proteger a su hijo o hija de ese monstruo de hombre.

Ante esos comentarios, ante esa orientación de muchos medios de noticias, queda claro que «hace falta» más feminismo en todos los medios de comunicación y que cualquier acto reivindicativo y de visibilización es justo y necesario, no algo redundante por sabido.

Mientras nos sorprendemos –y no sé bien por qué– de la medida despenalizadora en Rusia –un país con una tasa de feminicidios bastante alta–, donde básicamente se manda a los «delitos privados» toda la violencia de género y machista, donde la primera vez que una agresión machista sea condenable directamente sale gratis –digamos que solo se condenará a quien violente muchas veces, una es para hacer un «pelillos a la mar»–, tenemos que el cuerpo de la mujer sigue siendo vestido por los prejuicios masculinos, en los grandes medios el pezón femenino sigue estando vetado, y no lo digo solo por la veraneante argentina –creo que era– a la que le exigían que se cubriera el pecho –mientras, evidentemente, los varones pueden lucir el suyo–, sino que en las mal llamadas redes sociales las fotografías en que se muestre un pezón femenino son inmediatamente censuradas por dichosos bots que reproducen las reglas heteropatriarcales de nuestras sociedades.

Siguen criminalizando a las víctimas de acoso sexual –como esas mujeres que muestran el pecho y son inmediatamente toqueteadas, como si el descubrirse fuera una invitación a la violencia sexual, ¡cuántos jueces y policías, periodistas y opinólogos, dudan de la inocencia de esa mujer víctima, se le acusa de buscar la violación al andar con minifalda o «sola»–, siguen cerrando los ojos, cuando no aplaudiendo, toda medida represiva contra la mujer, ¡incluso lo argumentan en favor de su liberación! Así que quieren prohibir determinadas prendas femeninas, total, si ya dicen y norman cómo debe vestir la mujer, ¿por qué nos extrañaríamos de que algunas ropas quedaran inmediatamente descartadas del vestuario permitido en público?

Hace falta más educación en igualdad de género. Y hablo de educación. No puede ser que la inclusión en primaria de un tema como la igualdad cause el revuelo y la lucha en la calle como está ocurriendo en Perú –en Útero.pe han hecho un gran seguimiento del tema, pueden acceder a muchas notas desde la búsqueda del lema del grupo homófobo, #conmishijosnotemetas–, donde una serie de padres se quejan de que a sus niños les enseñen o quieran enseñar que ser machistas y homófobos no está bien –señores, eso es lo que se les quiere enseñar–; se resisten con un argumento que, de base, no es de recibo –el derecho inalienable de los padres a maleducar a sus hijos–, además de otros mil que no resisten al mínimo de evidencia científica –en El Mostrador hicieron un recopilatorio de estudios que, por lo demás, son bastante machistas también, ¿qué significa eso de «más femenino» y por qué celebramos que los hijos de las parejas homosexuales repitan los malos roles de los hijos de las parejas heterosexuales?, pero, bueno, en el fondo transmiten la normalidad del funcionamiento de esas parejas dentro de nuestro sistema–.

Junto con esa educación, junto con los cambios y las reivindicaciones en todas las esferas –desde las calles hasta todo lo demás–, hace falta todo gesto en favor de la igualdad que se haga.

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