Matando al mensajero

«Martha Hildebrandt critica a la prensa por contar escándalos de congresistas», titula El Comercio. Básicamente, la inefable congresista se queja de que la prensa airee toda la basura de los congresistas y apunta a una conspiración (tal vez de los narcotraficantes, ¿como aquella congresista tal vez?) que desea demoler el «Estado» y el «aparato público». Ahí es nada. Y lo dice una fujimorista, que ellos de usar los medios como arma (con dinero del Estado si se puede) y de demoler el Parlamento (con los tanques lo hicieron, y luego el resto es historia) saben mucho. No lo vamos a negar.

Y esa noticia, en El Comercio, la publican dos horas después de otra que reza, en el titular: «Otra en el Congreso: acusan a nacionalista de apropiarse de terreno para su casa», y unos veinte días después de que Jorge Saldaña y Alberto Villar hicieran un recorrido por los 23 casos de «inconducta», recordaran los nueve suspendidos y que tres ya tienen juicios.

¿Existe un ánimo de desacreditar al Congreso o los congresistas se encargan de llenar de basura y morbo nuestra política patria? Las dos cosas. Está claro que los escándalos venden (y así las noticias buenas son la excepción, no solo porque escaseen, sino porque los medios prefieren recrearse en cómo un congresista mató un perro), y eso no ayuda al Congreso, está claro que ciertos poderes se quieren cargar al legislativo (y este los ayuda para colmo).

Pero también, y sobre todo, sabemos que todos esos hechos negativos que ensombrecen la cámara de nuestros representantes son reales, no montajes (no esos que tanto gustaba de fabricar el fujimorismo, que ahora habla por la boca de personas como Martha Hildebrandt, tan culta ella, y de tan poco le sirve), y lo que es peor, los congresistas se defienden mucho entre ellos, y reaccionan de la peor forma posible (como ahora hace la congresista Hildebrandt), como pasó con el tema de la transparencia en los gastos, que en vez de buscar aclarar las cosas se concedieron un bono libre de control posible. El problema son los congresistas, no la prensa que publica las faenas en que ellos solito se meten, esos mismos que no pueden dimitir, ellos que modifican el Reglamento del Congreso para que los condenados, si no es a prisión efectiva, no sean echados del Congreso.

Y ahora Hildebrandt quiere cargarse al mensajero de la podredumbre del Congreso. Lo que es peor, en su eterno e inexplicable clasismo, ve el problema en la falta de educación de los congresistas, y que se presenten poniendo plata para que los partidos les den cobijo, y lo dice ella, del fujimorismo, que pagaba a congresistas (cohecho que se llama, y es un delito, bien lo sabe ahora Fujimori) para que cambiaran de partido una vez elegidos. Habla de la necesaria educación, pues bien, tanto Montesinos como Fujimori son personas sobradamente educadas, uno fue rector de una gran universidad y el otro un abogado reconocido (aunque no necesariamente por buen jurista, sea dicho).

¿De qué vale la educación si se es un canalla que trabaja para sus propios y egoístas intereses? ¿De qué vale que los partidos pongan filtros y no acepten plata de posibles candidatos si luego el elegido se pone a la venta del presidente de turno? ¿De qué vale que el presidente sea doctor si protege a los corruptos y es un corruptor? Hemos tenido congresos lleno de gente culta, pero más mala que la lepra, hemos tenido presidentes más listos que el hambre, que solo hicieron sufrir al pueblo.

Eso sí, ellos, los congresistas, siguen aprobando trabas y dificultades para que las personas puedan ser sujeto pasivo en las elecciones, esto es, que se presenten, así dificultan el acceso al parlamento pero favorecen a que quienes estén interesados y se lo puedan, económicamente hablando, permitir, paguen a un partido mediano para tener las puertas abiertas a una lista con posibilidades de salir electa.

Prefiero mil veces un congreso lleno de analfabetos actuando de buena fe que de gente que defiende criminales como los fujimoristas o apristas con sus respectivos líderes, o que directamente lo son, independientemente de lo bien que los muy condenables escriban y sepan más que cualquier genio moderno.

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