Isabel.

Veo la laptop sobre la cama, está ahí, quietecita, como cuando la dejé hace un buen rato. La buena laptop, con su kubuntu bien instalada, a la primera oiga, sin demasiados problemas. En la pantalla se ve el editor de textos prendido, muerto de asco ensuciado por muchas palabras sin más sentido que el existir en un relato.
Pero no, no quiero ver la cama, o mejor, la computadora. Estoy adorando un pesado cacharro, todo de metal, que ha llegado a mis manos hoy día. Es una máquina de escribir de las de toda la vida. Es lo que tienen las herencias, perdón, legados, uno recibe los recuerdos hechos objeto por parte de una persona a la que, se supone, querías. En este caso, una máquina de escribir aún funcional (con todas las teclas y partes) y con el carrete de cinta listo para perpetrar, en una hoja, todos los garabatos mentales que pintamos con nuestro alfabeto.

A veces no tenemos mejor forma para pasar el tiempo, o que el tiempo nos pase, destruyendo un árbol y construyendo un cuento. Todo tiene un precio, parece ser.

Maravillado veía la máquina, esperando ante ella como cuando nos ponemos frente a esos viejos juguetes de metal, a los que tras darles cuerda un rato, y esperando que nada cruja, comienzan a moverse. Pero la máquina no va a cuerda, va a golpes. Y sólo se mueve como tú le dices.

¿Qué habrá sido lo último escrito en ella? No tardo en montar mentalmente todo tipo de historias, todo tipo de confesiones que esa persona ya fallecida pudo contar en su último toqueteo con la máquina, cuando decidió a, qué se yo, contar el mayor de sus secretos sin que su puño y letra se vieran involucrados.

Cada máquina es una firma en sí misma, no todas escriben igual, y mientras más escribes en ella más personalidad adquiere, la E se torcerá un poco a la izquierda, y la O que tanto se pega con la P decidirá que su espacio es un par de milímetros más cerca a la U. Una máquina de escribir representa el puño y letra impersonal y necesario para muchas de las cosas que nuestra muñeca se negaría a dibujar sobre un papel. Una Máquina es una personalidad agregada a la nuestra. ¿Cómo se puede heredar algo así? ¿Comenzaré a escribir en el mismo tono y sobre lo mismo que habló la persona ya fallecida en ese último uso?

Lo primero que una vieja máquina nos dice, cuando posamos nuestras manos sobre ella, es su nombre. Puede gustar o no gustar, eso le es indiferente, como marca ya su personalidad, ella, la máquina, decide lo que imprime en el papel. Su nombre es Isabel. Nombre aristocrático donde los haya, reinas y emperatrices han mancillado un nombre que, a bote pronto, me hace recordar a una Católica, una derrocada por la Gloriosa, una que aún gobierna unas islas, y me suena, de paso, otra con acento inglés y una que hablaba ruso.

Regresemos al relato, que me voy por las ramas, y al final nunca termino de contar las historias que jamás debí comenzar. Es un problema, la hoja en blanco reclama ser llenada y no hago más que ensuciarla…

Cogí la Máquina (aún no sabía su nombre) y limpié un poco el escritorio (eufemismo para referirme al acto de pasar todo lo que está en un sitio a “encima de la cama”), totalmente lleno de periódicos, carpetas de apuntes varios, y libros que a saber desde cuando esperan su turno para ser ordenados en una estantería que hace tiempo se quedó chica y donde la doble fila no se castiga con multa sino que se concibe como un premio a la perseverancia.

Puse la máquina en el centro del escritorio que, ahora sin tanta cosa encima, parece grande, y del paquete de 500 hojas retiré una blanca, bien blanquita la condenada, muerta de miedo por cómo la mancillaría, puesto que temblaba a toda pastilla… ¿O sería el viento que corría por la habitación? Metí la hoja y me quedé frente a la máquina, con los dedos listos para pulsar las duras teclas (siempre son duras en una Máquina).

Un flash back de esos me golpeó en la cabeza. Años atrás aprendí mecanografía en una máquina como esa, era frustrante ver cómo tus dedos meñiques se empeñaban en hacer su parte del trabajo y no conseguían levantar ni un poco los dichosos fierritos que debían atacar la hoja para marcar una letra. Como el macho pequeño de la manada que intenta seguir al grupo mientras huye de una no tan imaginaria amenaza, uno sigue intentando casi infatigablemente estar a la altura de lo esperado, pero no, las letras pulsadas con los meñiques no aparecían por ningún lado. Esto me había marcado, lo sabía, lo sé, y lo sabré. No uso los meñiques siquiera en el ordenador de marras, que sólo con mirar una tecla ya ha quedado la hoja ficticia con un carácter sobre ella.

Así pues, por mi mente comienzan a pasar los primeros momentos con una máquina al frente, esos en que uno lucha contra la imaginación, para saber qué poner, contra la máquina, para dominar todos los truquitos y tiempos de pulsación (sin que se atasque) y contra la hoja en blanco, que antes con menos (a mano) la llenabas más rápido. Una lucha que da personalidad tanto al que escribe como a lo escrito, donde se mezclan las vidas del autor y de la máquina que ayuda a la existencia, como herramienta necesaria, del escrito impreso.

Recuerdo pues el rodillo, o como se llame, que tan sufridor es. Todas las partes de una Máquina tienden a sufrir lo suyo, las teclas son brutalmente golpeadas, cuya venganza poética es gritar órdenes inmediatamente cumplidas por los fierros con las letras (¿tendrán algún nombre específico? Seguro que sí) los cuales desatan su ira sobre el blanco papel, cubierto por una cinta que, recibiendo un golpe lo traslada a la hoja. Al final del proceso, al rodillo sólo le queda aguantar todos los golpes de las teclas, es un trozo pequeño de materia que tiene el total de lo escrito por todas las personas que han tocado la máquina ¡¡es la memoria caótica de la Máquina!! Me gustaría saber leer entre las líneas del golpeado rodillo, que tan bien soporta la hoja, para saber toda la historia de vida de todos los que han puesto su grano de arena en esa máquina.

Ensoñaciones que quito de mi cabeza, seguía sin escribir nada en el ya colocado papel. Nervios.

Tic tac tac tac tac tac.

Isabel.

¿Pero qué rayos…? Su nombre. Ya me ha contado su nombre (eso o estoy pensando en alguien que no conozco), ahora es cuando podré, pensé en ese momento, escribir lo que me dé la gana, como quiera y para lo que quiera. La hoja no avanzaba, por tanto, nada escribía.

Moví todo, puse la hoja a la mitad y reduje los márgenes, sólo entrarían un par de palabras, así, escribiría un pequeño párrafo en el centro de la página, que llenaría por completo el vacío en blanco. ¿Qué podía poner? Nada lógico, nada que no sonase a nostálgico, nada que no pareciera un grito desesperado por decir otro nombre, pero esta vez de alguien que sí conozco.

Al final, fui capaz de escribir esas líneas para romper el hielo con la hoja, qué mejor que recordar a la persona ex poseedora del aparato mágico que imprime páginas según se lo voy diciendo. Nada más importante o profundo de lo que pudo ser su propia esquela. Sólo era un acercamiento con Isabel, un “sé quien te poseía, soy quien te quiere poseer ¿me dejas?” y que ella aprobara esta nueva relación.

Comenzaron a pasar incontables hojas por la máquina, estaba poseso total, no podía controlar ni lo que escribía ni las razones por las que lo hacía, todo fluía para afuera, me desahogaba como si hablase con un amigo, pero no de cosas mundanas, ni existencialistas, realmente no eran nada, no, esperen, no sé lo que eran, no leía lo que escribía, todo terminaba regado por el escritorio, por el suelo, sobre la cama, en cada uno de los rincones de mi memoria…

Terminé exhausto del derroche de energía, con los dedos adoloridos. Pero valió la pena, pude volver a un tiempo distinto, a sensaciones olvidadas. No hay color. Tanto tiempo toqueteando los débiles teclados de distintos ordenadores, para volver a disfrutar de la experiencia de una máquina de escribir. Es como, después de mucho tiempo usando rotuladores, volver al pincel, después de mucho tiempo con los lapiceros, volver a la pluma, después de mucho tiempo con los lápices, retomar el carboncillo.

Me levanté del escritorio lentamente, la idea de “no he comido” rondaba mi cabeza y gritaba en mi estómago, ya necesitaba una experiencia carnal del engullir alimentos, tal vez luego escribiría sobre eso ¿por qué no? ¡¡Ya nada me pararía!! Tenía una máquina de escribir que cumplía totalmente su función, el suelo daba fe de ello.

Después de comer recibí una extraña llamada, un error decían, el legado no me correspondía a mí, el bien otorgado no era la máquina de escribir, me quitarían a Isabel y recibiría un insípido e inútil maletín lleno de algo que no me interesaba, muy bueno me dijeron, el muy jijuna no sabía lo que me quitaba. ¿Qué se habrá creído? ¿Por qué rayos quien se había ido no me había dejado la máquina a mí? ¿Quién podría apreciarla mejor que yo? No es lógico. Isabel me había aceptado, y yo disfrutaba de nuestra relación.

Decidí que era el momento de fugarse, de hacer borrón y cuenta nueva. Recogí apresuradamente los papeles del suelo, de todos lados, los ordené como pude. Vacié, casi corriendo y sin saber bien lo que hacía, y que me aspen si sé lo que hice, unas carpetas y las llené de las páginas que Isabel quiso escribir. Dudé frente a la laptop, “¿me la llevo?” pensé unos momentos. Pero no podía dejar la otra posesión más preciada que tenía (y tengo), y donde está toda una vida. Al final metí el aparato portátil en la maleta, junto con un par de mudas e, Isabel en mano, salí corriendo del apartamento, sin volver la vista, huyendo por completo de una realidad absurda que reclamaba tener una máquina que había decidido quedarse conmigo.

Ya en la calle, lejos del apartamento recientemente abandonado, me di cuenta que no saqué el fajo de hojas blancas ¿Qué podía hacer sin ellas? No era nadie. Sin caer en el pánico, que poco a poco entraba en mi ser, me apuré en entrar a la copistería más cercana y pedir un paquete de 500 hojas, no vamos a negar la extrañeza de la joven dependienta, al verme cogiendo una máquina de escribir entre los brazos, vestido con el buzo de la pijama y una maleta arrastrada. Obviamente, me dio el paquete.

Ya al día siguiente de mi nuevo comienzo, de esa vida que me labraría al lado de Isabel, decidí que eso de dormir en los parques no era tan cómodo como parecía cuando me moría de sueño y no tenía donde sentar la cabeza, en la rotura de la vida anterior, aquella que me despojaría de Isabel, las tarjetas terminaron partida y las monedas que me quedaban no pagarían ni un mal albergue.

Ahora estoy sentado en la plaza mayor en una ciudad cuyo nombre espero no recordar, en el centro mismo de la plaza, escribo lo que puedo, me gano la vida así, los transeúntes pagan por un escrito salido de Isabel sólo para ellos, en un mundo donde todo es masivo, donde las letras son repetidas sin cesar en millones de potenciales pantallas o escritorios, ellos quieren un retazo de escrito personal, sólo para sus ojos, sólo para sus queridos. Eso es algo que una pluma da, pero con un compromiso demasiado alto, eso es lo que una máquina de escribir, a día de hoy, nos puede brindar, una marca personal en un texto con cierta coherencia.

Isabel conmigo está. Por una vez, soy feliz.

Elecciones Peruanas: ¿Y si fuéramos un país parlamentarista?

Me gustan mucho los "¿Y si…?", y, como los números te permiten jugar todo lo que quieras, plantear los "¿Y si…?" se vuelve fácil, son tramposos, no son reales, porque parten de analizar una realidad dada por unas circunstancias de una forma distinta a la que la provocó, por tanto, el resultado final será distinto que el real si se planteara dicha situación. El presente artículo analiza el congreso si Perú fuera un sistema Parlamentarista (en vez de presidencialista) usando los resultados de las actuales elecciones presidenciales (cuando tengamos los votos totales en todo el país de todos los partidos lo haré con ellos también; vamos, no tenía ganas de sumar todos los votos en todos los distritos).
Introducción

Esto da dos problemas de base, primero, que en Perú se vota distinto para presidente que para el Congreso, y esto lo vemos en el distinto apoyo que han tenido las candidaturas centrales a la presidencia con los votos que su agrupación obtiene al Congreso.

Debemos sumarle, como segundo problema, que NO todos los partidos presentan candidatos presidenciales, así que sin querer queriendo, excluimos a los votantes de estos partidos (que más o menos deben ser el 4% de la población, teniendo en cuenta que el más grande de los presentados para el Congreso y no para presidente es Perú Posible, que ahora lucha por saltar la valla). Y claro, debemos pensar que en las presidenciales el voto en contra de otros es MUY importante, esto es, mucha gente (muchísima) no vota por el candidato que quiere sino por el menos malo.

¿Y si Perú fuera un distrito único para el Congreso, siendo un sistema presidencialista?

La distribución de los 120 escaños sería algo así:

  1. UPP: 39 de 120 (32.5%)
  2. APRA: 30 de 120 (25%)
  3. UN: 30 de 120 (25%)
  4. AF2006: 9 de 120 (7.5%)
  5. FdC: 7 de 120 (5.83333%)
  6. RN: 5 de 120 (4.16667%)

No he aplicado vallas ni nada de eso, no era necesario para evitar los "minipartidos", puesto que el séptimo partido, Concentración Descentralista, saca un  0.623% de los votos válidos, lo que no alcanza ni para comprar pan.

Como vemos, el Congreso estaría dividido de forma clara en tres grandes partidos, y otros tres pequeños con las llaves de la gobernabilidad. Las minorías son demasiado bajas para que cualquiera de ellos se plantee gobernar en Minoría. La mayoría absoluta, que se encuentra en los 61 escaños, no puede conseguirse sin el apoyo de "otro grande", puesto que los tres partidos pequeños suman 21 escaños, faltándole a UPP 22 escaños (justito justito, lo sé).

Así pues, el APRA, que nunca ha hecho ascos para aliarse con la Derecha (o contra ella, en realidad, el APRA a lo que no le hace ascos es a quedarse con el Poder, así que se aliarías hasta con su peor enemigo para quedárselo -jojo, el estigma de la alianza con los odriístas les perseguirá hasta la tumba- ), podría formar parte de un bloque "Frente de Centro – Unidad Nacional – Apra", con el que sumarían 67 escaños largos, más que suficientes para gobernar sin problemas y esperando, incluso, que alguno se quede dormido y no vaya a votar alguna ley importante para el Gobierno.

¿Quién sería el presidente escogido por una Colación así? Depende del criterio que sigan, seguramente Lourdes en virtud al mayor peso de la Derecha en la coalición. O Alan si atienden a los votos totales recibidos. Lo más seguro es que se repartan de forma paritaria el poder, y dejen "las sobras" a Valentín y su gente (¿Le veríamos de Ministro del Interior? ¿Se ganaría un puesto en el Ministerio de Justicia? ¿Portavoz del gobierno? Jaja). Como curiosidad, el congresista número 121 sería un aprista.

¿Por qué no creo en una coalición UPP – APRA? Por el tipo de campaña que ha hecho el APRA, y porque, al tener UPP 9 parlamentarios más, juega con ventaja sobre el APRA, lo cual le dejaría en segunda línea en un gobierno, sin demasiado poder negociador, en cambio, con UN y FdC, puede negociar "de igual a igual", aprovechando la paridad de parlamentarios con UN y la moderación de FdC, que es el que menos tiene que perder o ganar en todo este asunto.

¿Y si hacemos lo mismo pero contando los votos en Blanco?

Ahora, tendemos a olvidar a los votos en Blanco, lo anterior está hecho sólo con los votos "válidamente emitidos", en donde se excluyen los votos en blanco, que, al no ser nulos, debiéramos considerarlos válidos. No, no me he vuelto loco. Asignaríamos escaños a los votos en blanco, que en Perú son la friolera cantidad de 1 592 569 (casi el doble que los conseguidos por Martha Chávez). Obviamente, nadie juraría los cargos "en blanco", pero daría un nuevo juego al congreso, puesto que una serie de escaños siempre estarán "ausentes", dificultando en todo caso las elecciones en que las mayorías cualificadas (desde la absoluta hasta el resto de las "grandes") sean necesarias.

Reparto final de Escaños:

  1. UPP: 34 de 120 (28.3333%)
  2. APRA: 27 de 120 (22.5%)
  3. UN: 26 de 120 (21.6667%)
  4. Votos Blancos: 15 de 120 (12.5%)
  5. AF2006: 8 de 120 (6.66667%)
  6. FdC: 6 de 120 (5%)
  7. RN: 4 de 120 (3.33333%)

Como vemos, 15 escaños del congreso quedarían vacíos, UPP y los partidos "pequeños" sumarían 52 escaños, y la alianza antes planteada a tres bandas sólo conseguiría 59, con lo que podrían gobernar en minoría (o mayor minoría) pero no tendrían la mayoría absoluta, volviéndose imprescindible el apoyo o de RN o de AF (para todo aquello que necesita mayoría absoluta). Un gobierno con una minoría fuerte (59 escaños) sí es viable si la otra parte no tiene capacidad de formar una minoría mayor, y como vemos, UPP junto con los otros partidos que no formaran parte del gobierno sólo tendrían 46 votos, insuficiente para echar al traste al gobierno existente.

Acá sí veo que el APRA podría ser la cabeza de este teórico gobierno, sin demasiado problema, puesto que tiene un escaño más que UN, y volvemos de nuevo a las capacidades negociadoras del disminuido FdC.

Por no decir que 15 escaños "no ocupables" darían una verdadera lección de humildad a nuestros partidos políticos, para que se esfuercen de verdad en conseguir los votos de los ciudadanos y no se aprovechen de la doble situación que en Perú les da más poder que el que deseamos, o sea, el millón y medio de votos en blanco que no valen para nada porque no se tienen como válidos, y la obligatoriedad del voto.

Pero todo esto no son más que ensoñaciones, y tramposas además. Pero es entretenido jugar con distintas posibles realidades políticas partiendo de resultados electorales.

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