La rendición de Rodríguez Zapatero

El gobierno tapa sus vergüenzas en uno de los peores debates del Estado de la Nación de los últimos años. Es normal, es difícil defender una cosa, la contraria, el guiño a la derecha y a la izquierda a la vez, es difícil decir que se gobierna para los más necesitados mientras se les exige pagar favores para alegrar a quienes causaron, básicamente, la crisis, es difícil decir que se es de izquierda cuando se gobierna solo con la derecha, es difícil aceptar que los principales programas sociales (mal hechos desde el inicio) se cortaron por un tema meramente económico, como es difícil mantener las misiones de Libia y Afganistán con un discurso que permitió sacarlas de Iraq, es difícil explicar por qué se está al lado del gobierno marroquí y no del pueblo saharaui… Eso ni lo tocó, al menos no en las intervenciones que vi. En todo caso, Rodríguez Zapatero nos ha descubierto un nuevo principio: «Principio de realidad», que es de «sentido común».

Lo peor de la Tercera Vía, para el reformismo socialdemócrata, fue el abrazar de forma tan acrítica algunos postulados sobre el capitalismo, sobre el mercado, que hasta ese momento incluso ellos habían rechazado, así de repente el Estado ya no tenía protagonismo alguno, debía ser un buen árbitro y jugar a dar «condiciones», bajar impuestos y demás, la izquierda dejaba de ser izquierda para abrazar, en efecto, los postulados económicos de la derecha. Esa Tercera Vía tan fracasada (el electorado prefiere el «original», así los colegas alemanes y británicos que defendían la Tercera Vía y gobernaban sus países ahora son oposición) ha encontrado en Rodríguez Zapatero su nuevo valedor al aceptar el pensamiento único impulsado desde la Derecha. Así, con mayúscula.

Rodríguez Zapatero finalmente defiende las medidas que ha tomado desde tres puntos de vista: a) Son las consensuadas con los socios europeos (eufemismo para las «obligadas por los gobiernos derechistas de Francia y Alemania»); b) Son las que toman también nuestros vecinos (que no son precisamente izquierdistas, y los que lo eran están mucho más obligados que España, como Grecia o Portugal, poderoso caballero es don Dinero, y esto nos lleva a la A); y c) No hay otra alternativa. Y ahí tenemos tres peligros: Son medidas propuestas e impulsadas por la derecha económica, la izquierda no puede aceptarlas así de fácil solo para mantener su poder, y, lo que es peor, no puede aceptar la falta de alternativa.

Por pura definición lo que solemos llamar «sentido común» no existe, esto es, no deja de ser «lo que nosotros creemos que haría la generalidad», y en realidad sabemos que tenemos una serie de sesgos perceptivos que nos impiden conocer qué haría la generalidad, o incluso, podemos negar totalmente el valor a la actuación de la generalidad, así que por un lado normalmente lo que creemos que es «de sentido común» no lo es (nuestra creencia no es tan compartida como pensamos, cosas de la psicología) y, por otro, que algo efectivamente lo crea la generalidad (o así actúe) no significa que sea «correcto», con lo que el «sentido común», o por un lado o por el otro, no sirve para decidir si una medida es correcta o incorrecta, de izquierdas o de derechas, represiva o permisiva, etcétera. Cuando nos hablan de «sentido común» lo que quieren es que aceptemos algo que de otra forma no lo haríamos, que se imponga una incomprobada lógica de las mayorías y nos sintamos presionados para aceptar tal o cual medida o decisión porque es la que tomaría «cualquier persona con sentido común», es, entonces, un insulto a nuestra inteligencia.

Este «Principio de Realidad» me recuerda a cuando se dice que alguien que en su juventud no fue izquierdista es que no tuvo corazón, pero que si en su vejez sigue siéndolo es que no tiene cabeza, así se dibuja una realidad sin alternativas, donde cuando las cosas están mal hay que aplicar la ortodoxia de los guardianes de la ideología de los mercados, sin percatarnos que esa ortodoxia son las aguas del pasado que causan los lodos del presente. Así vemos a esos directivos de bancos que tuvieron que pedir miles de millones para que sus bestias no cayeran dar recomendaciones de gestión a los estados que las salvaron… ¡y les hacemos caso por «sentido común»!

Me gustó mucho el texto de Juan Carlos Escudier en Público, copio un par de párrafos:

«El principio de realidad es un misil en la línea de flotación de las ideologías. Pulveriza otro principio, el de la izquierda transformadora, y limita la acción política a la mecánica burocrática de un jefe de negociado. Si desde la política no se puede cambiar la realidad sino someterse a ella, ¿para qué sirve? ¿No sería mejor elegir a un tecnócrata con buenas calificaciones en Harvard?

Según Zapatero, este principio trasciende a la izquierda y a la derecha. “Es sentido común”, dijo. De acuerdo a esto, no hay alternativa posible. Se jactó el presidente de haber repartido equitativamente los costes de la crisis mientras explicaba que con la subida de impuestos a los ricos haya que tener tiento, no vaya a ser que hagan un hatillo con su pasta y tomen las de Villadiego. (…)

Lo que se oculta bajo ese principio de realidad es la incapacidad de respuesta de muchos de los que se proclaman de izquierdas. Es una rendición. La derecha y la izquierda no son caminos que conducen por vericuetos distintos a un mismo destino. Su meta y sus intereses son contrapuestos, como lo son los de los ricos y los pobres, o los de los asalariados y los rentistas. El discurso único conduce a un lugar al que la mayoría no quiere ir.»

En realidad no estoy de acuerdo con lo último, está visto que la mayoría sí quieren ir a ese sitio, o cerca de la mayoría, los partidos más votados son de derechas o partidos que a la postre toman las mismas medidas y las justifican (las últimas elecciones fueron «más de lo mismo»). Y si realmente no quieren ese camino, ¡qué bien disimulan! Lo que se deben reír cuando echan la papeleta con el PSOE, CiU, PP, CC, PNV y demás…

A lo que íbamos, el que se justifique de la forma que se hace el cambiar todo el plan de gobierno (porque eso pasó, por más que RZ diga que no) para aplicar una ortodoxia liberal extraña donde se socializan las pérdidas privadas de grandes compañías y privatiza todo lo demás, cuando no importa el gobierno que se tenga quien manda es «el mercado», cuando el capitalismo demuestra que tiene más fuerza que cualquier jefe de gobierno, lo que se está haciendo es rendirse no a la realidad sino a unos intereses económicos, a los intereses de unos muy pocos que hacen y deshacen como les da la real gana, que te hunden y te rescatan poniendo las reglas para el mismo, en otras palabras, que te manejan.

Se puede aceptar que uno esté así: «Lo siento, el gobierno no es lo suficientemente fuerte ni independiente para hacer frente a los mercados en solitario, o nos bajamos los pantalones o nos violan», al menos hubiese sido, RZ, sincero diciendo algo así, pero no, prefirió mentirnos: «Es mejor bajarse los pantalones, hay que ser realistas, a nuestro vecino le gustó y todo, ¡es de sentido común bajárselos!». El problema es que la postura tomada por RZ desecha toda credibilidad sobre su partido y sobre él, al final acepta el pensamiento único, acepta que no hay otra alternativa, acepta su papel subalterno a los intereses de unos pocos, y vende a sus votantes, actuales y futuros.

Lo que hacen los gobiernos europeos no es «responsabilidad» es «cobardía». Sobre todo cuando esos gobiernos se designan a sí mismos como de izquierda.

Excurso: No sé cómo lo hace Rajoy para perder debates que los tenía ganados de inicio, como siempre mejor otros portavoces de la oposición que el «líder» de la misma. Y no señor Rajoy, en sus 72 enmiendas (o por ahí) sobre la reforma laboral no había grandes cambios o un proyecto distinto a las propuestas del gobierno, o eran un paso más en la desregulación o eran simplemente «mejoras técnicas». La cantidad que con orgullo expone no era exactamente calidad. Y algunas de las ideas que ahí propuso nos las han metido en la reforma de la Negociación Colectiva, por cierto.

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