El debate de la crisis (II de II)

[Para leer la primera parte, dé click acá: «El debate de la crisis (I de II)»]

¿Y la izquierda no-capitalista?
Aceptemos entonces que los socialdemócratas, desde hace demasiado, son una «izquierda capitalista» (y lo de «izquierda» lo mantengo más por respeto a su propia historia que por otra cosa, salvando además a los socialdemócratas que no se han sumado a la «tercera vía»), entraron en el mismo debate que las derechas capitalistas y lo que han hecho es sumar esfuerzos con los keynesianos, consiguiendo pequeños triunfos en los foros internacionales donde los poderosos deciden cómo resolver los problemas de los más poderosos, siempre con grandes cesiones a la contraparte (así pues, el Estado interviene de forma clara, pero sin controlar a los agentes privados intervenidos, lo vemos en los bancos y en casi todos los sectores «ayudados»; el Estado, eso sí, se reserva la potestad de más programas sociales pero con partidas presupuestarias brutalmente más pequeñas que las orientadas a los grandes agentes económicos empresariales, etc.), con ello, el mensaje «distinto» de la socialdemocracia se diluye en favor de quienes son vistos como mejores gestores de los dineros, aunque sean concausantes de la crisis económica actual.

En este sentido, la «izquierda anticapitalista» (nombre redundante) ha sido ignorada totalmente, no por poca fuerza (que, no nos engañemos, la tiene, o sea, tiene poca fuerza, más de lo que quisieran los capitalistas, mucho menos de lo que nosotros creemos tener), pero no solo ha sido ignorada por los grandes medios, sino por el pueblo en general, la izquierda ha perdido la calle y así no se puede hacer oír (en España las más grandes manifestaciones de los últimos años, y hablo de años, las han orquestado la más derecha de las Españas), tampoco se ha atrevido a plantear un debate de «capitalismo sí, capitalismo no», y en general, para poder ser aunque sea llamada a consulta, ha preferido bajar al debate de «Intervención del Estado sí o no, y cómo», con lo que, otra vez, se pierde el debate al entrar con los términos incorrectos al mismo.

Pero, ¿qué alternativa se ha planteado desde los principales partidos o movimientos de la izquierda no capitalista con algo de poder? Más capitalismo. De Estado, pero capitalismo. No se ha planteado una estrategia realmente transformadora, en muchos casos, porque no es realista en las circunstancias actuales, pero en demasiados porque en la izquierda que se llama a sí misma socialista o comunista hace tiempo dejaron de serlo, o directamente, nunca lo fueron.

El «socialismo del siglo XXI», que tiene uno de los discursos más radicales entre los gobiernos actuales (hablo de partidos que gobiernan), tiene una praxis más bien capitalista, donde triunfa la empresa mixta (capitalismo de Estado, que le llaman), y que vive como mucho cometiendo los mismos errores que el stalinismo («un estado, un sistema»), por otro lado tenemos a China, país que no recibe ni un solo pero de la comunidad internacional, ni cuando viola derechos humanos, ni cuando planifica la economía, ¿por qué? porque tiene uno de los sistemas más capitalistas del planeta. Cuba va «liberalizando» su economía poco a poco, y ahí se ven los «esfuerzos» del gobierno español en que se levanten sanciones, claro que son empresas de la madre patria las principales inversoras en la isla, y no quieren que se les sancione o en la Unión Europea o en Estados Unidos.

¿Y los principales partidos en la oposición? Piden más capitalismo de Estado, cometen el grosero error de hablar del «liberalismo salvaje» como uno de los problemas en vez de hablar, simplemente, del «liberalismo», «capitalismo» o el «mercado». Ese es un problema sintomático, por ejemplo, en Izquierda Unida, y en la Izquierda Europea, que parece que se avergonzaran de lo que dicen ser. En gran medida se ha abandonado el discurso de clase (salvando honrosas excepciones en todos esos partidos que menciono), la solidaridad obrera internacional (cuántos dirigentes de izquierda, sindicalistas incluidos, han pedido más proteccionismo o medidas que en realidad van en detrimento de los trabajadores no nacionales) y, en general, los discursos antisistema.

Julio Anguita, quien fuera un importantísimo dirigente del Partido Comunista de España, declaró hace no mucho que había dejado de reclamar una sociedad comunista (aunque no había abandonado el comunismo) por otros reclamos más transversales, como son la consecución de una sociedad en que se cumplan los derechos humanos, entre otras cosas, comentó que esto segundo llegaba a más gente que el pedir una sociedad comunista directamente. Tal vez electoralmente sea útil, se consigan casi un millón de votos frente a formaciones que se identifican como comunistas y tienen un discurso claro en ese sentido, y que no cosechan más de treinta mil votos, pero no deja de ser una renuncia de base, una renuncia a la transformación de la sociedad en una más justa, y caer, encima, en el juego que acepta el capitalismo como el único sistema posible, un nuevo «Consenso de Washington», más amplio en el espectro que se puede debatir, pero cerrado en cuanto al sistema base para aplicar la política tanto económica como social.

Mercado de trabajo y corolario
Lo increíble, en todo esto, es que han conseguido llevar el debate al tema laboral, los que menos culpa tenemos de toda la crisis pagaremos el pato, en pro de la competitividad se exige que el mercado de trabajo se más «flexible» (¿¡más!?), que el poder del empresario sea mayor (¿¡más!?), que el trabajador renuncie a lo conseguido para que la empresa tenga más beneficios (se presentan como pérdidas los beneficios que no superan la cantidad alcanzada en ejercicios anteriores, eso no es perder, en las empresas del IBEX 35 solo dos tienen pérdidas reales, el resto siguen con beneficios), increíblemente hemos pasado de tener posibilidades ofensivas a colocarnos en la defensiva del debate. ¿Cómo lo hemos permitido?

Así los más ortodoxos en vez de reconocer errores han aceptado cortar determinadas cabezas, han convencido que el problema se debió a que agentes individuales no actuaron según las reglas del sistema (sin aceptar, claro, que eso se debe a que los presupuestos del sistema o son falsos o son imposibles), han matizado a los heterodoxos y aceptado el dinero que los mismos le dan y han llevado el debate al mercado de trabajo que hacía tiempo que querían meter el diente.

A diferencia de otros periodos de crisis, las clases bajas y trabajadoras, que somos quienes más sufrimos las crisis, en vez de conseguir determinadas mejoras (como así ha sido en casi todas las anteriores) caemos en el mismo problema que en la crisis de finales de los setenta, caemos justamente en lo que ha permitido que esta crisis sea más grave que anteriores (puesto que se quitaron los parches preexistentes), y en vez de, nosotros, volver a la carga pidiendo mejoras (salvo, otra vez, honrosas excepciones que han sido acalladas), hemos pasado a defender nuestra posición pre-crisis, que no era particularmente buena, pero sí mejor que la que los ortodoxos nos pintan, así que de una posición ideal para convencer de la necesidad de cambio de sistema, nos ubicamos ahora en una defensiva en que tenemos todas las papeletas para perder, de repente somos la causa y el efecto de los problemas, y de nuestra derrota depende la supervivencia del sistema que los ortodoxos exigen…

¿Nos vamos a rendir? ¿Qué alternativa planteamos?

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