El siempre ínclito Martín Tanaka plantea, en su columna de La República titulada «Fragmentación y transfuguismo», el tema de la dispersión de partidos, de la facilidad de cambio de camisetas de las «personalidades» políticas de una formación a otra (siendo los partidos con inscripción meras marcas para poder lanzar caudillos varios).

No comparto dos elementos importantes del planteamiento propuesto en la columna, no creo que ahora todos esos «caudillos» lo tengan más fácil que antes, por ejemplo, ahora «deben» estar en una formación política para presentarse a unas elecciones locales mientras que antes cabía la posibilidad de presentarse sin partido, por lo demás, la incorporación de «independientes» (esos «caudillos») dentro de listas de partidos políticos es algo que existe ahora al igual que antes, y que es más un problema interno de las formaciones políticas (cómo eligen a sus candidatos) que un tema de la ley.

La ley de partidos políticos peruana no es para nada «débil», al contrario, es restrictiva y «fuerte», y ello produce resultados negativos (como es la cancelación de la inscripción), es la propia ley que al imponer fuertes requisitos para inscribir un partido político favorece las prácticas (de «viveza criolla») como las descritas por el profesor Tanaka, a saber: «recolectores de firmas y allegados que luego son responsables de comités fantasmas».

La ley genera problemas para quienes quieren construir partidos en serio, en eso estoy de acuerdo con el profesor, pero no por las razones que él dice, no es porque los caudillos puedan cambiar de partido con facilidad (eso siempre lo podrán hacer salvo que decidamos restringir el derecho de sufragio pasivo), sino por la propia dureza del texto legal (junto con una falta total de cultura partidista -en favor de un personalismo brutal- sumado, sin dudas, a años de política gubernamental «anti-partidos»), donde no se puede construir un movimiento «de a pocos» ya que se le niega la capacidad jurídica de obrar, la posibilidad de presentarse donde pueda al necesitar cubrir buena parte del territorio nacional, y un largo etcétera.

La ley genera, además, un perjuicio hacia las formaciones no adineradas, en tanto que los requisitos fundacionales son altos, y hasta que no haya fundación-inscripción no hay posibilidad de acudir a comicios (que encima tienen requisitos que generan exclusiones innecesarias mediante, en las del Congreso, una barrera electoral nacional en un sistema de distrito múltiple), por tanto, de ir generando militancia y fidelidad, esto es, construir un partido. En cambio, quien tiene dinero puede pagar una maquinaria de captación (o creación) de firmas, puede crear comités fantasmas, puede, en definitiva, presentarse a las elecciones, así se genera una discriminación directa por un tema puramente económico.

Tampoco comparto que haya muchos partidos. O que tener muchos partidos, en sí mismo, sea algo negativo. Sí tenemos una fragmentación del voto, lo que es peor, el voto no tiene fidelidad alguna en las marcas electorales, ideología o similares (salvo escasas formaciones que sí tienen un «electorado fiel», y alguno hasta militantes y todo), así el voto salta de formación en formación sin demasiados problemas, y no siempre siguiendo al caudillo de turno o en su caso a la marca comandada por un caudillo en elecciones distintas a las que se presenta o presentó el personaje captador de votos (el mejor ejemplo actualmente lo tenemos en el PNP y las elecciones regionales y locales tras las generales del 2006, no supo capitalizar los votos obtenidos en las generales en las regionales, donde no sacó ni una presidencia, y eso que en varias regiones ganaron con amplia mayoría en las generales).

El que los partidos políticos de ámbito nacional no tengan apoyo en el nivel regional, y que por ello se busquen triquiñuelas legales para mantener su poder nacional (ese es el sentido último de: a.- la barrera electoral de nivel estatal; b.- la necesidad de tener una amplia presencia territorial para poder presentarse al Congreso o a la presidencia) es un problema que debe hacer reflexionar a los partidos, el por qué sus proyectos no entusiasman «a nivel micro», por qué no atraen personalidades que recogen votos, por qué repelen, en definitiva, al ciudadano de dichas zonas (que cuando puede vota a otros «menos malos»), esta reflexión urge en los partidos más tradicionales de nuestra política (en ese APRA que vio, del 2002 al 2006, cómo se le escapaban nueve presidencias regionales, y ese PPC que es incapaz de salir de Lima), pero también debe estar presente en todo intento serio de crear un partido con proyecto para todo el estado.

¿Tenemos muchos partidos? Pues no. El problema no sería tanto la cantidad, sino la «calidad». Esos partidos nacen al rededor de una o dos personalidades (como lo han ido haciendo en casi toda nuestra historia política), e intentan ser «atrapalotodo», no buscan, en general, tener una base ideológica sólida, no buscan tener bases militantes, no buscan el debate interno o externo, no buscan ser, realmente partidos, solo quieren ganar elecciones, solo son plataformas electorales. Y no les va mal, pero no ayudan a construir una política partidaria.

Hay sistemas políticos que premian, y mucho, a los grandes partidos (Inglaterra, Estados Unidos, Chile o Italia como ejemplos), donde pueden tener pocos partidos (al menos con representación, no necesariamente entre los que se presentan) o generar alianzas puramente electorales (como Chile), por más que persigan a las pequeñas formaciones (siete partidos han sido borrados del registro electoral en Chile, dándose el absurdo de que algunos de esos partidos tienen diputados electos, como el histórico Partido Comunista), en otros países se presentan aun más partidos políticos (además de haber menos requisitos tanto para fundar partidos como para presentarlos a las elecciones, penalizando a los movimientos sin partidos), pero tanto el sistema electoral como la cultura política concentran los votos en unos pocos partidos (sean locales o nacionales), por ejemplo, el caso español (con 97 partidos presentados en las últimas elecciones generales, y todos los partidos sin representación política en el Congreso de los Diputados suma el 3,02% de los votos válidos, de estos 97 partidos, 35 no llegan al 0,01% de votos válidos, y no es ningún problema), aun así, muchos de esos partidos sin representación política (salvo algún que otro concejal en el mejor de los casos) sí tienen vida partidaria (congresos, debates, actos en la calle, etc.), algo que en Perú no tienen la mayoría de partidos (con o sin representación).

No es que tengamos muchos partidos, es que tenemos pocas formaciones políticas que realmente merezcan el nombre de «partido». Por lo demás, el premiar a los «caudillos» sigue estando en mano de los electores, no del sistema legal existente, al cual siempre se le sacará la vuelta en este punto (el transfuguismo existe y no necesariamente debemos penalizarlo), y una buena prueba es el Perú, que intenta generar por medio de la ley grandes fuerzas electorales de nivel nacional y termina teniendo logotipos para pegar en la candidatura del «caudillo» de turno.

Excurso: Solo 8 de las 25 regiones cuentan con presidentes de partidos nacionales, y curiosamente, algunos de los partidos nacionales con presidencias regionales no tienen representación en el Congreso, como Nueva Izquierda, el Movimiento Humanista, Avanza País y Fuerza Democrática, los cuales, gracias a la ley, perdieron su inscripción como partidos, los Humanistas tuvieron que reinscribir su partido pasando por todos los trámites nuevamente -pdf-, ¿qué sentido tiene que un partido con presencia política a nivel regional, con una presidencia y todo, tenga que volver a inscribirse? ¡ninguno!