Suena a broma pesada: El presidente del gobierno saca adelante una ley para evitar que los procesos por corrupción en su contra continúen. Los cuatro cargos más altos del Estado italiano se ven desde ahora favorecidos por una inmunidad absoluta mientras dure su mandato (y los sucesivos que puedan tener), así que todos los procesos anteriores se paran y la ley, realmente, deja de tener sentido para esas cuatro personas (Jefe de Estado, Presidente del Gobierno, Presidente del Senado y Presidente del Congreso). Berlusconi ya bromea sin ton ni son sobre la “liberación” que ha conseguido. En su contra se sigue un buen número de procesos de todo tipo, en los que destacan los de corrupción.

Y lo peor es que eso han querido los italianos, que sabiendo los procesos en contra de su líder extremoderechista han marcado la papeleta con alguna de las formaciones del ahora grupo oficialista, contando las deleznable Liga Norte y demás partidos ubicados en la parte más extrema de la derecha. Dos cosas (en principio contradictorias) prometía Berlusconi, criminalización de la inmigración, otras actividades y aumento generalizado de las penas y, por supuesto, inmunidad para sí. Porque no le bastaba, para nada, ser el primer ministro con más cargos y procesos en su contra, no quería demostrar su inocencia ni mucho menos, quería la impunidad por sus crímenes, y ha conseguido una ley, casi en tiempo récord, que se la otorga.

Pero todos tenemos una sensación de déjà vu con este tema. ¿No habíamos vivido con Berlusconi una ley de inmunidad que el Tribunal Constitucional había declarado inconstitucional? Pues sí. Así era, en el anterior mandato del controvertido machista Silvio Berlusconi el parlamento (también controlado por la derecha italiana) se aprobó la llamada “lodo Schifani”, ley declarada inconstitucional y cuya nulidad permitió a la justicia continuar su trabajo contra el presidente que sólo busca enriquecerse (a sí mismo y a sus amigos) y ser el cacique del gran pueblo italiano.

Típico caso de “yo hago lo que quiero y cuando quiero, y nadie se pone enfrente mío”. ¿Que el Constitucional ya dejó claro que esas leyes no se pueden promulgar anulando una? ¡No importa! Se saca otra igual y listo. Mejor aún, se saca una “casi igual”, en la cual no se brinde inmunidad al presidente del tribunal constitucional para que encima él sí esté “amenazado”.

Maurizio Gasparri, el principal del grupo parlamentario del Partido del Pueblo de la Libertad, nos toma por idiotas al declarar: “No queremos impunidad parlamentaria ni inmunidad generalizadas, sino evitar el uso político de la justicia (…) no viola ninguna norma constitucional”. No sé cómo puede decir lo segundo teniendo en cuenta la anterior decisión de la Corte Constitucional sobre una ley de similar estilo. No sé cómo puede decir que no se quiere inmunidades ni parlamentarias ni generales, sino evitar el “uso político de la justicia” cuando es una ley de inmunidad general y no protege de igual forma a los representantes políticos, sino únicamente a los más altos (y afectados por procesos anteriores).

Salud por la igualdad. Salud por el Estado de Derecho. Salud por la democracia. Fueron buenos compañeros mientras duró el sueño de su existencia en la península itálica.

La oposición, que ve cómo Berlusconi cuenta con una mayoría absoluta que, literalmente, le permite hacer lo que le da la real gana, ha sido esta vez más que tajante y ha conseguido movilizar a una parte importante de los italianos contra las medidas del gobierno. La oposición, eso sí, no es “una”, son varias, y el Partido Democrático, de Veltroni, no participó en el “corro” de Roma, aplazando hasta octubre sus manifestaciones (y eso que en el parlamento italiano las declaraciones más fuertes fueron las del PD, que hasta se permitió el lujo de llamar dictadura al régimen italiano actual). Puestos a quejarse de este gobierno, hasta Umberto Eco apareció, en el corro mediante un vídeo, para afirmar “cuando la mayoría sostiene que tiene siempre razón y la minoría no se atreve a reaccionar, la democracia está en peligro”.

En otro orden de cosas, el Senado italiano, demostrando que encima de ser una mafia derechista es xenófobo y la Igualdad es una palabra vetada, agrava las penas de cárcel a los inmigrantes irregulares culpables, así pues, se vincula de forma legislativa la inmigración con delincuencia y se transforma una cuestión meramente administrativa en un agravante penal que nada tiene que ver, realmente, con el delito cometido. La reforma penal va más lejos, permite la militarización del país (al permitir la entrada de militares en ciudades), aumenta en general las penas, crea nuevos delitos.

¿En qué se diferencia la Rusia de Putin de la Italia de Berlusconi? Pues que en Italia el primer ministro es dueño de un buen equipo de fútbol. El resto, mafias, corrupción y una dictadura disfrazada de democracia (leyes en contra de la libertad de prensa, copamiento de los medios por un sólo poder económico-político, impunidad para los altos cargos, leyes más represivas de los admitible en cualquier estado de Derecho, leyes hechas a medida para contentar intereses de los más poderosos, y un largo etcétera). Y así nos va.