«El cardenal Cipriani criticó la aprobación de la ley del divorcio rápido
El cardenal Juan Luis Cipriani sostuvo que no se puede permitir que “pequeños grupos” pretendan diseñar una sociedad “en la que se rompen matrimonios, se rompen familias y se matan niños” y demandó a cada uno de los católicos a asumir la responsabilidad que le corresponde en este tema.
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“El matrimonio es indisoluble, la familia es la célula esencial sin la cual no hay sociedad, los hijos son de un valor infinito y no se les puede dejar por las calles”, recalcó.» (El Comercio)

Lo curioso es que los católicos, normalmente, también se divorcian, con todo lo indisoluble de su vínculo, cuando una pareja no funciona, debe acabar. La Iglesia Católica, en contra de otras cristianas, sigue teniendo una postura hipócrita con respecto a la pareja, esto es, prefiere que los padres se separen pero no se divorcien, mantiene la anulación canónica, incluso por rato y no consumado, e insiste en mantener unidas las parejas aunque se tiren los trastos a la cabeza, bajo el falso argumento que eso es lo mejor para los niños (realmente considero que es peor que un niño viva en un entorno de hostilidad entre dos mayores que en uno con un sólo mayor).

La aprobación reciente de la ley mal llamada de divorcio rápido, que soluciona una serie de problemas económicos y de dilación del proceso de divorcio en contra de las dos personas que están terminando con su vínculo jurídico, a fin de cuentas, civil, ha creado una respuesta desmesurada por parte de los más conservadores de la Iglesia Católica del Perú, que además, son los que la dirigen. Es coherente, eso es innegable, pero no hace ningún favor a la adaptación de la Iglesia a la sociedad para, a su vez, pueda ayudar a mejorarla. La continua e injustificable insistencia en la relación 1 a 1 entre familia y matrimonio (sólo puede haber familia dentro del matrimonio) no sólo es una concepción caduca de la institución familiar, sino que es contraproducente en tanto que obligaría a muchos a mantener situaciones negativas tanto para su persona como para su entorno, por no decir que es una concepción discriminatoria con el resto de familias y formas de las mismas, y al final, por supuesto, para esos niños que deciden proteger.

El divorcio no destruye “a la familia”, mucho menos afecta a otras familias. Lo ideal, lo idílico, es que una pareja que se quiere no deje de hacerlo, que puedan vivir un proyecto común y compartido sin problemas entre sí, o superándolos, y que así puedan mantener su relación (a fin de cuentas, la constituyeron para eso), y por ello instituciones como la del matrimonio se crean “sin fin”, esto es, en principio, cuando dos personas se obligan en la institución-contrato del matrimonio es “para siempre”, pero está claro que la realidad es todo menos idílica, y que el surrealismo sólo existe más allá de los sueños, así pues, las parejas se acaban, el amor, muchas veces, no es para siempre, y es donde entra el Derecho para resolver una situación que se da en la práctica, en esa realidad que la jerarquía de la Iglesia, de manos del Cardenal Cipriani, se niega a ver, personas que no quieren permanecer juntas (y que sería un castigo obligarles a ello), y el divorcio, cuanto menos, debiera ser tan sencillo como el matrimonio, esto no destruye a la familia, cuando dos personas acuden al divorcio, es que ya está “destruida” su familia, que ya no existe el proyecto común, que, simplemente, no hay familia (matrimonio como comunidad de vida de personas que se quieren) que defender.

Algo que es totalmente falso, y con lo que la Iglesia Institucional hace demagogia, es vincular el divorcio con la destrucción de la familia, no la destruyó la actual regulación del divorcio como tampoco lo hará la nueva, por no decir que puede ser una forma más simple (o simplificada) de evitar más problemas dentro de la familia (máxime teniendo en cuenta las garantías extras que se dan sobre las familias con hijos). Y por supuesto, que una familia (no necesariamente católica) decida no permanecer junta no obliga al resto de familias a divorciarse, esa postura es realmente estúpida por parte de los mandamases de la Iglesia, me parece encomiable y aplaudible que quieran mantener una forma de vida en pareja y todo eso, pero no pueden pretender (parafraseando al propio Cipriani) que un grupo diseñe la sociedad de todos, si ellos no quieren divorcio, que no se divorcien, pero no pueden pretender imponernos a todos una forma de sociedad arcaica y en que la gente pueda vivir dentro de familias en que los miembros se odian por el simple hecho que mucho tiempo atrás, cuando todo era distinto, asumieron un compromiso jurídico.

Al igual que la castidad y la decisión de permanecer célibes de monjas y curas no destruye a la familia ni es un peligro para la supervivencia de la especie, los divorcios, el aborto, y los matrimonios entre personas del mismo sexo tampoco destruyen nada, simplemente son distintas situaciones a las que hay que dar respuesta jurídica cuando sea necesario. Y en lógica jurídica, si existe el matrimonio debe existir el divorcio, y si una de las partes ya no quiere mantener una relación, nada ni nadie puede obligarle a mantenerla.

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