Le daba vueltas a hacer o no una de las entradas sobre planes de gobierno dedicado a cómo los partidos ven el sistema de partidos, tras la última sobre sistemas electorales, voto voluntario (ninguno lo pide, es triste) y Congreso, en tanto que ahí comenté algo sobre los partidos y lo menciono en más de una ocasión (aunque no he recogido todo lo que los partidos dicen al respecto); he decidido que no vale la pena, en cambio, aprovecho y les comento unas pequeñas reflexiones sobre el tema. Lo primero, esta nota parte de este comentario que hice en esa entrada:
«Por cierto, muchos partidos hablan sobre la democracia interna de los partidos, reforzar la institucionalidad de los mismos, evitar personalismos y otras historias del estilo, así como auditar las cuentas y los procesos internos, primarias abiertas, requisitos para candidaturas (incluso internas), más requisitos para la constitución… me pregunto cuántas formaciones son realmente consecuentes con lo que proponen, quiero decir, esto lo dicen partidos totalmente personalistas, partidos que ni siquiera hicieron primarias (solo dos de las 39 formaciones optaron por primarias de la militancia), partidos que, al margen de obligaciones legales, tienen listas que no cumplen con los estándares que exigen. Pero ya para otro día y otra reflexión.»
Todos o casi todos los partidos reconocen que hay un problema de base en nuestro sistema de partidos, casi sin excepción intentan solucionarlo endureciendo las cosas. Quizá es justo lo contrario. Lo peor de todo (y ya lo decía en la anterior entrada), son incoherentes y asumen que el suyo es el bueno, el problema son el resto.
Llevamos años con un sistema político que castiga profundamente a los partidos que no pasan la valla electoral (aunque este año tienen una suerte de reválida en las próximas elecciones locales y regionales); esta barrera favorece que pocos partidos sobrevivan a la reconstrucción constante que supone volver a comenzar todo de cero. Tampoco es nada fácil crear un partido político, requiere de una burocracia de inicio simplemente brutal.
Nuestro sistema de partidos se basa en entender a los movimientos políticos casi en exclusiva como una maquinaria electoral y, por ello, tenemos que los partidos se forman así: en los ciclos electorales, como maquinarias de cara a los comicios y, cuando fracasan, desaparecen. No la gente que los conforma, que va saltando de partido en partido.
¿Cuántos partidos tenemos en Perú? Registrados, 55 (no, no son muchos; en España hay más de cuatro mil partidos dados de alta; es cierto que muchos son locales y muchísimos son inactivos, pero nadie les cancela porque pueden reactivarse). De los 55 partidos, ninguno es anterior a este mismo siglo. De hecho, solo 6 partidos (de 55, o sea, el 10,91 %) son anteriores a 2015 (Acción Popular, Partido Democrático Somos Perú, Renovación Popular –los tres de 2004–, Alianza Para El Progreso –2008– Juntos Por El Perú –2009– y Fuerza Popular –2010–), pero es que la práctica totalidad son poscovid (45 de 55, o sea, el 81,82 % son de esta década), sobre todo en los dos últimos años (14 en 2024 y 16 en 2025, 1 en lo que llevamos de 2026), de cara a las elecciones, por supuesto (no todos han llegado a tiempo, eso sí).
Ojo, esto es un poco tramposo, hay partidos que pierden la inscripción y siguen existiendo, se refundan (el APRA o Perú Posible como ejemplos), pero no es lo habitual, lo normal es que, una vez fracasado el intento electoral, el partido desaparezca y sus miembros vayan a buscar una casa nueva. El problema es que la inscripción es lo que da personalidad jurídica al partido, perderla por no llegar a un número es «matar» a la persona jurídica y durante un tiempo se va al limbo en cuanto a sus actuaciones, confiando en que resurja de sus cenizas.
De estos temas ya he escrito otras veces, por ejemplo, «Partidos políticos: ¿Por qué esa manía de cancelar inscripciones?» (en Elecciones – De Igual a Igual) y «Partidos políticos en Perú: ¿un cambio a mejor?» (en esta bitácora, a raíz de una discusión sobre la reforma de la ley de Partidos Políticos).
La gran mayoría de partidos hablan de la necesidad de reformar el sistema de partidos para que genere confianza, sean más democráticos y demás, pero a la vez, crean una imagen donde lo importante es limitar el número de partidos en liza, y lo que vemos es justo lo contrario, un aumento de los proyectos personalistas y de las formaciones sin una identidad clara.
Los partidos exigen que la legislación de partidos sea mucho más dura con todo de lo que en coherencia hacen ya. Así, muchos partidos exigen elecciones abiertas a la ciudadanía, pero decidieron que en vez de tener elecciones de su militancia, tuvieron elecciones por delegación. Lo cierto es que tampoco tenían capacidad para unas elecciones a la militancia (eso sí, muchos que no han hecho lo de «un militante, un voto» repiten como loros ese lema).
Si el objetivo de la legislación actual es que los partidos ya partan con un mínimo de representatividad, la propia idea de creación del partido carece de sentido; además, exige un despliegue de medios absurdamente grande, ¿para qué? ¿De verdad les parece que los requisitos del art. 5 de la Ley N.° 28094 de organizaciones políticas tiene algún sentido? Hablamos de partir con al menos el 0,1 % del padrón electoral (hablamos de más de 25 mil personas ya adheridas a tu formación) y la firma del 3 % de las personas que sufragaron (más de medio millón de firmas; hay que recordar que en 2021 un total de 9 candidaturas a presidencia tuvieron menos votos que ese medio millón de firmas que se pide desde el 2024). Así que vemos partidos que de ideario y visión del país tienen dos párrafos (es un requisito el presentar ambas cuestiones) y se han concentrado en buscar firmas debajo de las piedras y en abrir locales para fingir actividad (la cantidad de delegaciones activas es simplemente brutal). ¿Para qué? Solo incentiva que la preocupación sea poder inscribir el partido. Y no son los únicos requisitos, hay varios y muchos metidos en reglamentaciones que resultan un tanto absurdas. Luego la participación interna o la vida partidaria es nula y se esfuma con un mal resultado electoral (salvo algún caso más que excepcional).
Además, la reforma de 2024 propugnó una adherencia a los derechos fundamentales de la Constitución que, más allá de una declaración jurada, es bastante contraria a la libertad política y pide adherencia dogmática al texto constitucional; y no, que el propio Congreso que ha pedido esa adherencia ha modificado el artículo de los derechos fundamentales; me gustaría saber si se prohibiría el registro de una organización política, por ejemplo, por negar el derecho «a la propiedad y a la herencia» (sí, en Perú la educación no es un derecho fundamental, pero la herencia sí).
Creo que es importante que entendamos que los partidos no son máquinas electorales, que participar en las elecciones puede ser un fin más en un partido, pero no debe pivotar toda la vida partidaria en el tema electoral (en Perú hay muy pocas formaciones políticas que existan más allá de los comicios), porque si no luego no nos podemos extrañar porque los partidos surjan en torno a las elecciones y desaparezcan con ellas.
No voy a entrar ahora en los requisitos para presentarse a unas elecciones, justamente porque ese debe ser otro tema, una cosa debe ser la existencia o no de un partido inscrito y legal, con personalidad jurídica propia, y otra si puede o no participar en unas elecciones.
Lo siguiente que me parece importante es que los partidos deben organizarse internamente de la forma más libre posible; muchas de las normas que tenemos en Perú (que son copias de otras que existen en otros países) confluyen en generar partidos que entre sí son básicamente lo mismo. La ideología del partido se debe plasmar desde la propia organización partidaria. Hay unos mínimos, claro, como cualquier norma contra la discriminación, pero esos mínimos se deben interpretar como tales, nunca de una forma tal que configuren un marco donde solo caben pequeños matices doctrinales y organizativos.
Los partidos políticos se fijan mucho en el transfuguismo, por supuesto, para criticar cuando pierden gente por ese proceso, pero sus propias filas están llenas de «tránsfugas», no en el sentido de que cambien de partido de elección en elección (eso es lo de menos), si no porque durante su vida política lo han sido (y algunas personas de forma constante; es difícil seguir la adscripción de las bancadas del Congreso peruano). En realidad, los partidos políticos buscan penalizar el transfuguismo para no perder fuerza rápidamente; un ejemplo del principal partido tras las últimas elecciones: Perú Libre, durante el breve y aún así largo mandato de Castillo, se dividió cuantas veces quiso, ya en 2022 de 37 congresistas iniciales solo le quedaban 20, PL terminó siendo parte del Pacto y con 11 integrantes en la bancada, menos de un tercio de los electos; y algunas de esas personas se presentarán a la reelección con otros partidos, los cuales piden castigar el transfuguismo. No me gusta la férrea disciplina partidaria, genera relaciones tóxicas con los propios partidos, pero la solución no es ni nunca puede ser que el Estado intervenga con medidas en contra del transfuguismo o contra el voto en consciencia; no puede ser que unos partidos débiles en lo doctrinario y dogmático, para poder reclamar coherencia, lo que busquen es el castigo para generar adherencia.
Tenemos una políticas de egos y personalismos, sin partidos articulados en torno a ideas, si no hechos por figuras más o menos independientes que se juntan para armar maquinarias electorales, de esta manera, la disciplina partidaria no existe porque no hay un corpus ideológico detrás, esta disciplina debe venir del convencimiento de la gente que realmente siente que representa unas siglas en un proyecto común, sabiendo que a veces se debe ceder para mantener el bloque (no todo el mundo piensa igual en una formación, hay matices ideológicos y estrategias que pueden ser diametralmente opuestas); pero no tenemos eso, ¿y cómo lo queremos conseguir? La vía lógica, trabajada y útil es que internamente los partidos tengan vida partidaria, ideológica, identitaria con la formación (solo hay un par de partidos que realmente tienen esto), referentes claros, en cambio, lo que tenemos son formaciones flojas, que intentan ser atrapalotodo, y que buscan que la disciplina la imponga el Estado mediante el castigo a la disidencia. Increíblemente triste.
No quiero acabar sin mencionar el tema del padrón de afiliadas y afiliados: me parece una absoluta aberración que el padrón de afiliadas y afiliados de los partidos políticos sean públicos (y me parece increíble que muchos partidos pidan endurecer esta publicidad, auditar los padrones con ahínco y demás), de esto hablé hace más de quince años, no ha generado nada positivo en la política peruana y, además, tiene toda una burocracia costosa para desafiliarse a los partidos por medio de los mismos o de los organismos electorales. Es una medida desproporcional, que atenta contra un derecho básico y que, además, no ha producido ningún efecto positivo.
No es un problema solo porque afecta a un derecho básico (lo explico en la entrada de hace quince años), si no también porque desincentiva el acercarse a un partido, es algo que queda como marca pública el que hayas estado en un lugar u otro.