Uno de los sitios donde más se vulneran los derechos de las personas, sin lugar a dudas, son en las instalaciones de detención, donde los ajusticiamientos, palizas y todo tipo de torturas acompañan a verdaderos delitos de omisión cuando se permite que los presos, detenidos y demás, se den de palos entre sí. Déjalos que se maten entre ellos, muchos piensan, si están ahí es más fácil que le peguen un tiro y no nos salga tan caro, dicen con total desprecio al sistema que mantienen y defienden, con asco por la vida humana en la que luego se escudan. ¿A qué viene esto? «El burrier mexicano muerto en la Dirandro no se habría suicidado», titula El Comercio.

La policía contó: El joven detenido Juan Carlos Torres Ibarra, mexicano que fungía de burrier, se encontraba detenido “bajo custodia” en el local de la Dirección Antidrogras (la Dirandro). Juan Carlos, de algún modo, se agenció una pistola con la que primero disparó al oficial de custodia y luego se suicidó. El pequeño correo del tráfico de drogas, reclutado por los inefables del cartel de Sinaloa, fue arrestado hace unos días (el 18 de febrero) en el aeropuerto internacional Jorge Chávez con tan sólo 13 kilos de clorhidrato de cocaína.

El Instituto de Medicina Legal (IML) considera “muy difícil” que el detenido de tan sólo 23 años se hubiera suicidado con un tiro en la nuca estando, como se le encontró, esposado. De la noticia de El Comercio ya enlazada: «”Es poco probable o muy difícil que una persona se puede disparar así sobre todo si esta tuvo las manos engrilletadas”, comentó Luis Bromley, jefe del IML», en otras palabras, estamos ante un ajusticiamiento en toda regla.

Tal vez lo más extraño en la versión de la policía fue asegurar que el detenido se había suicidado con un tiro lateral en la cabeza, esto es, que se disparó al lado izquierdo y la bala salió por el derecho, cuando el tiro, según el IML, fue de la nuca hacia delante. No es por nada, pero al menos la policía debió acertar en algo tan simple como la posición de los agujeros de entrada y salida de la bala, entre otras cosas por lo obvio que resulta para cualquier persona, no ya médicos, que la nuca no es el lado izquierdo de la cabeza.

Seguro que la policía sacará una versión alternativa, y aún más increíble que la primera, una historia llena de tramas en que el cartel de Sinaloa consigue llegar al pequeño burrier detenido y le pega un tiro para que no cante lo que sabe (¿cuánto puede saber un correo que lleva 13 kilos de droga? Nada, menos que nada, no conocerá ni a quien le reclutó, y seguro que la entrega se hacía en un sitio neutral -la propia universidad donde le reclutaron seguramente- no lo van a llevar ante el jefe para que dé esos kilos de nada), y ninguna historia que dé la policía esclarecerá el brutal error de consignar la nuca como la parte izquierda de la cabeza. Tampoco se explica (ni se explicará) mucho la forma en que el joven mexicano se hizo con una pistola (cargada y lista para disparar).

Pero nada de esto importa (es como lo de los narcotraficantes muertos hace un tiempo, donde cayeron más en combates que la cantidad de armas de fuego que manejaban), en Perú la policía y el ejército vuelven a tener licencia para matar, y sus asesinatos, ya sean llevados a cabo en cumbres nevadas, en sótanos de comisarías o en manifestaciones ciudadanas, quedan libres de toda crítica y proceso penal (o siquiera disciplinario), en tanto que son rápidamente justificados o quedan en el limbo de la impunidad propiciado por la reforma del código penal realizada a punta de decreto legislativo (el 982, de julio de 2007), en todo caso, Alan García saldrá y con un discurso más que reaccionario echará la culpa de la muerte a quienes iniciaron todo, digamos, a los padres del chico por no impedir que un peligroso cartel de la droga lo reclutara. Porque así es Alan, capaz de lo peor en cuanto le toca hablar sobre estos temas (sobre las recientes declaraciones de Alan García Pérez con respecto a los cuatro muertos en las manifestaciones de la anticumbre, véase “Alan Recargado” en El Útero de Marita, donde se reproduce y valoran, y se dan, además, enlaces a otros comentarios y reacciones en todo ese asunto).

Tenemos un sistema que no garantiza el cumplimiento de los derechos de los presos, que los desprecia hasta en los tribunales (la prescripción del caso de El Frontón, cuando no debería poder prescribir, es un claro ejemplo de lo que acá digo), pero no podemos dejar pasar otro caso más de ajusticiamiento, no cuando queremos enjuiciar a Fujimori y toda la escoria de su gobierno por crímenes sistemáticos en este sentido, no se puede ser tan cínico de condenar a Fujimori y mantener el estado de violación del derecho más básico (y prerrequisito para el resto de derechos) como es la vida. Que no estamos hablando de una paliza en un calabozo (condenable en todo caso y sentido), que estamos hablando del típico y terrorista tiro en la nuca. El terrorismo de Estado, dentro de todos los actos de violencia, es el más peligroso e inadmisible, en tanto que viene de una fuerza que mantiene el poder absoluto del uso de la violencia en la vida diaria y se alza como garante de todos los derechos en un difícil equilibrio, cuando el propio Estado rompe ese equilibrio de forma continua o con impunidad, no podemos quedarnos quietos, tenemos que rebelarnos contra el mismo.

Excurso: El cartel de Sinaloa es el que aparece en la gran novela de Arturo Pérez-Reverte “La Reina del Sur”, más que recomendable.