Hay determinados temas que me generan sentimientos encontrados, uno de ellos, al menos en apariencia, es el concerniente al Cuerpo de Bomberos Voluntarios del Perú (CBVP). No deberían existir. Lo digo desde el corazón, los bomberos voluntarios no deberían existir, no como la única fuerza de bomberos (si eso, como apoyo a los bomberos profesionales). La labor de los Bomberos Voluntarios es totalmente encomiable, digna de admiración y aplauso, pero debería, por riesgo y para mejorar el servicio, ser un cuerpo profesional y profesionalizado, el que sean voluntarios habla muy mal de cómo se realizan los Servicios Públicos en Perú (además de que en Perú los bomberos hacen labores que no son propias de su profesión, como las urgencias médicas, lo que es cargar más de trabajo a quienes lo hacen simplemente por ayudar), máxime si tenemos en cuenta que si bien los bomberos son voluntarios, la mayoría del resto del personal son trabajadores (muchos bajo la horrorosa modalidad CAS, pero al menos son ocupaciones remuneradas). Y sé que a ellos les enorgullece saberse voluntarios, que lo ven como un valor fundamental del cuerpo. Es una contradicción, pido su profesionalización (aunque ellos no la soliciten), pero a la par me llena de orgullo saber que hay gente que dedica tanto esfuerzo (y pone en riesgo su vida) para que todos los peruanos disfrutemos de unos bomberos que hacen un trabajo más que digno. Admiro, y bastante, a los conocidos que tengo en el cuerpo, y se me hincha el pecho de puro orgullo recordando que mi abuelo fue Brigadier General del Cuerpo de Bomberos del Perú y que sirvió a la Bomba desde antes de cumplir los 19 años hasta que falleció ya con 84 (¡como si tuviera algún mérito ser nieto de quien soy!).
Llega a mis manos parte de un monográfico, editado por el Cuerpo de Bomberos Voluntarios (CBVP), en donde se habla sobre la «Historia del Cuerpo de Bomberos Voluntarios del Perú hasta el cierre del Milenio», en concreto me mandaron el largo apartado dedicado a la «Compañía Salvadora Lima Nº 10» (antes conocida como Salvadora Lima Nº 5), que ocupa unas 10 páginas del libro, y cuál es mi sorpresa en que todo un subpunto de la misma es dedicada al Comandante Humberto Arias Fiscalini, esto es, a mi abuelo materno. ¡Cuántas cosas he descubierto de él! Y perdonen que personalice un poco, sepan entenderme, si normalmente no soy ni pretendo ser neutral, en este caso mucho menos. Si algo caracterizaba a mi abuelo con respecto al CBVP era su abnegación por el mismo, lo daba todo y lo siguió dando hasta su fallecimiento (en navidad de 1997), por supuesto que sabía que él había comandado la Salvadora Lima Nº 10 durante harto tiempo, y que había sido Brigadier General, pero no sabía que, por un lado, se le tuviera en tan buen recuerdo, ni que su papel haya sido tan determinante como para que ocupe un lugar singular en la historia de su compañía. Mirando la web del CGBVP me encuentro con que tienen toda la revista monográfica completa: «Historia del Cuerpo de Bomberos Voluntarios del Perú: Al Cierre del Milenio 1860 – 2000», escrito por el Brigadier CBP Julio César Coz Vargas, editado en diciembre de 2009.
A este respecto, el comandante Arias siempre fue muy humilde, jamás nos hablaba de sus medallas, nunca se pavoneaba de las mismas (casi ninguna las exponía, las tenía guardadas en una caja dentro de un armario, si había alguna por casa, era porque nosotros, hijos y nietos, lo queríamos así), llevaba las que tenía que llevar en los actos y fotos oficiales, y solo recuerdo lo orgulloso que se sintió cuando recibió la de los 50 años de trabajo en el cuerpo, pero sabía que no se sentía orgulloso por haber recibido una medalla y un cuero con tan bonitas palabras de mención especial que cuelga en una pared de la casa, no, era orgullo de haber podido pertenecer al CBVP durante tanto tiempo, él que era inmensamente patriótico (algo en que nos diferenciamos sin dudas), sentía que su pertenencia al CBVP era hacer patria, era cumplir un deber más alto que cualquier otra cosa. Como digo, él no estaba orgulloso de que le premiaran, estaba contento de haber podido servir durante tanto tiempo a su país y al Cuerpo. Veía en sus ojos toda la lástima que sentía por las tremendas condiciones que la compañía siempre ha padecido, sentía orgullo de quienes seguían manteniendo con honor el uniforme, y sentía, por supuesto, envidia de no poder seguir acudiendo a los incendios, de no poder ser bombero en activo (aunque fuera vocal del Consejo Nacional de Disciplina del CGBVP). Y sé que esa pasión por los bomberos es compartida por la inmensa mayoría de los mismos, lo cual habla muy bien de la institución y de quienes la forman.
Para ir acabando (y es un decir) voy a realizar un breve resumen del subcapítulo dedicado a la Salvadora Lima Nº 10 (el 3.10), aunque les recomiendo la lectura de la obra completa, para que se entienda mejor no solo qué es el Cuerpo General de Bomberos Voluntarios del Perú, sino cuál fue su proceso de formación, por qué cada compañía sufrió en silencio su destino hasta la segunda mitad del Siglo XX (por no decir tercer cuarto prácticamente), para que vean de dónde y por qué vienen los nombres de las distintas compañías, para que se enteren cómo, desde un primer momento, los bomberos fueron no solo muestra del trabajo abnegado de nuestros compatriotas, sino muestra de interculturalismo y de servicio a todos por ciudadanos inmigrantes (y así lo atestiguan las compañías Unión Chalaca, Roma, France y Victoria, e incluso la extinta Iberia; entre otras muchas).
La compañía Lima Nº 10 fue fundada en Lima en 1874 (precedida por Unión Chalaca, Callo 1860; Roma, Lima 1866; France, Lima 1866; Italia, Callao 1868; Garibaldi, Chorrillos 1872; Garibaldi, Callao 1873; Victria, Lima 1873 y la Salvadora Callao, Callao 1873), se fundó con el nombre de Salvadora Lima Nº 5 (no fue hasta 197X que las compañías no tuvieron una numeración única según orden de fundación, con lo que la Salvadora Lima pasó de «5» -la quinta de Lima- a «10» -la décima del país-). La fundación vino de la mano de las cuatro compañías limeñas existentes en 1873 (Roma, France, Lima y Victoria), que necesitaban una compañía de «asistencia», que a la par que las cuatro originales atendieran el fuego principal, esta otra se encargara de los muebles y enseres de locales y viviendas, necesitaban, en otras palabras, una «Compañía de Salvadores y Guardia de Propiedad en Incendios», que complementara la labor de las otras cuatro (esta idea la «copiaron» de la Salvadora Callao). Las reuniones comenzaron a finales de 1873, en concreto, el 25 de diciembre el sr. Tomás Lázaro Morales organizó la Primera Junta Preparatoria, se eligió a Federico Lembecke como presidente de las mismas, y se continuó un rápido trabajo, el 1 de enero se firmó el acta con la que nació la Salvadora Lima.
En ese acta fundacional se recogen unas palabras del presidente de las Juntas Preparatorias, Federico Lembecke (que sería el primer Comandante Activo de la compañía), que reproduzco (copiado del libro monográfico antes citado, página 120):
«El hombre lo puede todo, y si nos proponemos a ello, ciertamente que obtendremos grandes y benéficos resultados para la institución que componemos; contando para ello con el apoyo de la providencia. Ahora, tócame manifestaros mi grande agradecimiento por el honor que me habéis conferido al elegirme vuestro Jefe, asegurándoos que seré incansable por ver realizadas vuestras miras; que trabajaré por el progreso de ésta respetable sociedad, y que cumpliré y haré cumplir vuestras deliberaciones y reglamento»
Poco tiempo después de fundada la compañía, el 26 de febrero de ese año, los Salvadores ya se enfrentaron a su primer gran incendio, en el restaurante y hotel Sironvalle, actuaron como se esperaba, organizando todo lo que debían, acordonando la zona y demás, y tuvieron el primer gesto de heroísmo, de la mano de Leoncio Blacker, que sacó del local incendiado a una pequeña niña, salvando su vida. Comenzó a escribirse la leyenda de la Salvadora Lima desde el primer momento, historia que contrasta su buen hacer en el servicio como por la búsqueda incansable de los recursos necesarios para poder ejecutar el mismo. Esa exposición pública favorable desde el primer momento no sentó del todo bien a otras compañías de Bomberos, finalmente la Prefectura de Lima intervino para mejorar el trabajo en común de todas ellas; en esa intervención, con reunión de los cinco comandantes, se decidió que la Salvadora Lima se «independizaría» de las otras cuatro (por tanto, del Directorio General de Bomberos de Lima), la Salvadora ya no necesitaba órdenes de otros superiores para realizar su trabajo.
Como no puede ser de otra forma, dentro de la Salvadora Lima no todo era felicidad y trabajo en equipo, en 1876 las discrepancias internas llegaron a tal punto que hasta Federico Lembecke, Comandante de la misma, abandonó la Junta General, hubo una fuerte división interna y muchos de sus miembros abandonaron la compañía, discutieron cómo reorganizar la misma y finalmente decidieron fundar otra compañía de bomberos, la Cosmopolita. Esta división trajo consigo fuertes problemas económicos (por la merma de los ingresos provenientes de las aportaciones de los socios), con la creciente necesidad de fondos y de un local propio (y no uno arrendado), el Comandante presionó al gobierno para que les cediera el uso y disfrute de un templo abandonado, la Compañía hizo de todo para conseguir los fondos necesarios para rehabilitar el inmueble y solo seis años después del Decreto que les daba el local en usufructo, por Decreto Supremo del Ministro de Justicia en 1883 se les retiró el derecho de usar dicho inmueble, la compañía no recibió ni un centavo como indemnización o restitución de los más de veinte mil soles de plata invertidos en el local durante esos años. Previamente, en 1877 la compañía se reincorporó al Cuerpo General de Bomberos de Lima con la categoría de Salvadores.
En 1879, al estallar la guerra con Chile, la compañía se puso al servicio del gobierno central, que la declaró «Guardia Urbana» para resguardar el orden interno en Lima. La compañía tuvo una intensa participación en la guerra, no solo como Guardia Urbana, sino que incluso su cuartel sirvió como Banco de Sangre y Hospital de Campaña, también estuvieron presentes en varios bombardeos y batallas en el difícil papel de evacuar a los heridos y atender en primera línea a los soldados peruanos, etcétera. El ejército chileno ocupó el cuartel de la Salvadora durante 1881, los bomberos no aceptaron que el ejército ocupante les ofreciera, como reemplazo al cuartel ocupado, la posibilidad de que la Salvadora ocupara el Senado, para los limeños de la Salvadora eso era un doble ultraje y se negaban a tomar posesión del «templo de las leyes». En 1885 la Salvadora Lima consiguió que se les indemnizara por el desalojo y el Estado les cedió el uso de un antiguo cuartel de la policía.
La Salvadora, aunque fungiera como tal en más de una ocasión, no era una bomba, y ante la fundación de la Internacional se sintieron agraviados, decidieron elevarse de categoría a la de Compañía de Bomberos con una sección de Salvamento, a lo que la Dirección General limeña se negó en rotundo, lo que ocasionó un fuerte enfrentamiento entre salvadores y bomberos, mientras tanto, la Salvadora Lima pedía prestado a la Unión Chalaca (la primera compañía peruana) una bomba a brazos, un gallo y mangueras, accedieron a prestar los dos últimos, en enero de 1894 la compañía recibió en préstamo por parte de la Empresa del Ferrocarril Transandino una bomba a brazos de cuatro ruedas. El uno de enero de ese año, por primera vez, la Compañía se negó a recibir el servicio de turno como Compañía de Salvamento, alegando que ellos ya habían ampliado su servicio como compañía de Bomberos. El 23 de enero la Salvadora Lima se presentó para apagar un incendio, pero por orden del comandante general se les impidió trabajar, en tanto que la Dirección General no reconocía a la Salvadora como compañía de Bomberos. El 27 de febrero, en otro incendio, se da uno de esos momentos de vergüenza total, donde el Comandante de la Victoria mandó cortarle el agua a los de la Salvadora, estos se negaron y vieron como se les cortó las mangueras.
La prefectura de Lima tuvo que, nuevamente, intervenir, llamó al Directorio General de Bomberos de Lima para intentar una conciliación, se reunieron varias veces, pero no se llegó a acuerdo alguno, así la Salvadora Lima y la Cosmopolita veían cómo se truncaba su participación en los incendios por parte del resto de compañías limeñas. Finalmente el gobierno, mediante Decreto Ministerial, el 6 de Julio de 1894 nombró a la Salvadora Lima como quinta Compañía de Bomberos de la ciudad, ante ese decreto, la Dirección General limeña suspendió sus relaciones con la Salvadora, la prefectura de Lima denegó esa posibilidad a la DG del CBVL, y el 14 de agosto de ese año, finalmente, se reconoció a la Salvadora Lima como compañía de bomberos.
La historia de la compañía limeña continuó con más tranquilidad, hasta las últimas décadas del siglo XX, el local que ocupaban ya era demasiado pequeño, la nueva escala telescópia (adquirida en 1985) no cabía en el cuartel, se tuvo que cambiar la puerta y se demolió el segundo piso. Ante la desastrosa situación del cuartel (sobre todo tras el efecto de una bomba puesta en el cercano Club Nacional en 1896), el Primer Jefe de la compañía dispuso la demolición parcial y un proyecto para realizar un moderno cuartel de 10 pisos, que nunca se llevó a cumplimiento. Durante diez años, entonces, la Salvadora Lima estuvo sin cuartel, teniendo los equipos al aire libre, guardándose la maquinaria solo por la noche en los locales cedidos para tal efecto por la empresa privada «Lima Tours». Así que los bomberos, además de todo el trabajo como tales, se tuvieron que volver albañiles, carpinteros y electricistas para poder reconstruir parte del primer piso. En 1993 se firmó un acuerdo con la entidad metropolitana INVERMET, la cual se comprometió a reconstruir la parte que faltaba del primer piso. En 1996 el cuartel recibió la visita de Masaaki Tokuda, Presidente de la Confederación Mundial de Asociaciones e Bomberos Voluntarios, acompañado por el presidente de la república, el inefable Alberto Fujimori, y ambos comprobaron cómo los bomberos trabajaban directamente en la reconstrucción del cuartel, ante esa «visión» (imposible que el presidente no estuviera al tanto de la situación previamente), se dispusieron los recursos, por parte del ejecutivo y en coordinación con ENACE, para que se construyera el segundo piso del cuartel.
Aunque he resumido la parte «institucional» y hasta económica, no debería dejar de mencionar a los héroes de la institución, esas personas que murieron salvando a otras, y a la ciudad al apagar incendios o intervenir en los desastres. Lean, por favor, el documento que les he enlazado, en el mismo encontrarán el nombre y apellido de esas valerosas personas.
Como decía, ese trabajo historiográfico sobre los bomberos tiene un particular recuerdo para el Comandante Humberto Arias Fiscalini, mi abuelo, del que ya he adelantado muchas cosas al comienzo de esta entrada (que están más en el plano personal que en el de su labor como bombero), aun así, recojo algunos de los datos: Ingresó en la Salvadora Lima el 30 de enero de 1932, con 18 años de edad (en julio de ese año recién cumpliría los 19), ya en 1943 era Teniente Secretario, en 1949 obtiene el grado de Capitán y en el 59 el de Comandante, y ocupa el cargo de Comandante Activo de su amada Salvadora Lima. En 1975 alcanza el grado máximo de Brigadier General del Cuerpo de Bomberos Voluntarios del Perú. Desde 1941 y hasta su fallecimiento ocupó cargos en el Directorio General de Bomberos de Lima y en el Comando Nacional del CBP, en 1960 fue nombrado Comandante General de Lima y en el 75 Comandante General del Perú. En 1991, ya jubilado de todo menos de su pasión por servir al cuerpo de Bomberos, ocupó la presidencia del Consejo Nacional de Disciplina, luego fue vocal del mismo hasta su muerte en 1997.
Cuando él era Comandante General del CGBVP se expidió la conocida resolución Nº 0051-76 CGBVP/CN, de 12 de febrero de 1976, que cambió el sistema de numeración de las compañías de bomberos, cada una sería numerada por su orden de fundación, así la Salvadora Lima Nº 5 pasó a ser la Nº 10.
Sobre las condecoraciones no voy a hablar, mi abuelo no lo hacía, y aunque sé que son importantes como marcas positivas de los servicios prestados, sé que para él lo positivo era el trabajo que día a día hacen los bomberos, y que, por supuesto, la Salvadora Lima siguiera al pie del cañón cumpliendo con su deber. Sí haré mención a su velatorio, ese día comprendí muchas cosas de cómo trataban a mi abuelo, el 25 de diciembre falleció, durante la madrugada tras la cena de Nochebuena, el velatorio se celebró en el Cuartel General de los bomberos, en una de las principales salas, y ahí vi a muchos de los comandantes rindiendo honores con verdadero pesar por el fallecimiento, vi hacer guardia a capitanes y otros altos cargos de los bomberos…
¿Qué más les puedo decir sobre los bomberos? Poco realmente. ¡Lean el monográfico enlazado! ¿Y sobre mi abuelo? Que si bien fue un grandísimo bombero, y se dedicó a ello toda su vida adulta, también fue un gran marido, un buen padre, y un asombroso abuelo. Pero esa ya es otra historia.







Sobrino
Te felicito por tan lindas palabras acerca de tu abuelo, seguro que fue mucho mas de lo que dices en su vida familiar, esposo y padre ejemplar. Siempre fue nuestro tio querido y mi padre que era contemporaneo con el asi como mi madre los querian mucho, tanto como quize a tu madre con quien siempre nos bromeabamos y cuyo caracter tenia mucho de tu abuelo, espero que tu tambien tengas algo de ellos.
Saludos
Un abrazo a mi compadre Luis Arias Suero. Tuve la suerte de conocer a su padre, comandante Humberto Arias Fiscalini, en 1992- 1997…y las oportunidades que tuve de hablar con él sólo me dejan buenos recuerdos; particularmnete porque soy apasionado por las conversaciones sobre los tiempos de antes, y un convencido de que se perdió mucho cuando dejamos de oir a nuestros hombres de edad, que guardan el tesoro de la sabiduría; en el caso del comandante Arias Fiscalini sumemos su buen corazón y simpatía.
Le tengo en mis oraciones como prometido.
Felicitaciones a toda la familia Arias Suero, para José María por este artículo que trae a la memoria de todos aquellos quienes conocieron a tan notable Comandante General Humberto Arias Fiscalini. Tuve la bendición de ser amiga de su hija Adita Jesús; por su intermedio conocer de aquellas virtudes como especial ser humano; a quien, teniendo él prohibido en su hogar sea recibida ninguna ofrenda por agradecimiento a su servicio; era anecdótico para su mayordomo abrir la puerta y encontrar los presentes y ver correr al emisario. Tuvo a su lado una gran compañera y esposa doña Adita Suero, quien hasta hoy engalana su hogar con esas dotes de fraternidad, amor y buenas maneras con que nos sabe regalar. De sus hijos puedo corroborar el refrán “de tal palo tal astilla”. Que Dios les conserve todo ese carisma y amor que sólo de El recibimos para dar.
Acabo de terminar lo que has escrito acerca de tú abuelo, como miembro del Cuerpo y de la misma Cía. tuve el gran honor de conocerlo personalmente y recogerlo en diversas oportunidades de su domicilio, para llevarlo a las Ceremonias a las cuales asistía; en lo poco que llegue a compartir con él en estos breves viajes que haciamos juntos entre el trayecto de estos cortos viajes, pensaba sí algún día todos llegaremos a ser aunque sea un 10% lo que él fue para la institución y en especial para la Cía. llegaríamos a ser una de las instituciones con mayor reconocimiento por la ciudadania, lo cual en lo personal aún lo estoy intentando, gracias al ejemplo y enseñanzas que me brindo tú abuelo