Cada vez más se está insistiendo en el discurso corto, en la brevedad de la información, en que la inmediatez es sinónimo de la falta de profundidad, de la superficialidad de la crónica o de la mera descripción de la opinión, se insiste, en otras palabras, en la defensa de la destrucción de los argumentos en favor de los lemas, en las afirmaciones no sustentadas sobre las que, encima, no se pide sustento alguno, y somos nosotros, los consumidores de información y opinión, los que exigimos esa caída en el nivel de lo que recibiremos, y lo hacemos al premiar el pequeño parte de prensa y el tuiteo frente al artículo largo de investigación o a la opinión bien explicada.

Aplaudimos lo micro defendiendo, por un lado, la mayor cantidad de información y opinión que podemos recibir en un corto tiempo, y por otro, aceptando que tengamos tan poco tiempo para tareas tan importante como informarnos y hacernos con suficientes perspectivas de un asunto como para luego formar nuestra propia opinión, por eso lo micro es también una suerte de contrato de adhesión, nos gusta equis, nos quedamos con lo que diga equis, no hay tiempo para razonar sobre lo que dice ni, mucho menos, para buscar otras opiniones que la maticen, contradigan, refuercen, o lo que se tercie. Nos adherimos a la opinión e información de equis. Eso sí, bien dada en seiscientas palabras. Nunca más. Nunca en profundidad. Así estamos más cómodos.

El defecto de espacio ya no lo padecemos, quienes escribimos o generamos material (que sea bueno o malo acá no importa), en estos medios digitales, no tenemos las fronteras que marcan el formato televisivo donde hay que poner anuncios y cautivar audiencias (por encima de cualquier otra consideración, mal que nos pese) ni el límite tan cruel y oneroso como el existente en papel, y en cambio nos dedicamos a copiar lo que peor tienen esos medios, los límites, para ensalzarlos como la mejor forma de hacer las cosas de transmitir la información y opinión.

Abundan las guías de estilo para bitácoras que exigen no sobrepasar la media página, abundan los sitios en que se recomienda un lenguaje no ya sencillo sino idiotizante (los de Ideocracy tienen razón, y esto, además, me recuerda a al nivel de conocimiento del chino: con 3 mil ideogramas entiendes un periódico, con 10 mil haces una carrera), y aceptamos los 10 minutos de vídeo de algunas plataformas como estándar que marca el máximo que debe durar un vídeo, si es menos mejor, pero todo contenido mínimamente interesante queda reducido, en todo caso, al titular y poco más. Copiamos lo peor de la TV y la prensa escrita, donde triunfan los programas de debate en que toda idea se debe sostener en 59 segundos, o donde toda opinión o información se debe soltar en poco más de medio centenar de palabras. ¿Por qué no miramos la radio? Al menos en ella aun encontramos largas tertulias (y de todo tipo).

Por ello defiendo el floro, no el redundante (en que caigo con facilidad), sino el profundo, defiendo la opinión larga y tendida, el discurso duradero, el soliloquio explicativo, el debate profundo y participativo, la fundamentación de toda información y opinión, la contextualización de la noticia lo más posible, el que todos nosotros nos tomemos un tiempo para explayarnos tanto al recibir la información y opinión como al darla, defiendo el enrollarnos como persianas siempre que sea posible y exigiendo el poder tener tiempo para esa importante tarea… No escribo contra lo breve, lo hago contra lo superficial, en favor de la profundización.