Cruzo la ciudad

Hay veces que lo mejor es caminar sin rumbo o hacer como si realmente el destino no existiera para que las vueltas en la línea entre los dos puntos sean realizados con total libertad, sin importar para nada el fin de un trayecto concebido para no acabar jamás. Esas ocasiones, uno las vive con una gran sonrisa en lo más recóndito del pensamiento, analizando el ambiente, disfrutando con la arquitectura circundante, viviendo, a fin de cuentas, un minúsculo momento en la existencia de una ciudad.
En ese momento vuelves a disfrutar del entorno, de veras, sin preocupación alguna, contemplando el menester ajeno, el ajetreo y mundanal ruido a la par que el mundo de piedra que emerge del suelo recobra el significado de las personas que alguna vez la poblaron, esa grandeza ya casi olvidada, entre tanta existencia vil que llena el eterno barril del estiércol representado por nuestra Historia. El tiempo, que sólo pasa, se encarga de contemplar nuestra existencia. A fin de cuentas, como en ese momento hago.

A lo que iba. Hoy disfruté (no hay otra palabra) de uno de esos momentos, gloriosos en que la ciudad se vuelve un todo, dispuesto a que uno pueda contemplarla desde sus propias entrañas, entre su gente, ya sea la de tercera generación, ya sea esa que viene de viaje de fin de curso, con sus no tantos años de vida, para pasear el cuerpo unas horas por esta ciudad y seguir su camino, con manchita incluida, hasta yo qué sé.

Desde la Puerta Zamora, ese óvalo que resulta, de hecho, una entrada glamurosa hacia el centro, la entrada principal, sin pórtico pero con toda la idea del mismo, hasta la plaza mayor, se hacen dos cosas distintas, por un lado, se sufre la sobrepoblación en una calle peatonal bastante ancha, primero hay que esquivar a toda la gente que espera al colega, a la pareja, al pariente, y luego, a todos los que se mueven en alguna de las direcciones, y de los que tú, mal que bien, formas parte.

Por otro lado, da pena ver que todas son tiendas de ropa, moda, y similares, salpicadas por un par de librerías que sobreviven a los tiempos que corren haciendo las veces de papelerías, y unos cuantos bares y cafeterías, pero claro, esto es Salamanca, una de las ciudades con más bares por metro cuadrado que cualquiera pueda conocer, sobre todo, como no podía ser de otra manera, en ese centro que tanta historia tiene pintadas en sus paredes.

Por fin penetras en la Plaza Mayor, cruzas esos soportales para encontrarte una atestada plaza, de gente descansando, esperando, o andando, todos en gerundio, que no se puede hacer de otra forma. Puedes girar un poco la mirada, para encontrarte con bustos de todo tipo, ahí están todos, sean lo malos que sean. Sí, como se imaginan, está el generalísimo, de vez en cuando le pintan la bandera republicana en toda la cara, ya que en vida no pudieron hacerlo, aprovechan sus figuras para recordarle lo que él ayudó a arruinar.

Siempre uno se pregunta quienes podrán ocupar esos puestos vacantes que quedan para cabezas ilustres, o no tan ilustres. En fin, que esa es otra historia en la cual no es necesario detenernos. Sigo el camino a ninguna parte, aquél que consigue siempre llegar a un destino inesperado al final de la última calle que recorres antes de decidir que en casa estás bien, y un rato durmiendo no viene nada mal.

La Calle Librero se muestra larga, llena de historia en sus paredes, estrecha, como lo eran siempre en esas épocas. A los lados hay vítores, sobreviviendo al tiempo, a su propia vejez, al olvido manifiesto sobre la tradición que representan, no para repetirla, mala idea eso de las corridas en la plaza mayor a cuenta del nuevo doctor, y todo para pintar con sangre, manda narices tiene la cosa, pero hay una diferencia entre olvidar una tradición y saberla pero no seguirla, lo primero es una idiotez como un templo, lo segundo es el cambio de época, no importa si a mejor o a peor, pero siempre conociendo de donde vienen hasta las más pequeñas tonterías que llenan las paredes de la ciudad.

Siempre que uno cruza el Patio de Escuelas y ve la fachada principal del Rectorado, se encuentra con un grupo, más o menos nutrido, de gente buscando a ese mojón de piedra que, se supone, es una rana sobre una calavera, que no sé que tanta suerte traiga, pero entretenido es buscarla, un rato al menos. Siempre que estás ahí te detienes un momento, ves la calavera y volteas para contemplar las caras de los visitantes, buscando lo que tú sabes dónde está, de memoria. Cada quien tiene que encontrarla por sí mismo, sabes que no puedes interferir en eso. Destruiría el juego.

Una vez dejada atrás la casa de la cultura, sigues por una calle que pasa por una biblioteca donde el gileo se une a noches desenfrenadas de estudio en un edificio con la buena costumbre de no cerrar durante las épocas de exámenes, lástima que la noche confunda a tantos, y no diferencien un bareto de tres al cuarto donde el reggetón o Bisbal triunfe, de un centro abierto para que la gente estudie con un poco de Paz.

En fin ¿Qué les voy a contar? Todo ello rodeado de edificios que, cada uno por su lado, serían para tratarlos en un mensaje propio, guardan en sus muros más historia de la que somos capaces de conocer y asimilar, máxime en los tiempos que corren, por supuesto.

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